
El hombre es un bipedo implume
En clave casi grotesca, con toques de humor e ironía, la pluma de Inés Fernández Moreno sigue los esfuerzos de una mujer obesa por incorporarse tras haber caído al suelo; una situación límite que, en la soledad de su casa, le ofrece inquietantes perspectivas
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Bajó las piernas de la cama en busca de las pantuflas. Una de ellas había quedado más lejos que la otra. Estiró el pie para alcanzarla y entonces se deslizó suavemente hacia abajo, como por un tobogán, y fue a dar al piso.
No se había golpeado. Era muy gorda y la cama no era demasiado alta. Se rió. Había sido una sensación inesperada, casi placentera.
Intentó incorporarse. Echó las piernas hacia un costado para ponerse de rodillas ayudándose con los brazos. Pero no pudo. Ya le había dicho el médico que estaba demasiado pesada y que su principio de artritis requería una dieta rigurosa. Era cruel a sus años pedirle rigor, y más todavía que renunciara al placer de comer.
Intentó la misma maniobra, pero hacia el otro lado. El resultado fue el mismo. Llegaba un punto en que era necesario un fuerte envión hacia las rodillas. Pero apenas conseguía unos centímetros de ventaja, volvía hacia la posición inicial como un muñeco tentempié. Tengo que girar hacia la cama -pensó- y hacer palanca con los brazos sobre el colchón. Lo hizo. Pero se dio cuenta casi de inmediato de que no tenía suficiente fuerza para lograrlo. De todas maneras volvió al ataque dos o tres veces, concentrándose sobre el movimiento que quería conseguir. Fue inútil. Giró sobre sí misma y se quedó sentada con la espalda contra la cama. Descansó y miró a su alrededor. Una silla, la mesa del televisor, un silloncito, la mesa de luz. Ninguno de aquellos muebles podía ser mejor que la cama para probar la ascensión. Había que cambiar de estrategia. Ponerse boca abajo y después en cuatro patas. Hasta allí fue bastante sencillo. Pero ahora había que abandonar el equilibrio logrado y apoyar con decisión un pie en el piso. Por un instante tuvo la feroz conciencia de su situación. ¿Si alguien entrara y la viera así? La atacó una risita nerviosa que le quitó parte de la fuerza. Pensar que cuando era joven estudiaba ballet y era capaz de completar hasta veinte piruetas fouettées. En cuanto levantó la rodilla derecha, todo se fue al diablo. Rodó sobre la espalda y se golpeó un poco la cabeza con el travesaño de la cama. Empezó a preocuparse. ¿Y si después de todo no podía levantarse más? Era ridículo, tenía todo el tiempo del mundo para hacerlo. Lo importante era conservar la sangre fría como en todos los casos de catástrofe.
Recordó las historias de sobrevivientes que había leído hacía poco en una revista. Un niño de Carolina del Norte vivió una semana en un pozo de veinte metros. Bebía las gotas de agua que se condensaban sobre las paredes de piedra y calmaba el hambre royendo las hojitas de una libreta que llevaba siempre con él. Después estaba aquella familia de náufragos que logró atravesar el océano sobre una balsa gracias a una disciplina ejemplar. Le gustaban esas historias, tan alejadas de su realidad, donde los hombres tenían que ponerse a prueba, sacar de la galera toda su fuerza y su ingenio. Claro que lo de ella era una pavada, una verdadera pavada.
En eso estaba cuando sintió una urgente necesidad de ir al baño. ¿Cómo iba a izarse hasta el inodoro? Un nuevo desafío. Se arrastró con bastante agilidad por el pasillo hasta llegar a la puerta del baño. Estaba cerrada. Sin embargo, con un pequeño saltito, consiguió llegar con la mano hasta el picaporte y abrirla. Como un perro -pensó-, un perro amaestrado. Sobre el piso frío de cerámica, la rejilla le pareció el centro del mundo. Se subió el camisón y buscó la posición más coincidente entre su cuerpo y la chapa de la rejilla. No fue fácil. Debía mantener la cabeza doblada para no chocar con el lavatorio y las piernas semiflexionadas contra la bañadera. Aun así, fue un alivio sentir el líquido tibio y un poco picante correr entre sus piernas. Tuvo un recuerdo fugaz de aquel último amante con el que decidió clausurar su vida sexual. Recordó sus hombros, todavía firmes, y su mirada que siempre la había conmovido. Sin embargo, había sido necesario renunciar. El ya había entrado en aquella edad peligrosa en que un hombre podía quedar para siempre tendido sobre el cuerpo de una mujer.
De la ligera excitación sexual que todavía le producía este recuerdo, pasó a un sobresalto infantil. Se imaginó una mano saliendo por la rejilla y pellizcándole el trasero. Retrocedió rápidamente y casi vuelve a golpearse la cabeza con la base del inodoro. De paso, descubrió una espesa capa de polvo y pelusas en la parte posterior del artefacto. Cuando viniera la nueva empleada le pediría una limpieza bien a fondo.
Bueno, y ahora qué. Debería hablarle por teléfono a alguien para que viniera a socorrerla. Sí, eso era lo que debía hacer. A cualquiera de sus amigas, sus fieles compañeras de canasta. Fieles, achacosas y maledicentes, a decir verdad.
Estaba casi por decidirse por una de ellas -la más joven y fuerte-, cuando el brillo del vaso que estaba sobre la repisa del baño le envió su mensaje aterrador. Allí, rosada y serena, reposando en el fondo del agua, inalcanzable, su dentadura postiza. Por primera vez se sintió abatida. Gorda sí, pensó, pero sin dientes, jamás. Por otra parte, el teléfono estaba sobre el alto dressoir del living. Otro objetivo superior a sus fuerzas. A no ser que tirara del cable y... pero no, tenía que haber una solución mejor. Qué apuro tenía. Después de todo, aún no había tomado el desayuno. Hambre. Cocina. Heladera. Calculó, en cámara lenta, la infinita cantidad de movimientos necesarios para preparar un buen desayuno. Algo tan simple y ahora, casi una proeza. El hombre es un bípedo implume, recordó. "Bípedo implume", dijo en voz alta y se sintió con humor como para iniciar la incursión hasta la heladera.
El camino le resultó fatigoso, pero mayor fue su decepción cuando abrió la puerta. Desde su altura, estaba condenada a los cajones de fruta y de verdura y, a lo sumo, al último estante donde la esperaban un magnífico peceto marinado, pero crudo, y un gigantesco atado de espinacas. Una naturaleza muerta, inútilmente bella, pensó. Para su consuelo, en el anaquel de la puerta había un sachet de leche casi entero. Se prendió de él como un bebe. El sabor de la leche fresca y cruda le recordó su niñez, cuando solían llevarla al campo y darle leche recién ordeñada. Entonces era flexible y ágil y rubia y corría a lo largo de los alambrados buscando nidos de hornero. Los horneros sí que eran inteligentes para construir sus casas, pensó mientras miraba el alto techo de la cocina. Comió también una manzana y una mandarina. Tan mal no estaba, considerando que la familia de náufragos había tenido que comer pescado crudo durante más de quince días.
Cerraba la heladera cuando sonó el timbre. Perfecto, un timbrazo salvador, el fin de su ridículo incidente. Se arrastró apurada hacia el living, pero al llegar al hall la detuvo una vertiginosa sucesión de escenas: la puerta cerrada con tranca, los gritos, el cerrajero, la sierra, los vecinos, el portero, los chicos de enfrente, la puerta abriéndose y la gorda, la gran gorda del octavo derramada en el piso como una bolsa de papas ¡y sin dientes!
Se quedó inmóvil mientras el timbre sonaba por segunda y hasta por tercera vez. Debía ser la mujer de la limpieza que le mandaba el portero. Escuchó el ruido de los tacos retrocediendo hasta el ascensor. Una tabla de salvación alejándose de su alcance. ¿No estaría un poco loca? ¿No sería una vieja orgullosa y estúpida? Pero en el fondo una voz la felicitaba, le decía que había hecho muy bien, que todavía no había agotado todos sus recursos. Y además, debía confesárselo, algo de todo aquello la divertía. Aunque divertirse no era la palabra.
No tenía casi familia, sólo su casa, sus viejas y aburridas amigas, y sus recuerdos gastados. Y ahora algo le estaba sucediendo. De todas maneras, para tranquilizarse, €
decidió resolver el tema del teléfono. Bajo el alto dressoir calculó si valía la pena preparar un piso para el aterrizaje. Demasiado complicado y poco seguro, pensó. Dio un tirón al cable y el aparato cayó al piso con estrépito. La carcaza se había rajado, pero a través del tubo seguía llegando con monotonía el tono de discar.
Le dolía un poco el cuerpo y se estiró completamente sobre el piso para tomarse un descanso. Recorrió con la mirada la alfombra, el parquet, los zócalos, hasta que tropezó con un destello junto a la pata del sillón. ¿Qué era aquello? Se movilizó hacia allí hasta que alargando el brazo pudo alcanzar el objeto que brillaba. Era su anillo de turquesas. El famoso anillo que había desaparecido y por el que había culpado a la empleada de la limpieza. Una escena horrible. La mujer negando y ella acusándola sin sombra de duda. Dios mío, qué injusta había sido y, sobre todo, qué soberbia. ¿Cuántas otras veces en su vida se habría equivocado de aquella misma manera? Sólo que tal vez jamás llegaría a saberlo. Se puso el anillo y avanzó semiincorporada hasta el gran espejo de marco dorado que llegaba casi hasta el zócalo. Desde esta nueva perspectiva se examinó los hombros, el cuello, la curva de la nuca, el nacimiento del pelo y después la cara. Entrecerrando los ojos era capaz de reconstruir las distintas caras que había llevado a lo largo de los años. A los sesenta, a los cincuenta, a los cuarenta, rejuveneciendo de a saltos hasta llegar a la neblina de la juventud.
Después se dedicó a la cómoda. Abrió los dos últimos cajones y encontró de todo: focos, cartas, papeles de envolver, potiches rotos, pegamentos, dos mazos de cartas españolas, una caja de cubiertos de plata y hasta un viejo rompecabezas de madera que había sido de su padre. Se entretuvo horas releyendo cartas y mirando fotos. Volvió a sentir hambre. Pensó que su segunda inspección a la cocina debía ser más organizada. Podría, por ejemplo, usar el plumero y llegar a los estantes más altos de la heladera. Tenía muchos frascos de conservas, galletitas y por lo menos dos pedazos de queso. Y ahora también tenía cubiertos. Cubiertos de plata para comer tirada en el piso como una reina cansada y extravagante.
¿Para cuántos días tendría? Sería emocionante ver cómo las provisiones se agotaban. Tomar agua del bidet como de una fuente. Hasta la carne cruda podría llegar a ser un manjar. Sus amigas, mientras tanto, seguirían comiendo masitas y tornando el té, haciendo canastas, extinguiéndose como rinocerontes.
La muerte por inanición, según la nota sobre los náufragos, era dulce. Una debilidad creciente, un sueño con fantásticas visiones. Miró el tubo del teléfono que reposaba sobre la alfombra como un animal mudo. Miró los estantes más bajos de su biblioteca. Lamentó que estuvieran ocupados por la enorme enciclopedia española de cien tomos. Sin embargo, ¿qué otra oportunidad habría tenido ella de investigar todas las palabras existentes que empezaran con zeta o con equis?
Era cierto, en situaciones límite los hombres eran capaces de descubrir verdades profundas, de tomar decisiones increíbles.
La estridencia del timbre de la puerta la irritó. ¿Quién se creía ahora con tanto derecho a interrumpirla? No pensaba atender. No pensaba ser pasto de las fieras. Tenía todo lo necesario para resistir. Hasta podría usar el teléfono para hablarle a sus amigas y decirles que se iba de viaje. Un viaje inesperado. También podría hablarle al portero. Suspender lo de la empleada. Suspender los diarios. Ella era dueña de la situación. Ella decidía si aceptaba o no el desafío.
Acomodó un almohadón bajo su cabeza y entrecerró los ojos. Esta vez, los pasos que se alejaban hacia el ascensor le resultaron una música ajena.
Inés Fernández Moreno
Reseña
- Inés Fernández Moreno nació en Buenos Aires, en 1947, y es hija y nieta de grandes poetas (César y Baldomero Fernández Moreno, respectivamente).
- Entre otros títulos, publicó el libro de cuentos Un amor de agua (1997) y la novela La última vez que maté a mi madre (1999); su obra recibió numerosos premios en el país y el exterior.
- El relato que aquí se ofrece integra el volumen de cuentos Hombres como médanos (2003), de editorial Alfaguara.
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