
Sicilianos: hacer la América
Son la tercera corriente migratoria en importancia proveniente de Italia; llegaron de a miles a un país que les prometía paz, pan y trabajo. Algunos lograron bastante más que eso, pero todos sufrieron por igual
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No le quedaba nada. Quizás por eso Concepción Colantoni, 16 años, no quiso ver lo que veía –el barco, el puerto repleto de gente, los llantos, la mano de su madre agitándose en cubierta, la cara de su hermana Brígida, su padre– y corrió al hotel y enterró la cabeza bajo la almohada. Era 22 de febrero de 1951 y toda su familia se iba a América, pero ella no.
–Habíamos ido al puerto para embarcar a Buenos Aires, pero en la revisación médica me dijeron que tenía algo en los ojos, y no me dejaron embarcar. Primero tenía que curarme.
Y aunque el 13 de mayo de 1951 llegaría al puerto de Buenos Aires para reunirse con su familia, todavía hoy tiembla cada vez que recuerda aquel febrero.
–Me quedé ahí con mis abuela. Habíamos vendido todo. No tenía ni casa.
El horror tenía que ser eso: 16 años, sin familia, ni casa, ni isla donde volver.
Isla exporta gente
Sicilia tiene 25.000 kilómetros cuadrados, está separada del continente por 3 kilómetros y de Africa por 160. "Ha sido colonizada o dominada por todos los pueblos que han protagonizado la historia de Occidente –escribe Ada Lattuca, doctora en historia, en su libro La diáspora de los migrantes sicilianos, publicado en 2002–. Griegos, fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, árabes, normandos, alemanes, españoles, franceses e incluso ingleses se han asentado en el lugar hasta la incorporación de la isla al estado italiano. (...) Pero el modo más frecuente que tienen las islas para mezclarse con el resto del mundo es organizar emigraciones:todas las islas son exportadoras de hombres. Y Sicilia, en la Italia insular, no fue la excepción". Así, durante el siglo XX muchísimos sicilianos llegaron a la Argentina en busca de lo que no había en aquellas tierras arrasadas por la guerra y la falta de recursos.
–El siciliano es un tipo muy especial –dice Ada, ella misma descendiente de sicilianos–. Es muy católico, pero es lo más supersticioso del mundo. No considera la enfermedad como un accidente biológico: es un castigo del cielo. Van a misa y al Partido Comunista".
Según datos de la Embajada de Italia en Buenos Aires, la corriente de inmigrantes procedentes de Sicilia fue la tercera en importancia cuantitativa, después de los calabreseses y napolitanos. Actualmente hay 16.000 nativos de Sicilia en la Argentina.
Cayetano Masso llegó en 1948. Tenía 19 años y venía a conocer a su padre.
–Cuando él se vino a la Argentina, yo estaba en la panza de mi madre. Pero me vine por el temor de otra guerra. Se iban de a mil, los aviones tapaban el sol. Por eso, yo me vine sin pensar en volver. Acá me hice operario de la construcción, y toda mi cría también. Todos mis descendientes están en la construcción.
El corazón se queda
A Brígida Colantoni, la hermana de Concepción, se lo había dicho una gitana, pero ella no le creyó.
–Me leyó la mano y me dijo "vas a hacer un largo viaje y tu novio te viene a buscar por vía de mar". El largo viaje terminó siendo Buenos Aires, y mi novio vino por vía del mar.
El novio era Giuseppe Paratore, el hombre con el que a los 18 años ya noviaba en Sicilia, con quien se casó por poder en 1953 y a quien no volvió a ver hasta 1954.
–Yo vine por ella –dice Giuseppe en la Siciliana Union Regalbutense, en Pompeya, un espacio en el que los habitantes de aquel pueblo, Regalbuto, se juntan, comen, cantan, recuerdan– .Vine el tres de marzo de mile nueve cincuenta e cuatro. Allá era campesino, agricultor. Acá tuve que ser albañil y aprendiz de herrero. Y después hice herrería de obra. Veintisiete años.
–Son muchos años acá –dice Brígida–. Pero el lugar de donde es uno no se olvida nunca. El lugar donde yo jugaba cuando era chica, lo nombro y lo estoy viendo. Hace 54 años que estoy acá y nunca se me borra. Cuando volví a mi pueblo, uno se acercaba y me decía "No te acordás de mí? Yo te tiraba de las trenzas. Soy yo: Ferrigno, Michele". Y yo no me acordaba. Como que uno hubiera sido otra persona. Mire, hay una canción que dice "Yo parto, pero el corazón se queda ahí".Y se queda ahí.
Preguntas sin respuesta
Desde las oficinas de Carmelo Pintabona, en Puerto Madero, se ven la dársena, los edificios de la Costanera Sur: el metro cuadrado más caro de la ciudad. Pintabona es empresario, dueño de PBA SRL, una empresa de medio ambiente que se dedica a apoyar proyectos en Sicilia, y participa de una ONG llamada Proyecto Escuela de Cultura Ambiental. Atiende el celular, la computadora, cosas con las que no soñaba cuando vivía en Sinagra, un pueblo de la provincia de Messina.
–En Sicilia éramos muy pobres. Yo jugaba con lo que había. Un cajón, el río, los árboles.
Llegó a Buenos Aires a los seis años, el 23 de julio de 1956, siguiendo la estela de su padre, un hombre venido a la Argentina en 1949 y a quien conoció en el puerto, después de 17 días de navegación en un barco argentino llamado Entre Ríos.
–Partimos en bus desde mi pueblo, después un tren que llegó al estrecho de Messina, y cuando salimos en ferry de Messina, vi emerger algo del agua y me llamó mucho la atención. Veinticinco años después, cuando volví por primera vez, quise ir al puerto de Messina para ver qué era. Era el monumento a la Virgen de los Emigrados. Mi papá había venido después de la guerra buscando un mejor porvenir. El era muy buen sastre. La que sufrió mucho el destierro fue mi mamá. La primera vez que hablamos a Sicilia por teléfono fue en la década del ´70. Lo terrible eran las muertes. De mi abuela, de mis primos. Mi mamá usaba luto como si estuviese allá, y me acuerdo de mi papá, buscando el mejor momento para decírselo.
La saeta del dolor cruzando el mar. El muerto querido al que no se podía decir adiós cuando el mundo era otro: realmente ancho. Aquí, en este mundo, Carmelo estudió agronomía y desde entonces no dejó de trabajar para aceitar los vínculos entre Sicilia y Argentina.
–Voy varias veces por año, y por lo menos quince minutos tengo que ir a mi pueblo. Me siento en la plaza, y respiro. Y me hago una pregunta que no tiene respuesta. Qué hubiera sido de mi vida si me hubiera quedado ahí. Y no sé. Uno es americano en la tierra de uno y siciliano en el resto del mundo.
Mujer de un solo hombre
Santa partió de Augusta, su pueblo, en una fecha inolvidable.
–El 25 de diciembre de 1950 salí de mi pueblo para ir a Genova a embarcarme. Yo tenía 22 años, y había pasado toda la guerra en Sicilia. Nos escondíamos en el pueblito cercano, en las grutas. Cuando terminó, se hablaba de otra guerra, y mi papá dijo otra guerra no.
No tiene, casi, recuerdos del viaje, porque apenas atravesado el estrecho de Gibraltar el meneo la dejó de cama hasta Brasil, diez días más tarde.
–Mi papá tenía casita en Avellaneda. De chapa, baño compartido. Yo conseguí trabajo en Alpargatas, y me hice novia de mi marido. José Francisco. Un sol ese hombre. Era lindo, rubio, alto, derecho, y hacía unos pastele bárbaro. Y estuvimos juntos toda la vida. El era albañil y cuando nos casamo me dijo que dejara de trabajar en la fábrica, así que me compré una máquina de coser y trabajaba en casa haciendo lencería fina para Gat& Chaves. Tuvimo un varón, y una mujer. Fuimos muy felices. Yo me quedé viuda hace 18 años y nunca me volví a casar. Acá todo el mundo se acuerda de mi marido. Yo dije No, otro hombre como mi marido no voy a encontrar. Y además no le voy a traicionar. No se lo merece. Yo soy mujer de un solo hombre.
–¿Volvió a Sicilia alguna vez?
–Sí, en 1992. Me gustó ver mi casa, recorrer la costa donde nos bañábamos con mi abuela. Lo que me más impresionó es que las calles eran más angostas que lo que yo me acordaba, y que fui a ver una compañera de colegio.
–¿Y?
–Y la verdad, la encontré muy envejentada.
De duelo
Lo primero que recuerda Rosa Scalogna cuando menciona Sicilia no es la casa donde vivía en Vittoria, sino los días de barco y cielo y agua que la alejaron de todo lo que quería en este mundo: su tierra, su abuela.
–Era el ‘48 y yo tenía 10 años –dice en el living donde ha vivido siempre, al sur del conurbano–. Mi hermana Silvia tenía cinco.
–Cuatro para cinco –corrige Silvia–. Yo no me acuerdo de nada. Mi vida comienza en Avellaneda, ahí empiezan mis recuerdos. Yo recién fui a Sicilia en el año 2001, después de cincuenta y pico de años.
–Yo no me quería venir –dice Rosa–. Faltaban minutos para tomar el tren para irnos al puerto, y yo estaba abrazada a la falda de mi abuela. Mi abuela era todo, era toda dulzura. No volví más. No quiero. Que se quede en el recuerdo.
–Yo saqué fotos del lugar donde vivíamos –dice Silvia– y la diferencia no se puede creer. Acá llegamos a un conventillo en Avellaneda, cocina y una pieza. Todo era descampado. Mi papá trabajaba de noche en una textil y de día en una verdulería. Vivíamos en una pieza de chapa, y cubríamos las paredes con cartón para que no entre frío, y los cajones de manzanas los desarmábamos y los poníamos en el piso. Cocinábamos a la intemperie. A veces me da bronca porque en Sicilia se creen que acá hicimos la América, y que no podemos pretender nada de Italia porque la abandonamos cuando más nos necesitó. Primero, que a mí me trajeron. Y después que acá no fue fácil. Tengo recuerdos de enorme sufrimiento. Te preguntaban la nacionalidad en el colegio y te daba verguenza decir que eras italiano. El "tano muerto de hambre" lo tengo grabado acá.
Pero lo que más recuerdan son las Navidades crueles en la pieza, con la pena del mundo y la madre llorando.
–Mi mamá lloraba muchísimo –dice Silvia–. Cuando mandaron la carta donde avisaban que había muerto mi abuela, mi mamá estaba tirada en la cama y los gritos, los aullidos se escuchaban desde la esquina. Yo me aterroricé. Es todo tan...te queda tan marcado...
Rosa, a su lado, asiente y calla.
–Mirá, una vez me llamaron para saludarme por el día del inmigrante –dice Silvia–. Y me puse a llorar. Porque no fue buena nuestra vida. No somos de aquí ni de allá. Cuando fui allá y vi la casa donde nací, donde vivía mi mamá, el teatro, la vía principal, todo te parece un sueño y te da una gran tristeza también. Porque vos decís todo esto perteneció, fue parte de mí. Y ya no está.
El sol siciliano
Cuando Blas Gurrieri regresó a Comiso, provincia de Raguzza, la luz había cambiado. Pero eso no era raro porque veintisiete años son mucho tiempo para que todo siga igual.
–Yo vine el 21 de septiembre de 1950 a Buenos Aires y volví a Sicilia recién en 1977. Mi padre, José, era zapatero y había llegado un año antes, en el ‘49. Mi mamá y mi hermana vinieron recién en enero del ‘51. Era tanto el miedo que tenía mi papá de que yo iba a cumplir los 18 años y por ahí me agarraban para otra guerra, que me hizo venir antes. Pero acá me tuvo muy bien. La verdad, me tenía como un pichoncito. Me acuerdo que me fue a buscar al puerto y tomamos un taxi, y pasamos por el monumento del Canto al Trabajo, y mi viejo me dice "Guarda, guarda, el canto al lavoro".
Y por la ventanilla del taxi Blas vio eso y pensó que, después de todo, quizás Buenos Aires no era un mal lugar para quedarse: en Sicilia, desde chico, soñaba con ser escultor.
–En mi pueblo todos eran escultores o picapedreros, y teníamos la cantera a unos kilómetros. Nosotros estábamos bien, muy bien. El cambio fue grande, porque dejamos una casa linda, y acá vivíamos en La Boca, en un lugar muy modesto.
Estudió castellano en las Academias Pitman, consiguió trabajo en un taller de escultura, se casó con una argentina en 1958, tuvo una hija, entró como restaurador en la municipalidad de Buenos Aires en 1962, puso su propio taller de cerámica hasta los años ´80 cuando lo llamaron para ponerlo al frente del taller de Restauración de la Municipalidad, y llegó a ser Director de Monumentos hasta el año 1992, en que se jubiló.
–Y en el medio de todo eso, en 1977, volví a Sicilia. Y me encontré como un extranjero en mi propia tierra. Fui a ver la casa de mi infancia pero ya la habían vendido. Después de 27 años uno dice miércole, no queda nada. La fisonomía de la calle cambia y entonces cambia la luz. Yo estaba acostumbrado que a la mañana salía a las ocho para estudiar Bellas Artes y volvia a las doce, y el sol estaba a noventa grados y era una luz hermosa: ese sol siciliano.
Florcitas en la almohada
Antonino Fogliano, nacido en Galati Mamertino, provincia de Messina, vino en el año 1950, a los 19 años, y no tiene casi recuerdo de su padre, Giuseppe, que murió de una manera cruel a los 33 años.
–Papá trabajaba en la comuna, prendía los faroles a querosén en cada esquina. Todas la mañanas iba, y con la escalera le cambiaba el querosén, la mechita y lo apagaba. A la noche iba y lo prendía. Y se clavó una espina en el dedo, y falleció de una infección. Yo tenía 4 años. Mi mamá se casó de nuevo y mi padrastro fue muy bueno pero yo me fui a vivir con mis abuelos. Yo salía del colegio, comia un pedazo de pan, agarraba la cabrita, y me iba por ahí, dejaba la cabrita y me ponia a estudiar, porque mi abuelo no sabia leer y mi abuela tampoco. Eran épocas de miseria. Uno se bañaba una vez por semana o los días de fiesta. A Luigi, el burrito mío, lo traía cargado con kilos de leña para ir guardando para el invierno. Tenía 12 años y me iba con el burrito y me cortaba un arbolito chico, lo trozaba, lo cargaba, y lo teníamos para el invierno. No se tiraba nada. En invierno en tiempo de guerra teníamos cien gramos de pan por persona. Yo tenía once años cuando se declaró la guerra. Un día estaba cargando leña en el burrito y vi los aviones cuatrimotor y salí corriendo, el burrito atrás. Cuando llegué a casa mi abuelo Antonino le dice a mi abuela: "Maria, fai una macarruna, que por lo meno morimo con la panza llena". Y mi abuela se puso a amasar los macarrones, para morir con la panza llena. Pero si no todos los días la comida era ensalada de cebolla, tomate, zapallo hervido, papas. No había ni jabón ni champú ni nada. Para lavar la ropa la ponían toda en un canasto grande y ponían la ceniza del fuego fría que blanqueaba. Los piojos eran terribles. Más grandes, nos fuimos con un amigo a la cosecha de trigo.
Su abuela María le compró una alcancía para que guardara esos primeros ahorros. El la aceptó, los guardó, y después le clavó un puñal imperdonable: se vino a la Argentina buscando un futuro.
–Mi abuela tenía 76 años. Lloraba para que no me viniera. Acá me estaba esperando mi tío, que tenía fábrica de parquet. Vino a buscarme, llegamos a su casa de Lanús, a la noche me fui a dormir y encontré un ramito de flores en la almohada.
Trabajando 18 horas por día Antonino le envió 250 pesos por mes a su madre durante años. A los 20 se casó, puso venta al por mayor, tuvo cuatro hijos, y en 1966 decidió que era hora de volver.
–Dieciséis años que no veía a mi mamá. Ya volví doce veces. Antes pensaba en volver a vivir y cuando estuve en 2002, la última vez, ya dije no, yo no vuelvo más a vivir acá. Mi lugar ya está en otro lado.
Cincuenta y dos años después de haberse ido pensó que, quizás, su casa había cambiado de lugar.
Corazones rotos
Son hermanos. La casa de San Martín, donde viven –ella, soltera; él, viudo– es blanca, inmaculada. María y Giuseppe Ingrassia vinieron al país cuando tenían 18 y 15 años, respectivamente, el 29 de noviembre de 1948. Desde entonces no han dejado de llorar un solo día por haberse ido.
–No sabemos por qué vinimos –dice María–. Mi papá era empleado del Ferrocarril y estaba perfectamente. Yo estaba terminando el liceo, éramos clase media bien. Allá dejó la madre de ochenta años, los hermanos. Y de repente con la guerra ya terminada, se vino para acá. Yo creo que fue porque tenía hijos varones y habrá dicho no los voy a mandar a la guerra.
–Mi papá murió a los 93 años –dice Giuseppe– y me dijo "Me equivoqué. Los arruiné". Yo no volví nunca. Soy una planta que la transplantaron acá, y acá brotó, y si la movemos.. por ahí se seca.
–Yo lloré antes –dice María– lloré durante y lloré después. Acá éramos cinco personas viviendo en una pieza en el almacén de mi abuelo. En Italia vivíamos en un tercer piso, en una casa con cinco habitaciones. Yo lloraba por todo. Por cómo vivíamos, por lo que había dejado. Estaba en cuarto año y queria seguir matemática y física, pero mamá se enfermó y ya dejé todo para cuidarla.
Giuseppe, como su abuelo, como su padre, fue ferroviario, aunque le hubiera gustado ser comerciante. Se casó, tuvo hijas y nietos, enviudó y nunca quiso volver a casa. María, en cambio, trabajó en una naviera, donde se jubiló, y regresó a Sicilia cuatro veces.
–La primera vez con mi papá, en 1972. Y vine más confundida. Allá estaban todos muy bien, y acá era al revés. Si pudiera volvería todos los meses.
Allá, dice, quedaron sus raíces y algo más: un novio que la quería, pero ella dijo no.
–El no quería que yo me viniera, pero él no tenía trabajo. ¿Cómo íbamos a enfrentar la vida? Llegué en noviembre y en enero recibí su primera carta. Entablamos otra vez la relación. Pero a la madre le habrá dado miedo perder el hijo. Un dia llega una carta de mi tía desde sicilia, que mandaba a decir que me olvidara, que se había casado. Pero cuando yo fui en el 72 mi prima me dijo que él se había casado hacía sólo dos años: "Lo que lloró ese muchacho por vos, no tiene nombre".
–¿Y lo fue a ver?
–No. No quise verlo.
Así, de corazones rotos, también estuvo hecho este camino.
El niño anchoa
Domenico Cassia es esbelto, fibroso, tiene 89 años. El departamento de la Boca, donde vive, está repleto de maquetas a escala de barcos con botes salvavidas, tripulantes, luces que se encienden, escaleras, todos construidos por él para recordar la pasión que mejor le sale: navegar. Nació en el puerto de Siracusa, y llegó a Buenos Aires donde ya estaba su padre, el 3 de febrero de 1934, a los 17 años.
–Mi papá era marino mercante. Yo empecé a ir a bordo a los 7 años, en el barco de mi abuelo. En un momento el barco se tumbó y me agarró la marejada y no me asusté. Cuando volvimos a casa mi abuelo le dijo a mi mama "Tu hijo nació anchoa, y va a morir salado". Pero mi papá se vino porque había pasado la primera guerra y dijo "A mis hijos no los voy a mandar a la guerra". Enseguida que llegamos mi papá me dice "¿Y vos que pensás hacer?". Le digo "Llegué hace una hora, no sé". Me dice "Tenés que saber. Estudiar o trabajar". Y le dije "No, yo al colegio no quiero ir más". Empecé a trabajar en un remolcador, y después me embarqué. A mí el río me gusta, pero el mar, ah... el mar. Usted sale en un viaje de siete, ocho, diez días, y tiene que ir de un punto a otro y tiene la satisfacción que cuando llega a destino llega a la hora indicada. Pero a veces uno se pega un susto. Una vez se descompuso el motor del barco, y había temporal. Nos tiramos al agua atados entre nosotros y llegamos a la orilla, pero cinco días estuviemos perdidos, hasta que llegamos a una estancia. Y era en Mar del Sur. Después de eso, sí, da miedo volver a navegar. Pero uno tiene que demostrar que está tranquilo. Tranquilo no está, pero usted se tiene fe y sabe lo que hace, sabe dónde va.
Casado con la hija de un siracusano, tuvo tres hijas, siete nietos, bisnietos, y el recuerdo de haber fundado una naviera de la que está orgulloso: Corporación Internacional Domingo Cassia, con once barcos que conocieron épocas de oro. Volvió a Sicilia siete veces, pero ninguna fue como la vez aquella, la primera: cuando vio a Siracusa desde lejos, como quien entrevé el rostro de alguien que alguna vez se amó.
–Habíamos salido con un barco desde Génova, y teniamos que ir hacia la India. Y Sicilia era de pasada y Siracusa está en una punta de la Sicilia. El faro de la Sicilia. Entonces le digo al capitán: "¿Por que no me hace ver Siracusa, aunque sea de lejos?" Y él: "No, no se puede desviar el rumbo". Bueno, uno no puede protestar. Y a la mañana me levanto y la veo...
Después de décadas sin verla: Siracusa. La gente, los coches, el puerto: Siracusa.
–Ay, Siracusa...Siracusa...Era una visión. Cerca del muelle, donde termina la ciudad, mar abajo, hay una baranda toda a lo largo de la costanera... y se veía la gente, los coches, el muelle. Aquella mañana me dieron ganas de tirarme. Pero qué va hacer.
No podía, dice.
–No podía.
Para saber más: www.regione.sicilia.it
www.consitalia–bsas.org.ar/archivos/i_sicilia.htm





