
Mali: un viaje por aldeas milenarias
En las llanuras desérticas de Mali, al sur del Sahara, el pueblo dogón conserva su cultura ancestral aislada del resto del mundo. Aquí, la crónica de un recorrido por sitios levantados con barro y paja al pie de un imponente farallón, vigía de un país olvidado
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Estamos en Mali, país del Africa occidental, ubicado entre Marruecos y Senegal, para dar dos referencias conocidas. Mali, sin salida al mar, regado en parte por el gran Níger; Mali, del desierto de Sahel. Pero, como en caja china, dentro de Mali vamos a ingresar en el llamado país dogón, un universo encapsulado. Allí, la tierra se ha partido y ha configurado una alta meseta yerma y una llanura aún más yerma a sus pies. Y la cicatriz es un alto farallón, 350 kilómetros de acantilado en seco, refugio de civilizaciones.
El reino de Mali supo ser el más resplandeciente al sur del Sahara, y Tombuctú, su ciudad legendaria. Lo barrieron los vientos –los vientos de arena y los de la historia–. Y ahora queda este recuerdo vivo y sin nostalgia, este eterno retorno que es el país dogón.
Dice la leyenda que allá por Mopti, a orillas del lejano, anchuroso y tan azul Níger, dos hermanos salieron a explorar y se internaron en el desierto. Al tiempo, el menor estaba desfalleciendo de hambre, pero su hermano mayor lo conminó a que siguieran buscando una presa, cada uno por su lado. Entonces se ocultó para cortarse una rebanada de muslo, la asó y se la ofreció a su hermano. Cuando el menor se percató del sacrificio optó por alejarse y llegó al farallón. Así nació el pueblo dogón, apartado para siempre por el tabú de la antropofagia de lo que serían los bozo, descendientes del hermano mayor.
Esta es una explicación para señalar por qué un pueblo altivo y majestuoso eligió tan inhóspito sitio para radicarse. La otra, histórica, dice que alrededor siglo XII, huyendo de la penetración islámica, los dogón se refugiaron allí donde no podían ser alcanzados. Aún hoy (¿será que podemos decir hoy en este tiempo hecho de roca?), mientras caminamos al pie del acantilado de Bandiagara, nos cuesta descubrir algunas de las aldeas, que van apareciendo lentamente, como develando un secreto que se enquista aún más arriba, en otras construcciones engarzadas en la roca.
El farallón tiene en partes trescientos metros de caída, y al borde de precipicios altísimos, una civilización ignota, los tellem, "los que estuvieron antes", construyeron sus graneros y sus habitaciones de barro y piedra, de muy baja altura. Por eso dicen los dogón que los tellem era pigmeos. Aquéllos usurparon el territorio de éstos, y los más animistas usan algunas de las cuevas tellem como sepultura, izando los cuerpos con sogas.
En esto de las cosmogonías también hay aquí capas superpuestas. Huyeron del islam para preservar sus creencias animistas, pero el islam los alcanzó, y muchos lo adoptaron a su manera, construyendo las más bellas y orgánicas mezquitas que la imaginación pueda crear, un híbrido entre los castillos del Señor y los de las termitas.
Nuestro itinerario fue previsible en un comienzo: vuelo de Dakar a Bámako, capital de Mali, y coche hasta Bandiagara, la pequeña ciudad cabecera del farallón que lleva su nombre. La aventura empieza sobre la meseta, en Sanga, pueblo casi íntegramente construido con la amalgama de tierras y madera llamada "banco", casas como esculturas cúbicas de barro cocido y graneros cónicos con techitos de paja, como sombreros. Los porteadores se han adelantado. Nuestro grupo de cuatro amigos y Alí, el guía, emprende la asombrosa marcha, la entrada en el mundo de los gri-gris, de la magia que se nos presenta un kilómetro después, al cruzar la gran cueva de Bongo, donde la venta de objetos rituales prenuncia otras ceremonias.
La bajada. Nada me ha preparado para ese abrupto descenso por un desfiladero de afiladas rocas, sencillo camino de ascenso para las mujeres que nos cruzan cargadas de telas plegadas sobre la cabeza, paños teñidos con el irreemplazable índigo de la zona. Por fin, la imponente pared de piedra se abre para abrazar la aldea de Gogolí, de extraña belleza atemporal, donde el pintor catalán Miquel Barceló ha construido su casa. Y más abajo, pero aún dominando el paisaje del llano, aparece Banani. Cómo me gustaría quedarme en Banani, en su pequeño hotel con flores, con verdaderas habitaciones y baños, y hasta algo de electricidad y esas urbanidades que se irán perdiendo a medida que avancemos por las huellas de arena y piedra.
Cultura milenaria
Al pie del farallón, la primera noche caminamos a la luz de la luna hasta la aldea de Irelli, donde estrenamos la costumbre local de dormir al aire libre, sobre el techo aterrazado de alguna choza, y de bañarnos con medio balde de agua y un tachito.
Andando de una aldea a otra me asombra la pulcritud absoluta, y la dignidad de una pobreza que es un estilo de vida. Y me duele recordar mi propio país. Un poco por paisaje y un poco por la cortesía de su gente, la región se parece a nuestro chaco salteño. Pero en este mundo no se ve la miseria, ni el hambre, a pesar de las exiguas extensiones de tierra cultivable.
Aquí la cultura ancestral sigue viva. Vamos descubriendo las máscaras que más tarde veremos bailar en el pueblo de Bankass, la fosa de los cocodrilos sagrados, las escaleras hechas de un solo tronco, las magníficas puertas de madera tallada, la escuelita de paja donde los niños aprenden a escribir en francés y a dibujar los enmascarados que encarnan los distintos espíritus de su cultura. Caminamos bajo los secos baobabs, esos árboles brujos que, según se cuenta, fueron arrancados de cuajo por el diablo, que después los arrojó desde lo alto; por eso ahora están con la copa enterrada y las raíces al cielo.
Así parece, al menos durante los meses de sequía. Vendrá la época de lluvias –de abril a noviembre– y los erizados baobabs se pondrán verdes, darán sombra y frutos como pan de pulpa dulce. Por ahora, los frutos resecos sólo sirven para hacer maracas y la corteza, sogas. Las hojas ya se han convertido en esa salsa verde oscuro, babosa, especial para condimentar la pasta de mijo que es el principal alimento de la zona. Nosotros preferimos el cuscús con salsa de tomate, que a veces tiene presas de pollo flaco y otras –más auspiciosas–, trozos de zapallito y berenjena. Y mucha cebolla, porque la cebolla parece ser el monocultivo en los escasos parches fértiles donde los hombres riegan a mano. Las mujeres transportan el agua desde el pozo, en ollas o en grandes calabazas que mantienen sobre sus cabezas mientras llevan la leña entre los brazos y el hijito amarrado a la espalda. No por eso ríen menos, o dejan de bailar en ronda al son de campanillas, tam-tams y la ocasional kora, ese extraño instrumento de cuerda que contribuye a que la música de Mali sea de las más apreciadas del Africa.
Todo es ritmo en este país de mito: lo hacen las mujeres cuando muelen el mijo en los altos morteros de madera, lo hace hasta el niño que maneja los fuelles del herrero, personaje crucial por estas tierras, mezcla de hombre sabio, amo de las máscaras y temido hechicero.
Los niños son un capítulo aparte, y no sabría medir los kilómetros que caminamos con algunos de ellos de la mano. Se acercan para pedir Bic o bonbon. Biromes les damos –llevamos cantidades–, pero retaceamos los caramelos por el problema de las caries. Los niños no se descorazonan: quieren guiarnos por su mundo, del que están orgullosos con justa razón; no importan las privaciones y carencias: importa el haber podido conservar intacta su idiosincrasia. Pienso en el pequeño Kledó é Dolo, que me llevó por las retorcidas callejuelas de la bella aldea de Endé para ir mostrándome las telas bogolan. Pintadas con tierra y con dibujos de la pura geometría, los bogolan cuentan historias sustanciosas. Tal como me gustaría contar ahora mis días en ese territorio de sueñera y de barro que es –y Borges no llegó a saberlo– el país dogón.
Para saber más:
www.danheller.com/malidogon.html
www.moxon.net/mali/dogon_country.html





