"No te da la cabeza", le dijo su abuela y ella decidió desprogramar ese mandato
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"La muerte no existe", se repetía una y otra vez mientras se ocupaba de asistir, darle de comer y cambiar los pañales a su madre. Hacía dos años que ella había enfermado gravemente. Tenía cáncer de útero y un pronóstico poco favorable por delante. Con un padre ausente y temeroso de que su esposa muriera a su lado, fue Natalia Barrera (34) quien se hizo responsable de los cuidados del último tramo de vida de quien la había traído al mundo. "Con mi papá tenía una relación distante, él no estaba durante todo el día en casa, solo venía de noche. Yo me ocupaba 100% de mi mamá. A veces venía mi abuela materna a ayudarme, pero lo hacía desde las órdenes porque nunca nadie realmente empatizó con las necesidades de mi madre, ¡solo yo!".
Siempre había sido la rara en la familia. Tímida pero inquieta intelectualmente, casi como una ironía, el concepto de la muerte la había atrapado desde que tenía uso de razón. "Recuerdo que en ese entonces miraba el canal Infinito y veía todos los documentales sobre vida paranormal, espíritus y fantasmas. Pensaba que, si los espíritus lograban mostrarse por algún medio, eso significaba que había algo que trascendía la materia. Einstein me reveló la incógnita: la energía nunca se pierde, se transforma. Todo es vibración en el universo. Por eso la muerte como el concepto de fin en realidad no existe. Y eso me llevó a pensar a la muerte como un estado de la vida y no como un final de la vida", explica.

Cuando su madre falleció, además de terminar con mucho esfuerzo el colegio, Natalia tuvo que empezar a trabajar para tener un ingreso económico y poder mantener los gastos de la casa donde vivía en Bahía Blanca. Comenzó entonces a dar clases de danzas árabes y, aunque era considerada una gran bailarina y maestra, nunca ganaba suficiente dinero. A los 18, intentó entrar a la facultad de medicina; estudió biología, farmacia, letras. Pero jamás aprobó el examen de ingreso
"Sos igual a mí, no te da la cabeza", le había dicho una vez su abuela que, por un lado la ayudaba económicamente para estudiar, pero por el otro la destruía intelectualmente. Frustrada por sentirse una fracasada, Natalia siguió apostando a la danza, pero nunca lograba ganar el dinero que necesitaba para vivir sin preocupaciones. En 2008, una amiga le ofreció dar clases de danza en el instituto de estética que acababa de inaugurar. Y, aunque fue el mejor año de Natalia a nivel emocional, económicamente le iba tan mal que casi no comía y caminaba 60 cuadras ida y vuelta todos los días para dar clases, porque si gastaba en colectivo no le quedaba nada.
Pero su fuerza interior no la abandonó y comenzó a transitar un proceso de dar, de agradecer, de meditación y paz interior. Finalmente, consiguió un empleo fijo en un bingo. Llegaba 30 minutos antes todos los días, para lograr pasar los 3 meses de prueba. Su desempeño dejó tan conformes a sus supervisores que decidieron darle un regalo: un viaje a Buenos Aires para conocer la ciudad y otros bingos de la empresa. Estaba feliz por el reconocimiento pero, luego de dos años en el rubro, decidió que ya era hora de apostar a su formación interior. Estudió psicología y se formó nutrió de disciplinas que la ayudaran a repensar su historia y los mandatos con los que había crecido.

Alquimia femenina
Entonces un recuerdo de su infancia llegó como una revelación: desde chica siempre había soñado con ayudar a sanar a las personas. Pero no quería hacerlo desde un lugar tradicional. Y fue en ese momento que se conectó con su interior y decidió hacer su primer curso de bioneuroemocion con Enric Corbera -que casualmente ese 2013 venía por primera vez a la Argentina-, un método humanista basado en disciplinas científicas y filosóficas. Pero el curso tenía un valor de 1500 euros más la estadía de 10 días en Rosario y el pasaje. Natalia ganaba solo $600 por mes.
¿Cómo podía hacerlo? Una amiga le ofreció vender unas cremas por catálogo y le dijo que podía llegar a ese número. Lo intentó y lo logró. "En un mes junté el dinero y pude hacer la formación. De regreso, sentí que tenía que compartir mi experiencia. Y me invitaron a una charla donde pude compartir todo lo que había vivido. No lo podía creer: la gente me escuchó y muchos me abrazaron diciéndome que les había cambiado la mirada en su vida". En ese momento supo que tenía un don con su palabra, y comenzó a contar lo que había atravesado cada vez que podía. Así nació la escuela Nefer, un espacio dedicado a comprender el lenguaje de la neurobiología y enseñar a las personas a gestionar sus emociones de manera coherente.

Su primera charla para un público más amplio fue en un club prestado, tenía 100 sillas y soñaba con llenar ese salón. Lo que ocurrió ese día superó todas sus expectativas: más de 300 personas asistieron. Así fue que Natalia se convirtió en coach motivacional.

"Para mi familia yo no era inteligente y yo lo creía porque las palabras nos programan. Entonces cuando ya no escuché más esas palabras, pude creer en mí misma y ver la vida con otros ojos. Hoy, cuando alguien me pregunta qué hago, contesto que ayudo a transformar las capacidades de las personas en algo valioso. Miro a los problemas como oportunidades y animo a la gente a que vacíe su mente. Mientras te vas liberando, empezás a reconocer quién sos y eso no tiene nada que ver con lo que te dijeron que eras. Comenzás a pensar de otra manera, a sentir distinto y experimentás una metamorfosis para renacer y librarte de la cárcel del pasado, de los mandatos culturales y de crianza. Eso es alquimia".
La voz del especialista
José Barrionuevo es Doctor en Psicología por la Universidad de Buenos Aires, Profesor titular de Psicopatología de la carrera de Psicología de la Fundación Barceló y en este audio explica qué es el duelo y cómo se manifiesta en la adolescencia.
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