
Serenidad de convento
Construida por los jesuitas en sus tiempos de esplendor, la iglesia de Santa Catalina, en Córdoba, recientemente fue designada por la Unesco Patrimonio de la Humanidad y es el monumento mejor conservado en el país de la obra de esta orden
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Transportarse en el tiempo y situarse en pleno 1700 no resulta difícil al divisar las torres gemelas de la iglesia y convento de Santa Catalina, en Ascochinga, unos 200 kilómetros de la ciudad de Córdoba. Acercándose aún más, es fácil imaginar los sonidos del órgano y las voces de los esclavos cantores dirigidos por el maestro florentino Domenico Zipoli –que vivió allí, donde se cree que aún descansan sus restos–, atravesando las pesadas puertas de algarrobo que coronan la fachada de la magnífica construcción barroca.
Cuando en 1767 el rey Carlos III de España ordenó la expulsión de la Orden de la Compañía de Jesús de tierras americanas, la estancia de Santa Catalina –una de las tres que los jesuitas tenían en Córdoba– se encontraba en pleno auge. Con más de 20.000 cabezas de ganado en pie, ovejas, cerdos, gallinas, árboles frutales, huerta, molinos, acequias, canales y producción de telas, velas y quesos, amén de 450 esclavos e indios, los hijos de Loyola aseguraban la subsistencia de sus noviciados y colegios, a la vez que instruían a la población indígena para distintos trabajos y oficios. A juicio de algunos historiadores, los jesuitas establecieron un gobierno cuyo jefe era el general de la Compañía de Jesús y “practicaron el comunismo en sus misiones”. La iglesia, edificada en diferentes etapas, de estilo barroco y con un imponente altar mayor de algarrobo dorado a la hoja y cuadros de la escuela española del siglo XVIII, se cree que fue construida por tres arquitectos jesuitas, dos de ellos italianos y otro de origen alemán. El resto del conjunto está formado por tres patios rodeados por habitaciones, talleres, depósitos y una construcción llamada el conventillo, hecha en piedra, ladrillos y barro, con techos abovedados, encerrados por un muro perimetral que rodea unas 8 hectáreas.
Fuera del muro, en La Ranchería –antigua vivienda de esclavos que contaba con 55 cuartos con paredes de piedra y barro–, todavía habitan algunos descendientes de aquellos habitantes. Dentro de los muros, los herederos de Francisco Antonio Díaz –un español que había llegado a Córdoba con mucho dinero y pocos antecedentes y que compró la propiedad a fines del siglo XVIII– preservan la propiedad desde hace más de 200 años. Declarada hace poco Patrimonio de la Humanidad por la Unesco y considerada como el monumento nacional más grande y mejor conservado de las misiones jesuíticas, Santa Catalina cambió su fisonomía en los últimos años, volviendo a su color original, pero perdiendo algo del encanto natural que el tiempo había impreso en ella.
Agradecemos a Calixto de la Torre y a Marita






