
JUDIOS Nada cambia para Dios
Viven entre nosotros, pero habitan otro tiempo, en el que imperan las mismas normas que los rigen desde Moisés. Hacerlas compatibles con el mundo actual no siempre es sencillo, pero desde hace milenios ellos están habituados a desafiar contradicciones
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Diez hombres. Flores de un solo pétalo debajo de sus kipás. La luz de la mañana lame sus mantos blancos. Un murmullo de gárgolas resbala por el templo. Llevan la manga izquierda arremangada, y en cada brazo izquierdo una tira de cuero se enrosca como una rama. Sobre la frente, un pequeño estuche. Parecen guerreros. Antiguos centuriones. Los puños mastican con fuerza la última curva de la tira de cuero, llamada tefilín. Es el minián, el rezo de la mañana. Diez hombres rezando al Dios que nunca desoye el bramar de diez judíos. Diez hombres que cierran los ojos y pronuncian el canto de amor, de obediencia, de gracias. De temor.
-Se habla de judíos ortodoxos y no ortodoxos, pero esa diferencia no nos gusta -dice el rabino Marcos Maraby en su sinagoga de Belgrano-. Se produjeron algunos movimientos que trataron de aggiornar la religión, pero eso sería como aceptar que la Ley puede mutar, y si algo puede mutar no es emanación de la Divinidad, sino del hombre. Podríamos hablar mejor de judíos observantes y no observantes; pero si mi abuelo viviera, no entendería de divisiones. Mantenemos nuestra tradición de modo que si hoy se levantara Moisés, podría decir: Sí, yo lo hacía igual.
Viven en un universo donde los gestos se repiten desde hace milenios. Corre en él el año 5759, y siguen confiando en la llegada del Mesías y la reconstrucción del Tercer Templo (el Muro de los Lamentos es el resto del segundo templo, destruido por los romanos; el primer templo fue destruido por los babilonios).
-Hoy en día hay un gran movimiento, que llamamos teshubá, de regreso a la religión -dice el rabino Abraham Aantebi, de Shuba Israel, un movimiento religioso cuyo fuerte es la educación-, y los protagonistas son sobre todo los jóvenes.
Ashem, lo llaman para no nombrarlo en vano. El Dios de Abraham, el de sabiduría infinita y motivos misteriosos. El que dio a Moisés en el Sinaí, hace 2448 años, las Tablas de la Ley y ofreció transformar al pueblo judío en un pueblo de elegidos.
-Elegidos para cumplir con los preceptos -dice el rabino Itjak Karo, de Jabad Lubavitch, una corriente dentro del judaísmo-, para dar el ejemplo. Por eso, el judaísmo no promueve las conversiones. Todo hombre que cumpla con los preceptos de no matar, no cometer adulterio, hacer justicia, no hacer sufrir a un animal, etcétera, es un hombre completo.
Se rigen por 613 preceptos -en hebreo, mitzvot (mitzvá en singular)-, de los cuales 365 se refieren a lo que está prohibido hacer y 248, a lo que se debe hacer obligatoriamente. Entre estos preceptos es tan importante no mencionar su nombre en vano como no vestir al mismo tiempo lino y lana, y no cobrar intereses en préstamos entre judíos. Des-de el trabajo hasta el sexo, desde el parto hasta la muerte, desde el alimento hasta los accidentes, todo está reglado sin un solo rincón para la duda, supervisado por tribunales de rabinos que despejan las dudas.
-No fuimos creados sino para servir a nuestro Creador.
El chico tiene 13 años y lleva un traje gris perlado. La manga izquierda del traje cuelga vacía, y le da el aire de un muñeco infantil. Sin embargo, Alan Ezequiel Terk, el tefilín por primera vez enredado en su brazo, su cabeza y su corazón, camina hacia el sitio del templo donde se guarda el rollo de la Torá, y con cada paso se hace hombre. Es su bar mitzvá, el día a partir del cual será reconocido por los demás hombres como un adulto a la hora del rezo y de la vida, que es decir lo mismo. Arriba, en el entrepiso que balconea sobre el templo, un puñado de mujeres tiembla, las cabezas cubiertas por sombreros, pañuelos y pelucas, los brazos escondidos hasta el codo y el cuello oculto. Las polleras largas y las medias obligadas. El recato, dicen. Esa otra forma del amor.
-El judaísmo no tiene nada en contra de la mujer -dice Miriam Bruckman, profesora de mujeres en el colegio José Caro-. La mujer tiene más espiritualidad. No usa kipá porque no necesita recordar permanentemente la presencia de algo superior, y no tiene que sellar ningún pacto al nacer, como el hombre con la circuncisión, porque la mujer nace con la unión espiritual con Dios. Pero se le exige más recato, y hoy en día el recato está mal visto. Tanto varones como mujeres hacen un colegio primario común, pero los varones siguen estudiando un curso superior para ser rabinos (llamado ieshibá) y las chicas, una orientación docente.
Recatada y bella, en el sitio de la sinagoga destinado a las mujeres recatadas, Tamara Terk, la madre del chico del bar mitzvá, se aferra a la reja de madera.
-Yo no era religiosa -dice Tamara, ojos celestes bailando entre lágrimas de fe-, pero Alan se enfermó y la religión me dio mucho. Mi marido, Alejandro, no es religioso, pero nos respeta. Ahora Alan va a dejar de ir a piletas mixtas, va a tomar un montón de responsabilidades, pero él lo quiere hacer.
Ahora, a los ojos de Dios, Alan es un hombre. Aunque parezca un chico de 13.
La fe judía es un trabajo. Un ejercicio casi muscular. Tres veces al día se reza -cuatro veces los sábados- y es obligación estudiar la Torá hasta el último día de la vida. Hay varios ayunos al año, algunos totales, 24 horas en las que no se puede comer, beber, bañarse ni tener relaciones sexuales. El rabino Tzví Grunblatt, máxima autoridad de Jabad Lubavitch Argentina, es un hombre suave y enorme. Jabad Lubavitch tiene como misión estar allí donde haya un judío necesitado de su religión.
-Los preceptos abarcan todos los aspectos de la existencia, porque Dios rige toda la existencia. Nuestra corriente, el jasidismo, pone el énfasis en la conducta del corazón y del alma, para que el hombre sirva a Dios con amor y alegría, no con miedo. Hay un cuento: una persona muy vieja carga una bolsa de cien kilos subiendo una ladera, cantando. Le preguntan cómo puede llevar ese peso cantando, y el hombre dice que está llevando piedras preciosas a su casa. La Torá es igual. El jasidismo hace hincapié en el estudio de lo místico, la cábala, porque hay que prepararse para la llegada del mesías. Nuestro líder mundial, el Rebe de Lubavitch, que murió hace cinco años, dijo que había que prepararse para la llegada...
Grunblatt levanta un dedo duro, largo. Convencido y convincente.
-... ¡inminente! del Mesías. Ahora Dios está oculto. Cuando llegue el Mesías, lo íntimo de Dios debe estar difundido en el mundo.
-¿Pero el Mesías puede llegar, digamos, mañana?
-¿Por qué no hoy? ¿ Por qué no ahora? Gabriel y Laura Amar viven en un departamento de la calle Estado de Israel, con un perro llamado Esteban y una biblioteca llena de libros de Cortázar y Girondo, que prefieren no leer. Eran escritores y vivían de los libros que Gabriel vendía por los bares de Corrientes. Gabriel fue hinduista, budista, mahometano, cristiano, afiliado a partidos de izquierda. Desde hace tres años, son observantes. Cuando Laura y Gabriel empezaron a cumplir los preceptos, ella abandonó su vestidos escotados y accedió a tapar su pelo rubio rizado con pelo rubio lacio de peluca. Y va a la mikve mensualmente, como toda mujer judía que se precie.
-La mikve... ni te cuento con qué ansiedad la esperás.
Mikve es el nombre que recibe el baño ritual de purificación, que realizan cada mañana los hombres (aunque no es obligación) y que obligatoriamente realizan las mujeres una vez por mes, siete días después de que termina su período menstrual. Este, junto a muchos otros, es uno de los preceptos de pureza familiar indicados por la Torá. Desde que comienza el período hasta el día en que se purifica en la mikve, la mujer no puede tener ningún tipo de contacto físico con su marido. Durante doce días, no hay caricias, ni besos, ni cama compartida.
-Lo que más me cuesta es que no te podés dar un abrazo ni un beso, y a veces estás bajoneada -se pone trompuda Laura.
La mikve consiste en cuartos de baño individuales donde primero la mujer se lava en una bañera común, para que ni un nudo en el pelo ni la más mínima cascarita impidan el contacto total con el agua de la mikve (que debe ser agua de lluvia o manantial o estar en contacto con ella). Después, vuelve a ser pura. Una novia.
-Ser judío es como haber estado en una isla -dice Gabriel en su terraza, un oasis en medio de la manzana-, y de repente me vienen a contar que heredé el paquete de acciones mayoritario de General Electric. ¿Y qué voy a decir? ¿Que no? Pero me hincha. Me pesa que hace 40 grados de calor y tengo que usar el talit de lana, y dormir con eso. Y yo vivía desnudo... Un pilar de la fe judía. Eso dicen que es el Shabat. El séptimo día de la semana. Shabat se mece en el fondo del alma judía como una flor en fuente profunda. Empieza veinte minutos antes del atardecer del viernes y no termina hasta que el sol se esconde al día siguiente. Shabat es un día en el que no se puede trabajar, ni crear, ni encender las luces o el fuego, ni regar las plantas, trasladar dinero, llaves o cualquier objeto en los bolsillos, ni viajar. Ni usar aparatos eléctricos, cocinar, comprar, vender, limpiar, ir al cine. Hablar por teléfono.
Hoy es Shabat en la casa de Shulamit Karo. Shulamit tiene una belleza plácida. Usa peluca con trencitas y cuatro hijos se le arremolinan por las polleras. Como en casi todas las casas judías, en ésta hay dos cocinas, una para carne y otra para leche. Dos vajillas, dos juegos de repasadores...
-No podemos mezclar carne con leche, no es kasher, no está permitido. Hay muchas cosas que no podemos hacer. No podemos mostrar el pelo porque cuando una se casa la presencia de Dios se posa en el pelo de la mujer y hay que cubrirse por recato.
Shulamit tiene veintipico. Mientras pela remolachas, vestida de fiesta, dice que a veces le parece vivir en un mundo aparte.
-¡Ay! -dice-, a veces me parece vivir en un mundo aparte. Una señora me contaba que en la televisión había una chica di-ciendo que salía con el novio de la madre.
La televisión gira en un universo que para ella bien podría ser Alfa del Centauro. En el universo Shulamit entran sus hijos, sus padres, Dios, el templo. Y el rabino Itjak Karo, su marido de 27 años, rubio y de barba larga. Itjak fuma. Resabios, quizá, de la época en que fue progresista, cristiano, sionista, socialista y comunista, hasta que se topó con Jabad Lubavitch. Y con Shulamit.
-Para este complejo aparato que somos hay un manual de instrucciones, que es la Torá y los preceptos -dice Itjak, convenci-do-. Esto no lo decidió una persona, es algo divino, eterno, no va a cambiar. Hay que abrir los ojos a un mundo que la razón te dice que no existe. Para qué va a haber milagros si no creés. Y por otro lado, qué tal si hay milagros... y vos descreés.
La mesa de Shabat está puesta. Itjak dice las bendiciones del pan y del vino, cuando desde el baño llega el ruido terrenal de un chorro de agua. Mendo, el hijo menor, corre y vuelve con la noticia de que de la pared brota lluvia.
-Se pinchó un caño -anuncia Itjak, sin un ápice de emoción. Pocos hombres tendrían el coraje de creer como cree Itjak, nadando con fe de metal en un mar sin orillas.
-Llamar por teléfono a un plomero... ¡huy!... eso sí que está reprohibido -se pone serio Mendo.
-¿Y si se inunda?
-Y... hay que tratar de que no se inunde. Si fuera fuego sería más peligroso -se resigna Shu-lamit.
Mendo corre hacia el baño, con un trapo de piso en la mano.
-¡No, Mendo! -grita Itjak.
-¿Por qué no? -dice Mendo-. No está prohibido secar.
-Sí, pero a lo mejor estrujás. Y estrujar no se puede.
La Torá, para ponerlo claro, es el Pentateuco. Los cinco primeros libros de la Biblia, que tiene en total 24 libros sagrados. Y el Talmud es la explicación -que fue oral y luego se puso por escrito- de la Torá. Sin la interpretación, pocos entenderían lo que quiso decir aquel Dios en la montaña. El Talmud contiene interpretaciones de un puñado de sabios de la mejor cepa.
-Lo nuestro no es tradición -dice el rabino Daniel Oppenheimer-. Es Ley. Y la Ley es algo que hay que obedecer.
Oppenheimer es el director del colegio José Caro. En un rincón de su despacho revuelto hay una foto de su padre, que también fue rabino. La sensación de exilio, dice, es inherente a los judíos.
-El destino de los judíos es volver a habitar en su patria espiritual, Israel. En la Biblia consta que uno de los castigos va a ser el destierro. El judío puede mirar esto desde dos ángulos: como si la culpa la tuviera el afuera, llámese Hitler o el que puso la bomba en la embajada, o mirarlo desde este otro punto de vista. Para nosotros la verdad completa es que nos ocurren esas cosas por nuestra falta con Dios, que exige mucho más de lo que hacemos. Tenemos una responsabilidad colectiva hacia Dios, que no estamos obedeciendo. Esa es la raíz de nuestro exilio.
En la casa en la que vive con su mujer y sus once hijos ("está bien visto tener todos los hijos que mande Dios", dice Daniel, de poco más de 30 años) no hay televisión, nadie va al cine, salvo honrosas excepciones. Su familia no veranea en playas. En verano se corren hasta alguna quintita de la comunidad con convenientes piscinas cubiertas y horarios separados para hombres y mujeres. Porque la infidelidad es un jugo oscuro del infierno que hay que prevenir, duela lo que duela.
Mani Preter tiene 11 meses y está sentado en su sillita de bebe, mirando un video en el que el Rebe habla con voz ronca y cortada. Mani abre la boquita corazón y escucha, atento. Su mamá, Mariela Preter, es una mujer de pelo encendido, y su papá, Marcelo, un hombre joven de barba prolija, que se apura para hacer el rezo de la mañana antes de correr a su trabajo en el Ministerio de Economía. Mariela y Marcelo se casaron hace más de un año, después de noviar durante siete. No eran religiosos. En el judaísmo observante, las parejas suelen formarse por presentaciones. Los padres averiguan posibles candidatos para la nena, o los amigos avisan. Los noviazgos suelen ser cortos como un relámpago: de tres a seis meses. La razón es simple: durante el noviazgo no puede haber ningún tipo de contacto físico. Besos en la mejilla son osadas actividades que se reservan para el matrimonio. Marcelo y Mariela Preter llevaban cinco años a los besos cuando empezaron a ser religiosos. Entonces, con la fecha de casamiento, se impusieron cinco meses de noviazgo seco.
-Fue lindísimo -se arroba Mariela que no usa peluca, pero advierte que son estrictos con el kasher (alimentos permitidos) y dan mucho dinero en caridad, que junto con el diezmo es otra de las obligaciones de un buen judío. Si no afecta de manera angustiante a la canasta familiar, deben dar un 10% de su sueldo como diezmo y no más de un 20% de caridad.
-Es muy lindo cuando volvés de la mikve. Marcelo me espera a veces con una cena especial, o un regalito, porque esa noche seguro tenés relaciones con tu esposo. Mientras te dura el período no deberías dormir en la misma cama. Entonces se opta por tener camas separadas siempre.
-¿Tenés que ser recatada también con tu marido en la intimidad?
-Dicen que uno nunca está solo, que siempre está Dios. Si estás con tu marido te tenés que cubrir con una sábana, pero no ese mito ridículo de la sábana en el medio, al contrario, tienen que estar las luces apagadas, pero tiene que estar el cuerpo desnudo, no puede haber ni una remerita, nada que los separe. Por otro lado, no puedo tocar a otro hombre que no sea mi marido, salvo mi papá, abuelo, hijo o nieto. Los varones igual. Mi marido no puede darle un beso a otra mujer que no sea yo, ni la mano. Las nenas desde los 3 años no pueden tener contacto y los nenes desde los 9. Por eso mi hermana, que adora a mi nene, dice: ¡Ay!, lo beso ahora porque después no voy a poder.
Dov Kremer es médico. No es común encontrar entre personas religiosas profesiones tan mundanas, porque se incentiva casi exclusivamente el estudio de la Torá, pero Dov Kremer se trajo la profesión de antes, de Córdoba, donde vivía con su esposa Rivka hasta que la vida se le complicó cuando decidió hacerse observante y buscó trabajo: los exámenes para residencias en hospitales públicos se hacían los sábados.
Dov consulta cualquier caso académicamente difícil con un rabino especializado.
-Uno siempre tiene un rabino de cabecera, que se hace responsable por lo que uno hace. Aborto, fertilización, todo hay que consultarlo con el rabino.
Dov y Rivka no eran religiosos, pero empezaron a cumplir con los preceptos y terminaron casándose en una fiesta con comida kasher y mesas separadas para mujeres y hombres.
-Todo apunta a un refinamiento espiritual -se ilusiona Dov-, aunque cuando estoy cansado, después de 24 horas de guardia, y abro el tupper y la comida está helada, tener refinamiento espiritual es difícil. Están por irse de vacaciones y calcularon todo: estar cerca de una sinagoga en Shabat, llevar comida suficiente para el camino, y la leche, el pan, las cacerolas, los vasos, los cubiertos y los caramelos para los chicos por un período de veinte días. Pero sus nenes nunca se encaprichan en los quioscos. Nacieron en un mundo donde los hombres y las mujeres no comparten piletas de natación ni bailan juntos. Un mundo en el que en los quioscos, más que golosinas, hay cosas kasher y cosas prohibidas. De los costados de la camisa de Dov penden hilos.
-Son los tzit tzit. Debajo de la ropa llevamos una prenda, talit, que es el manto sagrado, como un ponchito de lana, y según la Torá, toda prenda de cuatro puntas debe ser usada con tzit tzit, que tienen 8 hilos y cinco nudos en cada esquina, y sumados al valor numérico de la palabra, da 613. Es para recordar que siempre tenemos que tener presentes los preceptos. El cabello largo sobre las sienes -peots- lo llevamos porque no hay que rasurar los extremos de la cara, y la barba es la expresión de la piedad divina.
El alma. Un hermoso huso de diamante que siempre puede ser más agudo, más limpio. Más preciso. Hasta que duela.
La religión nació con el pacto. Y el pacto nació con la religión. Un hombre de ojos azules, con bata de médico y kipá, se inclina sobre un bebe de ocho días en un salón sacudido por aires de cumpleaños. El hombre es mohel (literalmente, circuncidador) y se llama David Katche. Aprendió el oficio de su suegro y circuncidó a todos sus hijos. El bebe brilla dentro de su trajecito. Las mujeres van vestidas con un gusto de carroza. Angustiadas, se refriegan las manos y el pechito. -A mí me duele el pecho de pensar en el dolor del nene -dice una.
-No -dice una peluca rubia hasta las cumbres-. Este hombre tiene magia en las manos.
Un hombre sostiene al bebe sobre un almohadón forrado de telas blancas. En la mesa, David ha distribuido un cepillito, un aerosol, un bisturí, un aparato para sostener la piel, un spray, un chupete, un vaso con vino. Entonces, el mohel hace lo suyo y el niño sangra. Podría no sangrar, pero si no hay sangre, el pacto no se cumple. El nene chilla. Apenas. El rabino Oppenheimer bendice el vino y anuncia que el nombre de la criatura es Jonathan Moisés. Le ofrecen el chupete mojado en vino, y la estrella de la fiesta estira la trompa y chupa como nunca antes. Se queda dormido, tieso.
David es pulcro. Aséptico. Los oficios de mohel, shojet (persona encargada del faenamiento ritual de los animales) y sofer (encargado de escribir los manuscritos sagrados) sólo pueden ser ejercidos por personas con comportamiento moral.
-El primero en hacerse el brit milá (circuncisión) fue Abraham, en 1948, a los 99 años -dice David en su casa- . Y después de hacérselo él, le hizo el brit a 248 personas más. Si se quita un solo milímetro de piel de más o de menos, el precepto queda invalidado. Si no se derrama sangre, o si la persona que hace la circuncisión no es a su vez circuncisa, el precepto tampoco se cumple.
Al nene no le duele, dice. Se indigna porque en Bolivia están vendiendo unos aparatitos que prensan la piel para que el prepucio caiga solo, después de algunos días de falta de irrigación. Pero, aclara, eso es igual a nada. El hágalo usted mismo no se lleva bien con 5000 años de historia.
Jeniffer y Tali, de 15 y 16 años, no saben demasiado de las cosas del matrimonio. Ni quieren saber. Ahí están las dos, mil grados bajo un sol de fines de enero, camisas hasta las muñecas, polleras largas, zapatillas, medias. A ninguna se le ocurre ir a un bar, a un recital de rock. O tener novio ("para qué, si somos chicas para casarnos"). Tali, cuando ve cómo se visten las chicas para ir a bailar, piensa: "Pobres señoras".
-Me gustaría ser médica -dice, ojazos que dan asma-. Pero son muchos años, y al final no voy a ejercer, porque quisiera casarme joven, dedicarme a mis hijos, como mi mamá.
A Tali le cuesta más no comer chocolate que usar pollera larga o no estudiar una carrera. Jeniffer hizo una publicidad de avena Quaker a los 8 años. Tiene todo el tipo Quaker: rubia, grandota, saludable, ojos celestes redondos. A veces le da pena no poder seguir en la tele ni estudiar canto, porque las mujeres mayores de 12 años no pueden cantar ni bailar en público.
-Quiero ser una buena judía. La gente dice: Pobre, no come jamón. Para mí no existe eso. La gente es esclava de la moda. Yo prefiero mil veces ser esclava de Dios.
Dicen que pasa poco, y más bien todo lo contrario, pero cada tanto sucede que un joven judío decide irse del redil.
-Seguro que no se les hace fácil -dice Miriam Bruckman, riéndose porque sabe lo que dice-. Si tengo una hija, la crío por este camino que creo correcto, y de repente, Dios libre, se me hace comunista... me mata. Soy una madre. Construí esto. ¿Qué vas a hacer? ¿Le decís: bueno, que Dios te bendiga? ¿Querés ser budista, andá al Tíbet? No. La voy a matar. La voy a enterrar. ¡Qué te crees, que la voy a largar a mi nena!
El rabino Pini Baungarten está sin zapatos. Roza el piso con medias pulcras y blancas porque desde las 6 de la mañana hasta después de mediodía se pasa la vida metido en botas de goma, entre ríos de sangre y vísceras, en los mataderos donde oficia de shojet. Matarife. Encargado de matar animales como Dios manda, literalmente.
-La Torá dice que no cocinarás al cabrito en la leche de su propia madre -se repantiga en su silla, se acaricia la panza-, y esa puede ser una de las razones de la separación de carne y leche, pero el kasher es uno de los preceptos que son decretos. No lo entendemos, no importa, hay que hacerlo porque Dios dice. Para matar al animal, el cuchillo tiene que ser más filoso que la navaja, el filo tiene que ser como seda natural, para matar de un solo tajo. La persona que ejerce este trabajo tiene que ser temerosa de Dios porque nosotros creemos en la reencarnación. Hay almas que se van del cuerpo y por su comportamiento no tienen méritos ni siquiera para llegar al tribunal de arriba y se reencarnan en otros seres. Puede ser animal, un vaso de agua, una planta. El shojet al decir la bendición, si es que una de estas almas ha reencarnado en el animal, hace que el alma tenga su rectificación a través de este servicio y llegue donde tiene que llegar.
Y cuenta la historia del rabino en Hungría, que soñó un toro. El toro le pedía ser faenado para poder elevarse. Al día siguiente, un toro gigantesco escapó del matadero, y el rabino fue a buscarlo con su modesto cuchillo. Al verlo, el toro se tiró al piso y ofreció, amplio como una bandera negra, su cuello para morir.
-Dudas con respecto a Dios no tengo. Uno piensa así: si me ponen una desgracia, Dios libre, la tengo que sobrellevar, porque mi recompensa va a ser mayor. Cuantas más pruebas hay, uno se pone contento. Más recompensa... ¡Huy!, ahí vinieron mis chicos. Ahora sí va a haber guerra.
Por supuesto, la guerra no llega nunca porque Pini abre la puerta de calle y regresa con dos de sus hijos, adolescentes microcefálicos de ojos mansos, a los que Pini mira con paz.
-Nace uno en un millón así. Y yo tengo dos. Bendito sea Dios, yo tengo dos.
Los chicos, balanceándose como flores, no hablan. No pueden hablar. Dios creó con la palabra. Y en la palabra Tierra está la tierra. Y en la palabra cielo, todo el cielo.
-Imaginate la responsabilidad del sofer, el que escribe los textos sagrados. El trabajo es de tanta responsabilidad que se dice que si un sofer hace faltar una sola letra, o si cometió un error y lo ocultó, destruye mundos. Maldito el que hace el trabajo de Dios con engaño. No podés escribir la Torá pensando que tenés que pagar los impuestos.
Dice Moshe Dahan, de 31 años, tres hijos, sofer de profesión. -Hay cuatro textos fundamentales: la Torá, el libro de Esther o Meguilá (que se lee en la festividad de Purim), los tefilín (que van adentro de esos estuchecitos de cuero que se ponen en la frente y en el brazo) y las mezuzá. Algunos se pueden corregir y otros, por un solo error, quedan inhabilitados.
La mezuzá es un pequeño papiro que se coloca dentro de una vaina en el portal de los hogares judíos y en la entrada de todos los cuartos, excepto el de baño. Es costumbre rozar la mezuzá con la mano derecha al entrar y salir de los cuartos, en señal de respeto.
-Dios da vida al mundo a través de los canales que son las letras, y cada letra es como un transmisor. Un chip. La fuerza creadora de Dios pasa a través de esos circuitos y lográs la creación. Por eso el cuidado al escribir, y en especial cuando se escribe uno de los tantos nombres de Dios. Moshe retoca una letra sobre un papiro, en el pequeño rincón de su casa. Hay un libro del Rebe sobre la mesa. Curiosamente, algunos capítulos están dedicados al sol, a la tierra, y hablan de la teoría de la relatividad. -Ah, sí -dice Moshe-, es todo el tema de qué gira alrededor de qué, la tierra, el sol. Nosotros no estamos de acuerdo con... ¿Galileo era? Para nosotros el sol gira alrededor de la tierra.
Se casa. La hija del rabino se casa. Rafael Lapidus es comerciante textil. Enredado entre el templo y las telas, se encargó de buscar minuciosamente esposo para su flor. -Teníamos nombres de algunos muchachos, pero estamos convencidos de que Dios hace las uniones y nosotros jugamos un papel técnico. El Talmud dice que hay un ángel que antes de nacer establece quién es la pareja de la persona. Hay almas que son únicas, pero hoy por hoy todas las almas existentes ya estuvieron alguna vez acá. Las almas tienen que cumplir con los 613 preceptos. Toda alma que no completó ese ciclo tiene que volver a completarlo. Por eso hay que estar muy atento. A lo mejor usted vino al mundo para hacerle el favor a una sola persona en toda su vida.
-¿Usted sabe para qué vino al mundo?
-Eso es querer entender a Dios, y querer entender a Dios es imposible.
El día del casamiento de su hija Rafael Lapidus sigue sin entender, nervioso y sobrio dentro de su traje. Su mujer se retuerce las manos, vestida de malva. La novia, cuajada de emoción, se sienta entre flores reventonas y enredaderas de plástico. Nenas y señoras de distintos largos le bailan una ronda. Inocencia bizarra y regocijo sincero. De pronto, las paredes tiemblan y llevado casi en andas, custodiado por su suegro y otro hombre mayor, arrastrado por las axilas, aparece el novio, mirando al piso. Compungido. Detrás, un chorro de varones entra cantando. El novio, con pudor infinito -jamás ha tocado a mujer alguna cubre el rostro de su novia con un velo espeso. La novia debe estar llorando porque su mano sale y entra debajo de su velo, con un centímetro cuadrado de batista blanca.
Más tarde, a cielo abierto, el novio rompe un vaso con el pie como si rompiera un mundo frágil por la promesa de otro mejor. Rafael sonríe. Como si las promesas bastaran. Como si creer, tan sólo creer, fuera su fin y su paga.
Religión en la cocina
Un concepto básico del judaísmo es el de kasher y no kasher, que significa apto y no apto. Se usa para la vajilla, los artículos de limpieza, los medicamentos, los hornos, las hornallas y las relaciones humanas. En lo referido a los alimentos, sólo pueden comerse animales rumiantes y de pezuñas hendidas (así como la luz puede brillar a través de la hendidura en la pezuña del animal, así también el hombre jamás debe estar tan inmerso en su existencia mundana como para que la divinidad no pueda ingresar en él) y aves o pescados. Pero todo animal debe ser faenado por un shojet, persona entrenada en los métodos de faenamiento ritual. Jamás hay que mezclar carne con leche. Si se come carne, hay que esperar seis horas antes de tomar leche, y si se toma leche, hay que esperar media hora antes de comer carne. Además, cada alimento debe ser bendecido y la bendición depende del momento del día, de la cantidad y del tipo de alimento. Si alguien tuviera dudas, o cometiera algún error, un rabino de confianza indicará qué medidas tomar si se comió manteca y pollo al mismo tiempo, o si uno de los nenes de la casa apoyó la cuchara del guiso en el mantel de la leche. A veces, juran, no queda más remedio que tirar la vajilla.
El nombre de Dios
Para escribir un solo renglón de la Torá, un sofer (escriba) tiene que atender treinta reglas distintas y tomar precauciones extras a la hora de escribir alguno de los nombres de Dios, que no se pueden borrar ni corregir. La Torá tiene 300.000 letras, todas consonantes, sin vocales ni comas ni puntos. Las letras, en hebreo, tienen un valor numérico.
Se dice que la Torá empieza con la letra Bet, de un valor numérico de dos, porque cuando Dios empezó a escribir se le presentó la última letra del alfabeto, y le dijo tenés que empezar conmigo. Dios la descartó, por soberbia, y descartó otras hasta llegar a Bet, letra modesta y de bajo perfil. Las coincidencias de letras y de números crispan la sangre: si se suman los valores de las letras de la palabra embarazo en hebreo se obtendrá 273, exactamente la cantidad de días que necesita un ser humano para gestarse. Se cuenta también que cierta mezuzá (pergamino que se coloca en la entrada de todos los cuartos de la casa) tenía la letra Bet cortada (el valor de Bet es dos y además quiere decir mano) y que el dueño de casa perdió dos dedos en un accidente. El nombre de Dios no puede escribirse en cualquier papel, porque se convierte en un papel sagrado. Así, en los folletos o revistas de distintas comunidades, y hasta en las páginas web, al escribir Su nombre se omite una letra: D-os o Di-s, para evitar que una publicación sagrada tenga un destino funesto.
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2En fotos. Una comida chic en Pasaje del Correo, arte en la casa de Victoria Ocampo y una muestra de fotos en Recoleta
3Lo abandonaron envuelto en un trapo y, ocho años después, un estruendo lo alejó de quienes lo habían rescatado
4“Dulce personaje porteño”: de las tribunas al mito, la historia del caramelo casero que se convirtió en el clásico de las canchas



