Emplazada en medio de 3000 hectáreas de llanura, Santa Inés fue más que una capilla: quedó abandonada tras la partida de algunos pobladores y pasó décadas en ruinas, hasta que la comunidad decidió devolverle su esplendor
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En medio de la inmensidad de la llanura pampeana se alza una capilla de estilo urbano que sorprende por su remota ubicación. Rodeada por 3.000 hectáreas de campo despoblado, es incluso mayor que la propia iglesia de su ciudad más cercana. En su interior se encuentra un llamativo ataúd de cristal con la imagen de Santa Inés, quien da nombre al templo. La brisa del campo entra por las aberturas y el silencio es impactante, interrumpido solo por algún que otro pájaro o insecto. Esto lo convierte en el lugar ideal para aquellos fieles que buscan una introspección profunda.
Pero su interior reluciente y fachada de sobrio e impoluto color marfil son un hecho reciente: hace tan sólo algunos años, Santa Inés estaba rodeada por yuyos que llegaban al metro ochenta de altura y sus paredes se descascaraban con cualquier inclemencia climática. Tras décadas de abandono, los vecinos decidieron reconstruir ese lugar que tanto apreciaban. Algunos habían pasado su infancia en la escuela de la capilla, donde estudiaban todos los niños de la zona. Otros, querían vivir en primera persona los recuerdos que les contaban sus padres y abuelos. Todos se unieron con el mismo propósito, retornar la construcción a sus años mejores.

“Al principio nos decían que éramos un grupito de locos, que era imposible recuperarla. Pero cuando empezaron a ver que, poco a poco, hacíamos algunos arreglos, la gente nos apoyó incondicionalmente. Para nosotros Santa Inés es todo: fe, amistad, momentos compartidos y comunidad. Hoy disfrutamos ese espacio sabiendo que nos costó mucho recuperarlo, pero que nos enorgullece haberlo hecho”, afirma Silvia Pascual, habitante de la zona y parte de la comunidad que reconstruyó la capilla.
El templo fue construido a unos 15 kilómetros de Carlos Tejedor, por la dueña de uno de los campos más importantes de la provincia de Buenos Aires como promesa a Santa Inés. Sirvió de escuela para más de 60 alumnos y un poblado creció a su alrededor. Con el paso del tiempo, fue abandonada. Estuvo prácticamente en ruinas durante años, hasta que sus vecinos decidieron reacondicionarla. Hoy es un punto de encuentro clave para los lugareños y se organiza, en cada aniversario, una peregrinación en su honor.
Una promesa hecha realidad
La capilla fue construida en 1917 por María Inés Nazar Anchorena, una mujer de la alta sociedad argentina y dueña de una gran cantidad de tierras. Devota de su santa tocaya, Inés decidió levantar la capilla cumpliendo una promesa que le había realizado. Poco y nada se sabe sobre el motivo en sí, ya que la fundadora no compartió su motivación, pero sin lugar a dudas fue algo que la marcó para siempre.

El campo donde se realizó la construcción era parte de una vasta extensión de tierras fértiles que habían sido arrendadas a chacareros que trabajaban la tierra. La construcción del templo no fue un acto aislado: junto a la capilla, Inés Nazar mandó a edificar una escuela con capacidad para alojar a unos cien alumnos, incluyendo dependencias para maestros, caseros y el sacerdote a cargo. Este conjunto no sólo atendía las necesidades espirituales de la comunidad, sino que también se convirtió en el centro educativo y social del paraje.
“Yo cursé mis estudios en la escuela de la capilla, donde éramos 54 chicos en un mismo grado hasta que se pudieron traer maestras de Lincoln y empezar a dividirnos en distintas aulas. Algunos veníamos en carruaje, otros en sulky o hasta caminando a las clases. Funcionó hasta que se decidió hacer una nueva escuela en el centro, frente a la estación”, recuerda Raúl Alonso, exalumno del colegio rural e histórico habitante de la zona.
El colegio siguió activo hasta 1967, formando por cinco décadas a varias generaciones de niños locales. La vida cotidiana para los lugareños giraba en torno a la capilla y la escuela, donde los hijos de los trabajadores rurales recibían educación y formación en la fe. Inés Nazar donó la capilla, la escuela y las 3.000 hectáreas de campo a la Diócesis de Mercedes, que en aquel entonces tenía jurisdicción sobre la zona. Con la venta de los campos a quienes trabajaban las tierras en 1960, la capilla pasó a depender de la Diócesis de 9 de Julio.

El silencio de las ruinas
Con el paso de las décadas, varios factores llevaron a un abandono absoluto de Santa Inés. Con la venta de tierras y construcción de la nueva escuela frente a la estación de tren en 1968, gran parte de su actividad se fue apagando. Por otro lado, años más tarde una reestructuración de las rutas ferroviarias de la región y el cierre del ramal que conectaba a Santa Inés con otras localidades, provocaron un éxodo de familias hacia zonas más prósperas.
Durante más de cuatro décadas, la estructura permaneció en ruinas. Las plantas crecían entre sus muros, el sol se filtraba por los huecos donde antes había ventanales, y el silencio se apoderó del lugar. Desaparecieron algunas aberturas del colegio y hasta bancos de la capilla, mientras que el interior se llenó de excremento de vacas y palomas. El Padre Juan Carlos Maturana, precursor de la restauración, recuerda: “Cuando arranqué como párroco de Carlos Tejedor, los cardos eran prácticamente de un metro ochenta. El panorama era muy desolador”.

La restauración: el renacimiento de un símbolo
Durante el 2006, un grupo de vecinos, muchos de ellos descendientes de los primeros pobladores, decidió emprender la ardua tarea de restaurar la capilla. Con recursos limitados pero una determinación inquebrantable, lograron devolverle al edificio parte de su antigua gloria. Hoy, la capilla Santa Inés ha retomado parte de su papel como centro espiritual y social. Cada 21 de enero, en honor a la festividad, se realiza una peregrinación que congrega a fieles de diversas localidades.
“Aunque nadie lo creía posible, yo consideraba que la restauración debía realizarse para ser sede de la peregrinación anual. Hablé con el intendente y mandamos una cuadrilla a limpiar el piso, los bomberos manguerearon todo con el conducto para incendios. Las mujeres de la zona también ayudaron a limpiar. Poco a poco se fue sumando gente, hasta ser un equipo enorme”, relata el Padre Maturana.

“Todavía no se pudo terminar, se necesita mucho dinero. Los arreglos se van haciendo por etapas, aunque cada vez más distantes entre ellas por el costo que significa cada parte de la obra. Para financiar la reconstrucción se agotó todo recurso posible: fiestas criollas, bonos contribución, algunas donaciones y recepción de materiales del Municipio de Carlos Tejedor. Siempre ponemos la mano de obra y en la etapa inicial lo pagamos todo nosotros. Por suerte, la gente nos ayudó y sigue ayudando mucho”, narra Silvia Pascual.
La Municipalidad de Carlos Tejedor declara oficialmente que “en el año 2006, gracias a la convicción de un grupo de vecinos y la colaboración de la comunidad, se inició la ardua tarea de restaurar el templo totalmente abandonado y destruido, logrando nuevamente que la capilla emerja del medio del campo derramando el esplendor de su estructura”.

La capilla Santa Inés representa para muchos un símbolo de la fe y la perseverancia de una comunidad que, a lo largo de los años, ha luchado por preservar su legado. Hoy, cada cuarto domingo del mes, a las 16 horas, se celebra una misa en su interior, donde la imagen de Santa Inés, custodiada por un ataúd de cristal, sigue inspirando a quienes la visitan.
El diácono Tomás Penacino fue quien comenzó con la tradición de realizar una peregrinación al templo todos los años, en un comienzo todos los 8 de diciembre, por el Día de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Con el tiempo se decidió trasladarla al 21 de enero (o el domingo cercano a esa fecha) para celebrar a Santa Inés, a quien se le encomendaban numerosos pedidos y agradecimientos durante las celebraciones.

“Actualmente hay misa cada cuarto domingo del mes y viene gente caminando, en bicicleta y hasta a caballo. Llegan desde otras localidades como Carlos Tejedor, Colonia Seré, Tres Algarrobos, Pehuajó, Rivadavia, General Villegas, Lincoln y Juan Josè Paso. Incluso vienen biciperegrinos desde General Pico”, afirma Pascual. Los locales también explican que compartir estas celebraciones genera un fuerte lazo de amistad, uniendo a la comunidad de la zona y afianzando los vínculos existentes
Santa Inés es un destino ideal para quienes buscan turismo rural y conocer comunidades con historia. Se encuentra a unos 450 km de Buenos Aires y se tarda aproximadamente 6 horas por la Ruta Nacional 5 hasta Pehuajó, Ruta 86 hasta Carlos Tejedor y luego un camino rural de 20 km. Se recomienda un vehículo alto o camioneta, ya que los últimos kilómetros son de tierra y se puede dificultar el acceso en días de lluvia. La visita puede complementarse con gastronomía criolla y recorridos por estancias de la zona.
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