
"Mis viejos están viejos". Cómo acompañar esta etapa de sus vidas
18 de mayo de 2020 • 12:10

Créditos: Ilustración de Brenda Ruseler.
Tal como todas conservamos nuestra niña interior, también guardamos, en alguna parte de nuestra psiquis, la imagen de nuestros padres como esos adultos superpoderosos e invencibles capaces de defendernos del más horrible de los males, una imagen que volvemos a evocar cada vez que la realidad nos desborda o a la que recurrimos cuando necesitamos sentirnos protegidas. Por esta razón, a tantas nos cuesta lidiar con el paso del tiempo y con las cosas que nos pasan internamente cuando nos cae la ficha.
Contrario a lo que la mayoría creemos, la vejez no es un proceso estandarizado. Esto significa que, si no hay una enfermedad o el comienzo de una enfermedad de por medio, el clásico justificativo de que nuestros padres "están gagá" o "les patina" que muchas veces usamos para cerrar lo que no comprendemos no es suficiente ni del todo correcto.
Quienes se especializan en vejez aseguran que los deterioros neurológicos, por ejemplo, no son ineludibles, es decir, no son algo que sucede sí o sí; por ende, podrían existir otras razones para explicar esas actitudes de tus viejos que te desconciertan, te sacan o te empiezan a preocupar.
¿Dónde están mis superhéroes?
Pueden ser cosas chiquitas y cotidianas: ese llamado en donde vuelven a preguntarte mil veces lo mismo, que se fastidien por algo que les pedís o que de repente sientas que casi estás lidiando con tu hijo de 2 en vez de con alguien que ya pasó los 60. Algunos de los síntomas:
- Hacen cualquiera. Este es un hit en épocas de pandemia, pero también un clásico de siempre que se expresa en actitudes temerarias, irracionales y, paradójicamente, adolescentes. Por ejemplo, van al cajero a retirar efectivo de noche en el barrio más picante, se niegan a los trámites online y prefieren comerse una fila de cuatro horas al frío, salen a comprar un tomate por día en cuarentena y se siguen fumando un pucho en el baño con la ventana abierta para que no te des cuenta.
- Están infumables. Critican todo, se quejan de todo, mandonean a todos y hay que ir esquivándolos con amor y diplomacia para no terminar en peleas. Estos son los viejos que, de pronto, se convierten en haters. A veces les pega a la inversa: se victimizan, se ponen superarchirrecontrademandantes y cualquier cosa que hagas les parece mal.
- Se abandonan. Son los complicadísimos padres que prefieren perder una capacidad física, sufrir un deterioro o bancarse un dolor antes que ir al médico. Tal vez se rompen el alma por tener una prepaga..., pero ¡ni les interesa usarla!
- Cuelgan. Se olvidan de lo que les contás, te repiten mil veces lo mismo, se ponen insistentes con un tema insignificante y, francamente, pareciera que les importa cero ciertos compromisos, aunque son perfectamente capaces de valorar otros. Te desconciertan sus prioridades.
¿Qué les pasa?
Cuando no hay problemas neurológicos concretos o enfermedades de por medio, eso que nosotras llamamos vejez suele ser otra cosa disfrazada: rigidez y saturación. Las mañas, las provocaciones, las actitudes temerarias o victimizantes, en general, tienen que ver con la negación y con el hartazgo. ¿Negación a qué? A abandonar un estilo de vida, una manera de hacer las cosas, una independencia o, incluso, una forma de ejercer su poder sobre el mundo. Pensalo así: si tu viejo siempre hizo gala de su independencia y libertad para moverse, desde su concepción desactualizada, es hasta lógico que se niegue a usar Google Maps. Si arrastra traumas, por ejemplo, si tuvo algún tema económico con los bancos, es lógico que quiera tener su dinero siempre en efectivo, debajo del colchón o se niegue a bancarizarse. A la hora de entender la rigidez y el hartazgo, siempre hay que contemplar el peso de las biografías: los traumas, las heridas que les fue dejando la vida e, incluso, los mambos generacionales, así como los rasgos de identidad.
¿Y entonces qué hacemos?
- No te vuelvas controladora. Si tus viejos están sanos y pueden valerse por sí mismos, está perfecto que estés atenta a sus necesidades, pero limitá tu campo de acción. Vos no podés controlar lo que hacen las 24 horas del día. Si te encontrás gritándoles o retándolos como si fueran chicos, amargándote la vida y pidiendo explicaciones de sus decisiones, tal vez sea hora de recalcular. ¡O te vas a volver loca!
- Confiá en su experiencia. Acordate de que ellos no llegaron hasta acá de casualidad. Tienen un camino más largo que el tuyo en este mundo. Su lógica de supervivencia puede ser desconcertante, pero es evidente que funcionó.
- Conectate desde donde se entiendan. No vayas de choque en choque. ¿Qué sentido tiene intentar cuidarlos si la relación con ellos termina hecha pedazos?
- No subestimes su visión de las cosas. Muchas veces nuestros padres no le prestan atención a lo mismo que nosotras porque, literalmente, están de vuelta.
- Cultivá la paciencia y la aceptación. Tené en cuenta que, por momentos, tus viejos necesitarán que vos hagas de madre. Las etapas regresivas son una constante a lo largo de la vida de todas las personas, es natural y rotativo. A nosotras también nos va a llegar (¡falta un montón, igual!).
- Mirá más allá de lo que no entendés. Recordá que lo paradójico de todo esto es que cuanto ellos más se empacan, hacen lo que se les canta y te desafían, es justamente cuando siguen demostrando su energía y capacidad de decidir.
- Divertite con ellos. El humor siempre descomprime y aliviana las situaciones. Si en vez de retarlos o enojarte, te divertís y hacés bromas, todos la van a llevar mejor.
Así como ellos debieron aprender a "estar" cuando había que estar y a "dejarnos ser" cuando lo necesitábamos, hoy nos toca exactamente eso a nosotras. Ese increíble balance entre guiar y dejar ser al otro se llama "acompañar" y es algo necesario a cualquier edad.
No todo es color de rosa
Hay ciertos temas que, con cariño y paciencia, podemos pilotear, pero hay otros que nos cuestan un poco más. Los padres que son malos pacientes médicos o que se vuelven muy irresponsables en cuestiones cruciales de su vida, como el dinero o su seguridad personal, nos hieren de una manera especial. Como hijas, nos cuesta no interpretar sus gestos de autoabandono como un "total ya fue", una manifestación autodestructiva que a veces no sabemos cómo manejar. Ese es el miedo crucial -y quizás hasta inconsciente- que sentimos al ver que nuestros viejos están viejos. Porque nosotras queremos, en la medida de lo posible, hacer lo que esté a nuestro alcance para evitar que sufran o la pasen mal. Es ahí donde nos ponemos densas y comenzamos a exigirles que vivan como se supone que deben vivir, al punto de que olvidamos que son ellos quienes deben tomar sus decisiones. En el fondo, muchas veces queremos que estén sanos, vivos y lúcidos no tanto por ellos, sino por nosotras, porque nos asusta nuestro propio mundo sin ellos.
Experta consultada: Silvia Ongini. Médica psiquiatra. silvia.ongini@gmail.com .
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