
Una mañana cualquiera, un vaso de yogurt y un saludo apurado marcaron el día donde todo cambió: “Gracias por haber sido mi esposa”
Desde chico, José Sastre vivió atrapado en una timidez extrema, hasta que un día conoció a una gauchita de trenzas largas...
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José suele decir que su historia de amor tal vez no sea fantástica, pero que sin dudas es lo más importante que posee. Quienes lo vieron caminar junto a su gran amor, sin embargo, saben que aquello que él vivió no es común, sino maravilloso. Sin enredos, engaños, ni estrategias, su camino estuvo colmado de aventuras, risas, bailes, aprendizajes junto a sus hijos, e instantes sublimes compartidos con amor. ¿No son acaso éstos los momentos épicos de la vida, los puntos cúlmines que le dan sentido a nuestra travesía? Amar intensamente y ser correspondido de igual forma es un milagro, y eso es lo que vuelve a esta historia fantástica.
Pero verán, no todo logra jamás ser perfecto. Cierto día, José debió hacerle frente a un conflicto inevitable: la muerte. Con la dama de negro alejada de ellos, junto a su amada, José se dedicó a vivir la vida con plenitud. Por ello hoy, tras la decisión irrevocable de la muerte de llevarse a su gran amor, lo que queda es contar la historia, para mantenerla por siempre viva.

Una gauchita con hermosas trenzas largas
Desde chico, José Sastre vivió sus días atrapado en una timidez extrema. Oriundo de Salta Capital, en aquella ciudad cursó la primaria, secundaria y la universidad. Fue durante sus años de facultad, que el joven comenzó a sentir cómo la tristeza se apoderaba de él. ¿Cómo iba a hacer un chico tan reservado para conocer a alguien con quien compartir la vida?

En 1993, José se recibió y encaró con esfuerzo y determinación su camino profesional. Los años pasaban y el vacío persistía hasta ese día en el que cambió su historia. Sucedió en 1995, cuando un amigo filósofo le pidió ayuda para realizar un documental sobre una fiesta patronal de San Isidro, en una capilla del caserío “La Quesera”, ubicado a 20 km al este de la ciudad de Salta: “Allí fue que conocí a Marisa. Parecía una gauchita vestida con ropa de campo y sus hermosas trenzas largas, cabalgando en algún momento y caminando en otros”, rememora José.
Por supuesto, José era demasiado tímido como para dar un primer paso, pero para su sorpresa, aquello no fue necesario. La joven lo vio, se acercó y con total naturalidad inició una conversación que fluyó como si se conocieran. Días después, los jóvenes se encontraron en la ciudad, con la misma naturalidad profundizaron sus charlas y miradas. Nada impidió que un amor intenso e inevitable se apoderara de ellos: “Comenzamos a salir, en febrero nos pusimos de novios, y en octubre de 1996, nos casamos”.

La fiesta fue hermosa, Marisa y José disfrutaron de cada instante y, días más tarde, se embarcaron en una luna de miel inolvidable en la costa del mar Caribe mexicano. La gente del lugar se reía al verlos disfrutar intensamente, casi inseparables: “Para mí fueron momentos muy especiales”.
Las aventuras de un gran amor: “Fue la persona más importante en mi vida”
Juntos emprendieron grandes aventuras, como cuando José tomó la oportunidad de cursar una pasantía en Estados Unidos. Durante su estadía en Lincoln, Nebraska, Marisa lo alentaba a salir de los límites conocidos, como aquella vez en la que ella no dudó en aceptar la invitación a cenar por parte de la comunidad India: “Todo fue nuevo para nosotros, desde la comida hasta los espectáculos”.
“También tuvimos la oportunidad de visitar España a fines de la década de 1990. Para mí fue algo especial por la posibilidad de conocer la tierra de mis abuelos y aún más por estar acompañado por ella”.

Entre el año 1997 y 2002 nacieron sus cuatro hijos. Aparte de una madre devota, Marisa era una profesora de educación física dedicada y una persona muy cariñosa. Era querida por todos sus compañeros de la Universidad de Tucumán, así como por sus amigos: “Siempre fue muy gaucha, amable y servicial”, la recuerda José.
“Ya con hijos pudimos disfrutar de algunas vacaciones en la playa, estadías con amigos de nuestros hijos en la casa de mis abuelos en San Lorenzo, (villa veraniega ubicada a 10 km del centro de la ciudad de Salta). Fue un muy lindo día y un recuerdo invaluable para mí por lo que disfrutaron los chicos y poder compartir con ella ese lindo lugar”, continúa. “También atesoro un viaje hermoso a la quebrada del Toro, los cumpleaños en la finca Nazaret, unos días de playa en Florianópolis, y unas vacaciones en Chile en carpa inolvidables”.
“Cierta vez, para una fiesta en la escuela de uno de mis hijos, me hizo bailar folclore, cosa que me cuesta ya que no soy bueno bailando, pero con su ayuda lo logré”, se emociona. “Marisa fue la persona más importante en mi vida”.

Una mañana como cualquier otra
El 5 de octubre de 2015, el matrimonio se despertó temprano. José llevó a sus hijas al colegio secundario, y como siempre, observó los rituales de Marisa antes de ir a trabajar, como no olvidar aquel vasito de yogurt que se llevaba siempre para el desayuno.
José estaba preocupado, aunque no sabía bien por qué. Hasta el día de hoy lamenta el apuro innecesario en la despedida: “Estaba ansioso por preparar mis tareas del día”, recuerda.

El mediodía llegó, el padre de familia salió a buscar a sus hijas al colegio, así como a Marisa, que solía trasladarse hasta aquel punto de encuentro. Pero ella no estaba. De inmediato, José llamó a su número y la voz masculina de un policía lo sorprendió del otro lado: “Me dijo que fuera rápido al hospital local porque Marisa se había desmayado. En el camino me volvieron a llamar por teléfono para que fuera rápido. Presentí que era algo importante y rogué que no fuera serio”.
Cuando llegó al hospital, una médica le informó que su esposa había fallecido de muerte súbita. A partir de entonces, José creyó caer en la peor de las oscuridades. En un instante su vida había cambiado por completo.

“Siempre serás mi esposa, mi ángel, mi vida”
José siempre sintió que su historia con Marisa era lo más importante que poseía. Su base, su pilar, su hacedora de momentos mágicos. Tal vez ese era su secreto, saberlo a consciencia y disfrutar cada presente. Hoy sabe que todo lo que damos por hecho, mañana puede desaparecer por completo. Y duele, pero duele mucho porque hubo amor. Y hoy decide honrar para no olvidar y agradecer haber tenido la fortuna de vivir su gran historia, inimaginable para aquel chico tímido que hasta el día de hoy vive en su interior.
“Marisa fue increíble. Participó en proyectos de educación recreativos, culturales, artísticos y comunitarios. Exploró diversas disciplinas artísticas, deportivas y científicas. Exploró en talleres de bellas artes, dibujo, pintura, escultura y títeres. También le gustaba el teatro, le encantaban los deportes como natación, aeróbicos, y varios estilos de baile, bailes clásicos, árabes y folclóricos”, enumera José con orgullo.

“Siempre serás mi esposa, mi ángel, mi vida”, lanza con la mirada al cielo. “Gracias por haber sido mi compañera, mi amiga. Me enseñaste mucho en la vida. Lo que nunca voy a aprender es a vivir sin vos, sin tu amor, tu voz, tu baile infinito. Te amo. Me hacés mucha falta. Nos hacés falta. Gracias por haber sido mi esposa”.
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