
Andrea Frigerio: a tono con la vida
Tiene 42 años y está convencida de que una existencia armoniosa sólo se consigue si se logra simetría entre el cuerpo y el espíritu. En su mejor momento, la actriz y madre de dos hijos afirma que la suya es una edad “para aprender, con mucho por delante”
1 minuto de lectura'
A la hora de mirar a Andrea Frigerio a unos diez centímetros de la cara, el contemplador observará encantado los ojos oscuros con reflejos de sol en la mañana temprano, el lunar, la lengua que a veces juega entre los dientes, la piel que conduce a los maestros de la escuela flamenca. Es decir, un placer; para qué poner una cosa por otra cuando todo está a la vista, finalmente.
A los 42 años, se encuentra en su centro, a tono con la vida, y sin preocupaciones va, como aquel extraño de pelo largo, no sé si recuerdan. Hasta cierto punto, desde luego.
Me cuido todo lo que puedo. El cuerpo, el espíritu.
El cuerpo: comida sana, gimnasia, descanso. ¿El espíritu?
Se trata de estar simétrica. Somos seres simétricos. Busco siempre un balance.
Andrea fue modelo –es modelo, en ocasiones, todavía– y agregó a tiempo, con inteligencia, cartas a la baraja. Hablamos del teatro, de la televisión, de oficios que fueron robusteciéndose y macerándose en popularidad. De prodigiosa relación con las cámaras y la imagen, alta, flaca y a un tiempo abundante como un racimo, fue siempre por más y apostó por sí misma con cierto encantador descaro.
¿Cómo es eso de la simetría, Andrea?
Lo que te digo: ser igual de un lado y de otro, en equilibrio, sin que te caigas.
¿Cómo se hace?
Hay que pensar y dar los pasos adecuados en cada momento.
Una mente fría. ¿Una chica fría?
¿Qué creés?
¿Tengo que creer algo?
Digo.
No importa. Prefiero que me lo cuentes vos.
Ponelo así, si te parece: me gusta gobernarme, no que me gobiernen o me dirijan. Yo me mando y me obedezco.
Carácter.
Supongo.
De manera que la chica es su dueña. Tiene unas manos muy bonitas, la chica. Fuma un poco. Tres, cuatro cada día. Controladita.
Controladita, controladita. No es exactamente eso.
¿Qué es?
Método, preferiría.
Corrijo "controladita", pongo "metódica".
Muy bien.
Pero la chica que se gobierna, nadie lo dude si quiere salir intacto de aquí, tiene marido. Y su marido, Lucas Bochino, es simpático, cortés, buenmozón. "Le llevo cuatro años", dice ella. Antes se dedicaba a su campo, a sus caballos, a sus terneros y a sus siembras; ahora, se dedica a representarla, negociar contratos, llevar la carrera por buen camino. Y allí hay alguna forma de cogobierno. ¿O no?
Algo parecido, naturalmente. ¿Quién mejor que él? Hace catorce años que estamos juntos. Es mi protección, mi compañía. Nos divertimos, lo pasamos bien. Es como si cada día volviera a elegirlo.
Una buena frase y una buena manera de contar la historia. La chica, ven, de pensadera vivaz y, seguro, de lecturas numerosas, encuentra sin muchos escollos el modo de poner una palabra junto a otras. Lo hace con tranquilidad. No se agita.
¿Dirías algo contundente, como que es el hombre de tu vida, por ejemplo?
Bueno, qué sé yo, ese tipo de definiciones, ¿te das cuenta?, son excesivas. Y arriesgadas. Es importante para mí, y yo para él. Ya está. Si pienso en mañana, pienso que voy a estar con él. El hombre de mi vida, oíme, me asusta.
No te asustes. Simetría y equilibrio. ¿No era así?
Es así.
¿Estás bien, te sentís en forma, como para correr y ganar?
¿Me estás diciendo yegua, por casualidad?
En esa parte, mientras tomamos unos sorbitos de café, nos reímos con brusca camaradería.
Te estoy diciendo guapa.
Amable. Sí: me siento a punto. Con mucho por delante, mucho por incorporar y aprender, mucho para seguir mejorando y saber cuanto pueda, para el momento en que ya no me acompañe el físico.
Sin excesos
Te dije que quiero gobernarme, y me gobierno.
Hace un rato, sí.
Pero nunca descarto una patinada. De vez en cuando, algo. Algunos pequeños errores te vuelven a la realidad y te recuerdan que sos humano y frágil.
¿De qué estás hablando?
De salirte de la línea, comer de más, no cumplir del todo con lo que te impusiste como deber, asuntos así.
Disciplina y breves vacaciones, a veces. ¿Nunca te emborrachaste, por ejemplo?
Nunca. O sí: tenía nueve años y fue en la casa de mis tíos Di Paola, en Belgrano. Estábamos jugando a la mancha y yo, muerta de sed, entraba a cada rato a tomar lo que había en los culitos de los vasos. Pero en algunos había vino, sidra, champagne. Entraba, salía, hasta que todo empezó a dar vueltas y el mundo desapareció. Llegué hasta el cuarto de mi tío, y allí, estropicio.
¿Vomitaste?
Claro. Desde entonces me juré no perder el control. Y no lo pierdo.
¿Nunca?
Nunca, excepto en situaciones íntimas, ¿entendés? Dejo hacer. Prefiero dejar hacer. No se trata de una pasividad constante.
Suena así.
Pero no es así. No es pasividad: es tendencia, son matices de la intimidad. Lo que no significa renunciar a ser creativa cuando surge. Pero después de que todo haya empezado. Me dejo llevar, dejo el timón. Cuanto más suelta, más creativa.
¿Tabúes? Hablamos de un hombre y una mujer.
Pensemos en mi padre. Ingeniero civil, ex Puma –mi abuelo , que vino de Inglaterra, fue también rugbier, marido de mi abuela Paulette, francesa; alto, buena planta, rubio de ojos azules–, un hombre atractivo, muy straight, estructurado. Eso te da un indicio, porque la figura paterna influye y marca mucho, ¿no? El ingeniero Mitchelstein.
A ver si hemos encontrado al hombre de tu vida.
El padre, ya sabemos, es una figura importante. Me educó según su modelo y su criterio. No me imagino en situaciones de desborde y libertinaje. Para nada.
Aunque no se haya atrevido a poner a Lucas en el rubro hombres de su vida, luego lo incluirá.
–Ya los tenés: mi padre, Lucas y Tomás, mi hijo.
Sin contar, le digo, algún tapado, algún secreto. Mueve el pelo y mira con fijeza: ni sí ni no.
–Tomás anda por los veintitrés y las Ciencias Sociales. Con Eduardo, el padre, músico, comento siempre que, cuando veo a Tomás, vuelvo a sentir que lo estoy pariendo. De verdad. Una y otra vez los momentos y las sensaciones del parto. Fue un parto natural y maravilloso. Vuelvo a vivirlo con gran alegría, como una celebración.
Agreguemos pronto a Josefina, de ocho, luz de los ojos de sus padres, no hace falta decirlo.
–Mis abuelos paternos eran más, cómo te diría, mundanos, viajeros. Los otros, los Di Paola, fueron más abuelitos clásicos, viejitos amorosos. Unos, en Olivos; otros, en Belgrano, donde me emborraché. Gente de clase media. Soy una entre cuatro hermanos. La primera. Yo salí modelo, y la última es una economista brillante, con mucha inteligencia y estudios, y todo muy notable en el medio. Mi papá fue mejorando su performance...
¿Por qué? Las modelos tienen un gran poder en este mundo.
Algo hay. Te podés hacer la tonta, sin serlo. No te ven venir hasta que ya llegaste. Ser modelo te estigmatiza, te tatúa: es modelo y lo será siempre. Desde el 82, el 83, que no soy modelo. Una foto aquí, allá, nada más. Empecé a trabajar con Badía, en televisión, en el 85. Llevo más tiempo como un bicho de los medios que como modelo. Dicen mis compañeros que tengo el tiempo para hacerlo en diferentes propuestas. A eso hay que añadirle esfuerzo: voy a hacer un año de estudios. Volver a la música: toco piano y soy profesora de solfeo, no sé la razón, en realidad.
¿Cómo empezó? Todo tiene un principio, imagino.
Empezó por hambre.
No embromes.
Tenía un hijo de un año y no quería que mamá me llenara la heladera. Un orgullo de hierro. Mis padres no iban a dejar que muriera de hambre, pero yo quería hacer mi ruta contra todo obstáculo, hacerme cargo de mí y de mi hijo. Una amiga de Eduardo, que trabajaba como extra en televisión, me llevó a ver qué pasaba. Y empezaron a surgir oportunidades, trabajos. Desde allí, en adelante.
¿Tenés amigos hombres, Andrea?
Es una discusión que tenemos con mi marido. El dice que no es posible; yo digo que sí. Tuve uno muy íntimo, nos conocíamos desde chicos, y se murió. Lo extraño mucho.
¿Gay?
Prejuicioso.
Canoso.
No sé si era gay. Y creo que es posible que un hombre y una mujer sean amigos.
¿Te llega a veces aquel recuerdo triste, aquellos días que te angustiaron tanto, aquel episodio? (Se alude a la muerte del periodista Daniel Mendoza, a quien se relacionó por entonces con Andrea.)
Fueron días de mucha aflicción y líos. No quiero hablar al respecto.
Aceptado. Decime, ¿duermen en la misma cama o tienen cuartos separados?
Es otra amistosa discusión. Yo soy partidaria de los cuartos separados, el aire libre y la visita de uno a otro. Lucas es del tipo cama matrimonial. Ya se verá. A mí, me parece que refresca el amor y lo hace más picante y divertido el sistema de tu cuarto, mi cuarto.
Presentada en unos cuantos cuartos, ya que estamos, de su vida personal, dejamos a la radiante Andrea Frigerio solita su alma. Será breve la soledad: al rato llegará Lucas y se marcharán, un brazo de él sobre un hombro de ella.
Agradecemos a Benito Fernández, Paula Cahen d’Anvers, Lonte, Rapsodia, Luna Garzón y Etiqueta Negra por la colaboración prestada para la producción de esta nota.
Perfil
Multimedia
- Andrea inició muy joven su carrera como modelo de pasarela. Pero hacia fines de los años ochenta, primero tímidamente y en simultáneo con el modelaje, comenzó a incursionar en la televisión como conductora. Así, se la pudo ver en Doce más uno, Despertar al país y El Periscopio, cuando apenas despuntaban los años noventa.
- Fue ganando espacios y los medios nunca le dijeron que no, así que su currículum siguió ampliándose con incursiones en la radio, y la tevé le dio la oportunidad del programa propio con Viva la diferencia. Ya en el nuevo siglo, se animó a actuar en teatro y, recientemente, participó en una tira éxito de Ideas del Sur, Los Roldán.
1
2“¿Qué hago con esto que me tocó vivir?”: le diagnosticaron esclerosis múltiple y decidió cambiar su vida para ayudar a otros
3Pinky y Paul Newman: el romance inesperado entre la mujer más famosa de la televisión argentina y el hombre más lindo de Hollywood: “Pasó de todo”
4En fotos. Una comida chic en Pasaje del Correo, arte en la casa de Victoria Ocampo y una muestra de fotos en Recoleta



