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En tiempos de precuelas y de infancias de personajes fílmicos cuyos argumentos rastrillan lo yermo y ni levantan polvo, la literatura es refugio y alimento para los que disfrutan de las historias que se desgranan por entregas. Por ahí forman fila los fanáticos de Salinger, inventor de la disidente familia Glass; los lectores voraces de detectives implacables; los reivindicadores del Erdosain de nuestro revulsivo Arlt y, ahora, en esta línea, van llegando los seguidores de Diego Meret (Buenos Aires, 1977), quien con la reciente edición de El niño bobo (Peces de Ciudad) y también de El podrido (Indómita Luz) entra en esa lista –bastante más extensa– de escritores y escritoras que fundan mundos personalísimos, que nunca se colman ni se repiten sino que se expanden, desvían y bifurcan.
"Estuve muchos días pensando sin parar en las palabras coger y culiar. Era una preocupación nueva, pero que nacía para quedarse. La veía a Eleonora en los recreos y estaba cada día más linda. [...] Pero nunca imaginé que cogíamos o culiábamos, y eso que lo intenté muchas veces. Todavía no me pasaba eso". El niño bobo está protagonizado por un chico del conurbano oeste, que empieza a entrar en la adolescencia con ciertos hitos brutales, y otros de iniciación sensual y de sentido ético. Todo borroso aún como para clasificarlos: se dan indistinguibles para este muchachito de 10 años, ya que cualquiera sea el punto de enunciación (cerca o bien lejos de los eventos narrados) la primera persona que narra ofrece un pasado que conserva la sorpresa del descubrimiento, del no entender qué estaba pasando. Vuelve a ese estado impreciso, entre el saber y no saber, saber y no tener las palabras para decirlo, salvo a partir de rodeos metafóricos.

Por eso, en la textura de las escenas difícilmente encontremos frases asertivas o sentenciosas: nada de solemnidad ni de indulgencia o heroísmo en retrospectiva. Al contrario, la lectura de El humor está presente en toda la obra de Meret, es la ligereza con la que puede trabajar lo violento y lo infame de algunos sucesos. Sin afectaciones sino con la ambivalencia y el descaro iconoclasista de la comedia.

"A los pocos días, Michael Jackson apareció con Yael por el barrio. Yo estaba solo, sentado en la vereda del baldío y haciendo rebotar una pelotita de goma. Iban de la mano. Yael llevaba colgando un bolso rojo. Michael Jackson me dijo que se unía a La Sociedad. A qué Sociedad, le pregunté. A la nuestra: tu voz, las ideas y la guita". Novela de aventuras, novela de crecimiento en la que la educación sentimental se imparte en el baldío –y sus tesoros, como las pilas de revistas porno desechadas–, el callejeo, la observación de los seres marginales de los barrios, el devenir desclasado como experiencia de aprendizaje antiintelectual y como potencia que subraya la amistad y los afectos. Tanto Hernán como Michael Jackson, que aparecían remotos en alguna de las rememoraciones de En la pausa (Mansalva, 2009), aquí están a la par del protagonista, zigzagueando no siempre con gozo, en la intemperie. Son los descentrados, los feos, los sucios y "malos" que amenazan la meritocrática normalidad. Pero a no confundir con cierta literatura costumbrista. Sus personajes están más cerca de los zanni –criados– de la Commedia dell’Arte que de un realismo de clisés generacionales. Tanto los crotos de la saga litoralense -La ira del curupí (Mansalva, 2012) que ahora retornan en El podrido, editado en mayo de este año– como esta bandita preadolescente mueven relatos dislocados, inventivos, veloces, que se entregan a las peripecias con la lira del vagabundo.
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