
Urgencias y utopías de la escuela pública
La escuela Coronel Olavarría, la número 1 del distrito 15, es uno de esos casos de deterioro difíciles de asimilar. Está en el centro de Villa Urquiza, frente a la plaza Echeverría, y su derrumbe progresivo es un fenómeno casi invisible. Hace veinte años que el colegio no tiene cooperadora, y en este país una escuela sin cooperadora es algo así como un barco fantasma. Los días de calor, el estado de las cañerías impide que el agua llegue al tanque y al mediodía las canillas ya están secas.
El de la Olavarría es uno de los casos críticos que se trataron el último jueves en una reunión entre Soledad Acuña, la ministra de Educación de la ciudad de Buenos Aires, y un grupo de vecinos de la comuna 12 . Éramos unas cien personas -padres, docentes, abuelos- y cada uno llevó sus inquietudes, en muchos casos dramas particulares. Pese a mi escepticismo frente a este tipo de iniciativas, donde confluyen la política 2.0 y cierta catarsis terapéutica, me anoté y fui no sólo porque integro una cooperadora -la de la escuela 9 del distrito 16, que funciona bien y tiene problemáticas mucho más leves que la 1; la segmentación de clase entre colegios públicos se da de una forma rara e inapelable- sino porque creo que hay que agotar cualquier instancia de discusión antes de cacarear sobre el "estado lamentable" de lo que sea.
Los problemas básicos ocuparon la mayor parte del intercambio, que duró casi dos horas. Difícilmente podían tratarse cuestiones académicas o metodológicas cuando los reclamos incluían desmoronamientos, invasiones de palomas, violencia en las aulas o la demora en la entrega de los libros de texto (que este año llegaron a los alumnos entre junio y julio). Sin embargo, cerca del final de la conversación, una docente que enseña latín en un profesorado se permitió abordar la cuestión del nivel educativo. "Parece bobo hablar de esto cuando hay escuelas a las que se les cae el techo -dijo-, pero los maestros y profesores no salen de los yuyos: hay que formarlos. Si seguimos así, la situación va a ir de mal en peor".
Acuña, con oficio político, coincidió en casi todos los diagnósticos, dio algunas respuestas y prometió trabajar en soluciones. Habló de la necesidad de prestigiar la docencia -aunque no queda claro cómo sería posible-, una profesión cuyo alcance vocacional merma año tras año, con una caída de un 25% de graduados porteños en la última década y estudiantes que demoran cada vez más en completar los profesorados. El contexto explica en parte los datos que arrojó esta semana un estudio del Diálogo Interamericano: en América latina, los docentes dedican un 65 por ciento -o menos- del tiempo de clase a la enseñanza propiamente dicha, un número bajo comparado con los estándares de referencia de otras regiones, que llegan al 85 por ciento.
Aun así, y más allá de las corrientes que proponen "educar sin escolarizar", la escuela sigue siendo ese ámbito defectuoso pero irreemplazable por el que vale la pena trabajar. Hace unos días, el educador Mariano Narodowski rescataba en este diario la vigencia de Didáctica Magna, el libro que escribió Jan Amos Comenius en 1657. "Inventa la escuela que hoy conocemos, pero al mismo tiempo le impregna su insatisfacción y la necesidad de mejorarla -dice Narodowski sobre el libro-: escuela y queja por la escuela nacieron al mismo tiempo."







