
Pasaron treinta años hasta que una idea en la mente de Clorindo Testa se convirtió en la Biblioteca Nacional, ícono arquitectónico de Buenos Aires. Genio vanguardista, ejecución colectiva y presupuesto estatal
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Solo cuando tiene la imagen en la cabeza –un animal de hormigón armado con sus cuatro patas sobre el pasto–, Clorindo Testa empieza a dibujar. Es una imagen nacida de un cerebro artístico, que ahora ataca el papel con trazos blandos, pero también de una mente racional: esa estructura soluciona los problemas fundamentales que plantean las bases del concurso para el nuevo edificio de la Biblioteca Nacional. Es 1961. Es el paréntesis democrático y desarrollista de la presidencia de Arturo Frondizi, cuyo gobierno decidió demoler la ex residencia presidencial, en la que había muerto Eva Perón, y destinar ese terreno, sobre Libertador entre Austria y Agüero, al nuevo edificio. En México 564, donde funciona la biblioteca desde 1901, los libros se enferman de humedad. Los arquitectos que se presenten a concurso deberán resolver el problema de los depósitos –necesitan estar a salvo de filtraciones solares y otros peligros para el papel y necesitan ser expandibles porque el número de libros siempre crece– y el del espacio público –hay que dejar el mayor espacio de terreno posible libre y tiene que haber espacios abiertos–. De esas condiciones apretadas surge el momento Eureka de Clorindo Testa: decide invertir el esquema tradicional de las bibliotecas y poner los depósitos abajo y las salas de lectura arriba. Se entusiasma; exagera esa idea. En el subsuelo, depósitos expandibles; en el suelo, una plaza con rampas y desniveles y la visibilidad abierta desde Agüero hasta Austria; en el cielo, salas de lectura con vista al Río de la Plata, desde la altura equivalente a un octavo piso.

Algunas fuerzas cooperaron entre sí para que treinta años más tarde, en 1992, ese edificio pasara de ser una idea abstracta a un monumento de la ciudad, una bestia brutalista –la expresión más extrema del movimiento moderno– integrada al paisaje como si siempre hubiera estado ahí. Primero, está la fuerza del genio inspirado. Clorindo Testa construía su vida sobre rutinas firmes –todos los días usaba traje gris, todas las mañanas tomaba café en el mismo lugar– mientras la procesión creativa, como artista plástico y como arquitecto, pasaba por dentro. "Era una persona sorprendente en sus decisiones. Cuando todo el mundo iba para un lado, él salía para el otro. Sus proyectos siempre tienen esa vuelta. Era un verdadero vanguardista", dice Francisco Liernur, arquitecto y ex decano de la Escuela de Arquitectura de la Universidad Torcuato Di Tella.
El genio de Testa conjugaba bien con el momento que atravesaba la arquitectura en el mundo. Desde la posguerra, el movimiento moderno –como el resto de los grandes sistemas de pensamiento del siglo XX– sufría una crisis de fundamentos. "Para muchos, la esperanza, la salida de la gran crisis, era el talento individual de los grandes creadores", dice Liernur. Entre esos "muchos" que confiaban en las ideas fulgurantes como el faro de luz de una arquitectura deprimida estaba Odilia Suárez, la arquitecta miembro del jurado que, probablemente, más haya influido en la decisión y que le dio el primer puesto a ese proyecto de ejecución complicada. En 1972, se firmó el primer contrato para la excavación del terreno. Fue una obra de dos décadas que, en palabras de Testa, que a la vez cita a Goethe, "siguió su ritmo lento, sin prisa y sin pausas, como una estrella".
Para trabajar en el cuerpo principal de la biblioteca –7.800 toneladas a veintisiete metros sobre el nivel del terreno–, hubo que levantar otro edificio, que después fue demolido. No era un proyecto particularmente sensible al uso de los recursos y, ahí, en la discusión permanente sobre el presupuesto, fue donde la obra sufrió altibajos. Cada cambio en la administración pública –desde Frondizi hasta Menem– implicaba un pequeño y burocrático comenzar de nuevo. La cicatriz más grande de esas pulseadas fue que no se construyeron los parasoles que Testa había diseñado para las salas de lectura –"imprescindibles desde el punto de vista de la luminosidad y el clima", dijo a la revista de la Sociedad Central de Arquitectos en 1992– y que fueron dados de baja en una licitación durante la presidencia de Galtieri.
Además del genio y la época, cooperó la fuerza del trabajo colectivo. Firmaron el proyecto junto a Testa los arquitectos Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga. Sus colaboradores, en la biblioteca y en otros proyectos, fueron los gestores silenciosos de las ideas ruidosas de Clorindo. "Te traía dibujos claros pero abstractos y vos tenías que volcarlos desde el punto de vista de la arquitectura", dice Jaime Grinberg, profesor asociado y titular de Arquitectura en la UBA, que trabajó con él en 1981. Para Testa, una idea inicial poderosa resolvería por sí misma los detalles; no hacía falta que Dios estuviera en ellos.
En esa forma de trabajar –el futuro en la mente, como una idea estética y funcional– esté quizás la clave del éxito de la Biblioteca Nacional. Para Liernur, "un proyecto es un buen proyecto cuando el que lo piensa es capaz de captar toda la vida que esa obra va a ser capaz de recoger: vos entrando un día; tu papá que debe haber entrado; el tipo que tuvo una reunión ahí; el día que llegaron los libros; los estudiantes del primario en una visita; la fiesta que organiza Horacio González; la gota de lluvia que pega contra la ventana. ¿Cómo hace alguien para tener todo eso en la cabeza?".
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