
La salud de nuestros mitos
En Historia Clínica, el doctor Daniel López Rosetti aborda los avatares de grandes personajes desde la medicina. De San Martín a Borges, de Napoleón a Alfonsín, aquí adelantamos extractos del trabajo que en los próximos días editará Planeta
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San Martín
Era el general San Martín adicto al opio? (...) No concierne aquí si el paciente consumió opio en forma repetida y en consecuencia se presume una adicción ni se debe adoptar intencionalmente la posición contraria: importa la evaluación objetiva de las condiciones clínicas del paciente.
Sabemos al menos dos cosas con certeza. La primera de ellas es que el paciente presentaba dolores reumáticos frecuentes y en ocasiones "ataques" o "crisis" de dolor; asimismo, y como veremos más adelante, padecía intensos dolores gastrointestinales y crisis asmáticas. La segunda es que San Martín consumía opio; entre otras fuentes, el general Mitre afirmó que San Martín "abusaba del opio", aseveración a la que suscribieron el general Guido y el biógrafo chileno Benjamín Vicuña Mackenna -quienes agregaron que el médico Juan Isidro Zapata sobremedicaba a San Martín con dicha droga-, y también está documentado que el médico estadounidense Guillermo Colsberry le indicó opio para aliviar sus dolores.
Borges
La disminución de la visión obliga a cambios adaptativos en cualquier persona. En Borges podemos citar dos que resultaron evidentes en relación a su quehacer como escritor. Por un lado, y desde niño, fue achicando su letra, que se hizo cada vez más pequeña y abigarrada. Asimismo, aproximadamente a sus 55 años de edad, cambia su "sistema" de escritura. Borges comienza a utilizar la métrica literaria del soneto. Esta forma poética consta de 14 versos endecasílabos que comparten las mismas rimas. Así, a Borges, con ayuda de su excelente memoria, le resultaba fácil retener los poemas: los resolvía en su cabeza antes de dictarlo. No escribía y en consecuencia no podía corregir en el papel. Usaba la memoria para corregir en su mente y luego dictaba lo que creaba. Sin temor a exagerar, una conferencia de Borges se podía transcribir literalmente sin correcciones. No se puede desvincular la ceguera de su ser. Él mismo recordó la sentencia socrática: "¿Quién puede conocerse más que un ciego?" Ese conocimiento obligado de sí mismo que la ceguera impuso, probablemente impulsó aún más creaciones. En todo caso no podría desvincularse la ceguera de su condición de vida. Hace recordar a la paradoja de otro genio, que perdió la audición y sordo compuso la Novena Sinfonía. Beethoven también perdió lentamente su audición y en ese mundo sin sonidos componía música. ¡Paradoja del destino que dejó a Borges ciego y a Beethoven sin oído! En definitiva, no podemos desvincular la ceguera de quien la padece. Y en este caso en forma lenta, progresiva e inexorable.
Alfonsín
Quien ya como presidente de la Nación creara la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP), era un paciente que alternaba entre el sobrepeso y la obesidad. Esto, claro está, es lo que llamamos un "factor de riesgo", ya que el sobrepeso y más aún la obesidad es una condición que favorece el desarrollo de las enfermedades cardiovasculares. El paciente era de buen comer, es más, era un extraordinario gourmet que recordaba las comidas y con quién las había compartido. También es cierto que comía cuanto le ponían delante. Le gustaban las pastas, el asado y "la picada con buen vino", éste, de ser posible, Rutini. Picada y amigos era la combinación perfecta para Alfonsín. En sus numerosos viajes de militancia política a lo largo y ancho de todo el país, cuando llegaba a algún lugar -sea un pequeño pueblo o una ciudad- era esperado con una buena picada. Al momento del postre, de ser posible prefería un helado de sambayón.
El paciente presentaba una hernia hiatal. Esta situación producía reflujo del estómago al esófago, generando molestias con alguna frecuencia. Las digestiones lentas o "pesadas" eran combatidas por digestivos habituales del tipo Hepatalgina o Bagohepat, que el paciente tomaba por cuenta propia luego de cenas "cargadas". Hay versiones que dicen que fumaba desde los 12 años y otras indican que desde los 17. Lo cierto es que habitualmente fumaba entre uno y dos atados diarios (20 cigarrillos por paquete) de la marca Colorado. No fumaba cigarros ni pipa. Dejó de fumar aproximadamente a los 50 años. Pero para entonces ya había fumado mucho. Los efectos dañinos del tabaco se harían sentir con el tiempo tanto en el sistema cardiovascular como, particularmente, en los pulmones. Sobre el motivo por el cual dejó de fumar hay varias versiones. Algunos lo acreditan a algún susto por su salud. Sin embargo, la versión más confiable dice que un día simplemente dejó de fumar. Parece que fue en el restaurante Del Plata, que estaba ubicado en la calle Rodríguez Peña entre Marcelo T. de Alvear y avenida Santa Fe. Alfonsín, luego de la cena y antes de la medianoche, dijo "dénme un cigarrillo que es el último" y desde entonces no fumó más. Comer, fumar y tomar café es una asociación frecuente en los políticos, que por naturaleza son pacientes que "viven" en campaña. Mala alimentación y falta de ejercicio físico es la norma entre los políticos, aunque en la actualidad haya excepciones, particularmente extrema en el caso de algunos que practican deportes de manera obsesiva. De joven, Alfonsín practicó algo de actividad física y deportiva en su Chascomús natal: fútbol -no era muy diestro según sus amigos-, paleta, ping pong y, sobre todo, natación.
Napoleón
La bibliografía con la que contamos nos obliga a pensar en la hipótesis del envenenamiento, en la del asesinato. Durante los últimos años en cautiverio, Napoleón presentó cambios físicos notables. Era evidente un aumento de peso: su perímetro de cintura había aumentado por acumulación de grasa y, según sus propias palabras, sus tobillos estaban hinchados. El "General Bonaparte", único modo en que los ingleses permitían que se presentara, había cambiado de aspecto físico. A los 50 años, Napoleón lucía viejo y desmejorado. Sus costumbres eran otras. Como siempre se levantaba con la salida del sol, pero ahora para atender su jardín, que cuidaba con esmero y con la ayuda de algunos criados y cuatro jardineros chinos que estaban a su servicio en la casa de Longwood. La discusión sobre la posibilidad de envenenamiento no es nueva. Es más, esta creencia nace de la propia opinión de Napoleón, que siempre pensó que los ingleses querían asesinarlo por envenenamiento. Antes de su muerte, Napoleón realizó dos peticiones. Una era que se le realizase una autopsia. Temía que el cáncer gástrico que había matado a su padre a la edad de 39 años fuera hereditario y entonces pudieran padecerlo él y su hijo, Napoleón Francisco Bonaparte. Su segunda voluntad fue que mechones de sus cabellos fueran distribuidos entre sus familiares, una costumbre común entre los franceses de la época.






