Un paseo por la tierra roja y picante del chamamé
Un cronista visitó la mítica fiesta nacional de esta música en el Litoral; es, quizá, la escena folklórica más vital del momento
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El calor es total pero a nadie parece preocuparle. O sea, sí: andan con sus heladeritas de telgopor, sus latitas y jarras de fernet en mano, y sus ropas livianas en general. Pero no se escuchan quejas ni se ven caras largas en el Cocomarola, el anfiteatro a cielo abierto que todos los años cobija la Fiesta Nacional del Chamamé, quizás el encuentro folklórico más vigente y vital hoy por hoy. Seguro: la Virgen de Itatí y los héroes de Malvinas son reverenciados sin matices de principio a fin. Pero el fervor no es nada impostado. Puede ser compartido por el paisano con su china, orgullosamente vestidos a la vieja usanza pese al calor. Pero también decenas de pibes y pibas en jeans o vestidos a la luz de la luna que se emocionan con ídolos mayores como Mario Bofill o Julio Cáceres de Los de Imaguaré, y sienten el festival como propio. O por múltiples familias reunidas en reposera alrededor del tereré o de un cochecito con niño a bordo. Todos a su manera participando del chamamé.
“Vos les diste a nuestros padres este jardín que hasta hoy sigue siendo un paraíso. Reino del agua y del sol. Verde azul Mesopotamia codiciada al por mayor”, alerta el padre Julián Zini, cura campestre y compositor boina en mano que suele ser abrazado allí a donde va, en el recitado gauchesco que todos los años sirve como infaltable puntapié inicial. “¿Qué pasó con nuestra tierra, con el agua qué pasó? ¿Qué nos dirán nuestros nietos de lo que se dejó?”, se pregunta quien de alguna manera encarna la medida moral de la Fiesta a la vez que su contraparte afectuosa y paternal: el pueblo chamamecero confía en él; y él confía en el pueblo chamamecero.
Un entramado interregional que abarca zonas generosas del litoral argentino, paraguayo, brasileño y uruguayo (por eso participan músicos de todas estas nacionalidades y sus banderas flamean sin conflicto sobre el escenario). Y que básicamente es feliz cantándole a la tierra, a los ríos, a ese sol que siempre posa enorme sobre el Paraná; y también haciendo notar su amor a la Virgen, a los caídos en batalla (sean del siglo que sean) y a la cultura guaraní en particular. La sensación de sentirse una nación dentro de otra nación.
“No sé por qué vengo o por qué me gusta el chamamé. Sí sé que me gusta y que vengo”, me dice un correntino de a pie, morocho y de ojos claros, con cierta reserva en su tono. Como si no estuviera del todo seguro de la conveniencia de hablar. Y no lo culpo: la desconfianza entre el Litoral y Buenos Aires es de larga data (casi de cuando Rosas y caudillos gobernadores disputaban por el comercio libre o protegido) y no se erradica así nomás. Aunque sin duda esta fiesta – donde siendo “visitante” resulta sencillo dejarse llevar por esas cadencias a veces dulces, a veces aguerridas, que brotan de los acordeones en línea sobre el Osvaldo Sosa Cordero, el escenario principal – es un buen comienzo.
Ahí está Florencia de Pompert, hija de la legendaria Susy, consiguiendo los primeros sapucais de la noche. Y lo mismo el propio padre Zini, que acompañado por sus Neike Chamigo y la voz de Rosa Leiva, vuelve a conmover al Cocomarola. O La Pilarcita, el conjunto de chamamé tarragocero liderado por una adolescente que es un pequeño terremoto. Sin dejar su acordeón un segundo y sonriendo a todo momento, Daniela Pilar de Acosta camina hasta la punta del escenario, baja las escaleras, se mezcla entre la gente y cual Jimi Hendrix revoluciona los ánimos. Muestra el poder interpelador de su instrumento. Son 13 mil los asistentes los que la disfrutan (y otros tantos volverán a llenar el Cocomarola la noche siguiente).
Todo listo para la aparición de Mario Bofill. No tan conocido fuera de los perímetros del Litoral, Bofill es una figura enorme dentro del chamamé por su obra, personalidad, y resonancia en vivo. Sus shows son aguardados con devoción y cada palabra que dice (generalmente apuntando al humor, a no tomarse en serio tanta admiración) cae sobre saco lleno. Lo mismo sus canciones, cuentos rurales o urbanos de la vida humilde en estas tierras (el estudiante del interior que extraña su pueblo, el paisano que sale a buscar un remedio para su madre y se demora en una bailanta), que Mario interpreta con arrebato, intercalando vocablos guaraníes y destrabando cualquier solemnidad con miradas pícaras y una simpatía que no es común.
“Soy el único chamamecero biónico”, puede contar al día siguiente en un asado sobre la infinidad de operaciones a las que debió someterse para salvar su salud. O bien contar cómo Alberto Olmedo practicó una vez lanzamiento de cuchillos con él mismo como tiro al blanco. “Muchas de las historias que canto las escuché primero en guaraní. Si no las hacía canción, se morían”, dice.
La Fiesta del Chamamé también tiene su under y eso ocurre en las bailantas que ocurren de día, como previa al festival. Motorizadas por el Instituto de Cultura, las bailantas muestran a los conjuntos en su estado más tradicional. La más famosa es la del Puente Pexoa, a la vera del Riachuelo, que reúne a parejas mayores desafiando la temperatura extrema y muchas familia en picnic alrededor. “Acá el chamamé es bien maceta. Bien para bailar”, señala un muchacho recostado sobre un mural. Y constata lo que antes me explicó Bofill: las parejas que bailan más anguloso y espaciado siguen un estilo “ganadero” mientras que aquellas que lo hacen más juntas y fluidas provienen de un ambiente más humilde, agricultor. Hay un quincho, una bandera argentina como gran media sombra que protege a los que bailan, y muchos chamameceros que pelan y apelan a lo mejor de sí.
“Mirá”, me advierte un porteño radicado desde hace unos años en Goya cuando más tarde, en la segunda fecha, Los de Imaguaré arrancan su recital y una parejita de niños sub-3 ensaya su propia versión del baile; mezcla de entusiasmo e instinto precoz. “Empecé a venir porque todos me decían que no me lo podía perder. Y reconozco que al principio era escéptico. ¿Qué tenía que ver yo, que siempre tiré para el rock nacional, con el chamamé, que casi no lo había escuchado en mi vida? Pero vine y resultó que sí, que algo tenía que ver”, dice mientras Julio Cáceres y los suyos celebran cuarenta años con el grupo y bombas de papelitos estallan entre tema y tema.
“Cuando arrancamos el chamamé estaba en auge”, cuenta más tarde don Julio, que con su porte grave y gomina al ras, casi podría pasar por un Johnny Cash de Litoral. “Pero después declinó y aparecieron distintas líneas. Nosotros tratamos de hacer una síntesis. Y por suerte, la gente nos aceptó. Hoy pienso que lo que perdura es el sentimiento de lo que el pueblo quiere”, sostiene.
Los de Imaguaré, como Mario Bofill, reúnen la devoción mayor dentro del universo chamamé, que tiene sus propias reglas más allá de lo que disponga el folklore que orbita en Cosquín. “Nuestro sueño –subraya Cáceres– es involucrarnos para que esta música no sea sólo un sonido sino también la vida profunda del ser humano. Que cada uno puede desarrollar su potencialidad con lo que le tocó vivir”. Con el chamamé como aliado, es más fácil.
¡Y se va la 27!
La edición 27 de la Fiesta Nacional del Chamamé en Corrientes, que se realizó el fin de semana en el anfiteatro Cocomarola, confirma la apertura y la convocatoria de este género musical que ya no distingue edades
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