
A todo trapo

La moda no para. Aunque un poco de sosiego le sentaría estupendo: la falta de aliento fue evidente en gran parte de los casi quinientos desfiles spring/summer internacionales, concluidos el mes pasado. Se sintió la presión del calendario extendido a cuatro citas anuales, incluyendo preotoño y crucero a mitad de ciclo, o aun a seis para las grandes maisons que duplican temporadas con sus colecciones de alta costura. Todo un allegro prestissimo provocado por la conjunción de las megacadenas de moda masiva que lanzan nuevos productos cada quincena con el frenesí fashionista de las redes sociales, que, más allá de su efectividad real, agiganta la ansiedad de novedades permanentes. Pero que las marcas y los nombres de prestigio se hayan plegado a las nuevas cadencias no significa que estén entregados a la ebriedad de primicias continuas, que es la clave del negocio de la moda rápida. Justamente al contrario: el negocio y la razón de ser de las firmas encumbradas consiste en perseverar fieles a su griffe, al arquetipo estético que las singulariza y que a la vez representa el modo y los ideales de vida de sus clientes.
Chanel, repensado por Karl Lagerfeld con levedad experta, es el modelo eminente en esta categoría. Agudo y erudito a la vez, Karl recupera en presente del indicativo ya no sólo el repertorio de Chanel, sino la memoria general de la moda. Pero no hay en lo suyo nada de revival vestimentario, ya que apunta ante todo a vestir a una mujer de hoy. Hay, para quien quiera y sepa verlas, referencias al pasado, y a la vez más obvias para el gran público, marcas de estilo propias del momento. Es la mixtura de ambas, la ida y vuelta de signos, el futuro impulsado por el pasado, lo que vale, lo que crea lo nuevo. Es un modo de hacer que practican también dos talentos mayores, Phoebe Philo –en Céline desde 2009– y Raf Simons –con dos años y medio en Christian Dior–. Con crecientes destreza y autoridad ellos señalan una de las vías centrales que seguirá la moda en los próximos años: la de un equilibrio dinámico entre la exactidud de lo clásico y el atrevimiento sin el cual no hay innovación. También en París y en la misma longitud de onda, Yohji Yamamoto, perpetuo buscador, encontró una variación refinada y moderna para tratar el delicado y abusado tema de lo sexy mientras en el área de la experimentación seducen un clasicista en ruptura, Cédric Charlier, y una indagadora de tecnologías, Iris Van Herpen.
En Nueva York, burbuja pletórica, sobredosis de business y por ende de trends. Londres no confirmó esta vez su estatus de gran centro de fantasías vestimentarias. Milán, en cambio, sí ratificó el suyo como capital de todas las señoras: garantizadas 100% genuinas en Max Mara, refinadas y esbeltas como bailarinas en Bottega Veneta, rejuvenecidas por toques artistas en Marni. Grata sorpresa: el debut del griego Angelos Bratis, maestro del drapeado y adepto del despojamiento, atributos justos para ese lujo sencillo que es el único hoy posible.
En los desfiles de Buenos Aires constatamos otra vez que se hace aquí moda original y placentera, libre del mal de las tendencias y con estilos individuales bien definidos. Actuales, pero también para guardar en la colección personal permanente: el romanticismo duro de Jessica Trosman en JT, la imaginación modulada de Julia Schang-Vitón, la opción gráfica urbana de Kostüme, los vestidos de volúmenes voladores de Clara Rosa sobre estampados y bordados de las Randeras de Tucumán, el lirismo bajo control de Cora Groppo. Todos merecedores, cela va sans dire, de pasarelas internacionales.
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2En un edificio de leyenda: los 150 años de la tienda de moda y diseño que es parte de la historia moderna de Londres
3Lo abandonaron envuelto en un trapo y, ocho años después, un estruendo lo alejó de quienes lo habían rescatado
4Encontró el “Barco de Oro” y se negó a revelar dónde está: ahora, fue liberado tras 10 años preso



