
Lograr una convivencia solidaria
Por Eduardo Tarnassi Para La Nación
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En alguna oportunidad nos hemos referido en esta columna al aliciente que significa para un perro viejo la presencia de un congénere más joven a su lado.
También para los amos es importante un cachorro. Sin duda su presencia, además de las alegrías que ofrece en el presente, servirá para mitigar el dolor que se generará cuando, inevitablemente, el mayor deje este mundo.
A causa de la pregunta de un lector, trataremos el tema de los inconvenientes que pueden producirse en una relación con estas características.
De esta manera, los dueños sabrán cómo actuar para evitar ciertas conductas que, si bien entre los pichichus son normales, a los humanos pueden resultarnos definitivamente injustas.
¿Por qué la adquisición de un cachorro, cuando ya se tiene un perro adulto, resulta ser un incentivo físico y psicológico para este último?
En primer lugar, porque el perrito lo obligará a poner sus músculos en movimiento. Querrá jugar con él, aunque esa actividad probablemente ya no esté en los planes del más viejo.
En segundo término, reavivará el sentido de dominación del veterano, porque tendrá frente a sí a quien dominar y subordinar. Situación similar a la que se produciría en la vida en libertad.
Sin embargo, esta relación entre dominante y dominado sólo durará mientras el primero mantenga sus sentidos intactos.
Con el tiempo, sus capacidades irán deteriorándose. Decaerá su tonicidad muscular, lentamente se reducirá la capacidad visual y, probablemente, el sentido de la audición entrará en un camino descendente.
A medida que avanza en edad, el perro dominante irá perdiendo tal condición frente a la vitalidad y juventud de su compañero. Llegará el momento en que el joven le disputará el cetro.
Sin embargo, es importante saber que esa manifestación de fuerza, absolutamente normal entre seres irracionales, tiene una causa de origen.
Si se tratara de animales salvajes, sólo los más aptos físicamente estarían en condiciones de sobrevivir.
Ahora bien, ¿cómo se demostrará el cambio de liderazgo?
En la mayoría de las oportunidades, a través de actos violentos.
Serán conductas claramente perceptibles por los humanos, ya que la antigua mascota de la casa cederá terreno frente al ímpetu del intruso .
El pequeño le disputará la comida, el lugar para dormir, la llegada en primer lugar a la puerta para salir a pasear... Estas actitudes terminarán convirtiendo al perro adulto en el dominado.
Esa conducta es inevitable porque se produce instintivamente.
Por eso, el amo deberá fijar los límites para que no se produzcan abusos .
Defenderá al más débil aunque, en rigor, éste nunca podrá recuperar su puesto.
No obstante, como el que fija las reglas del juego es el amo, el animal más joven dejará de importunar al más viejo.
Sabrá que ante su dueño, nunca será el que domina.
Si estas reglas están claramente estipuladas, la concordia entre ambos canes podrá restablecerse.
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