La inspiración. Cuando las musas les hablan al oído a los creadores
¿Qué es y de dónde viene esa suerte de aliento mágico que está detrás de las grandes obras de arte? Los artistas y los científicos tratan de explicarlo, pero el misterio permanece
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PALMA DE MALLORCA
“Una hermosa tarde de verano estaba yo sentado sobre un rodillo detrás del pabellón de críquet. Tenía la mente en blanco. De repente recibí una iluminación: sentí que lo sabía todo”, escribió Robert Graves en su relato autobiográfico El abominable señor Gunn, sobre una experiencia que vivió en un recreo entre clase y clase, cuando despuntaba su adolescencia. Ese estado de conciencia se prologó durante veinticuatro horas y lo marcó para siempre. “Lo que experimenté aquella tarde fue una repentina conciencia infantil del poder de la intuición”, señaló.
Autor de la célebre novela Yo, Claudio –luego serie de TV pionera, entrados los años 70–, gran investigador de las mitologías antiguas, helénica y celta, el escritor angloirlandés –que vivió y murió en Baleares– creía en el origen sobrenatural de la intuición, al igual que los lejanos griegos que tanto estudió. “Es su poder lo que hace posible un poema”, decía.
No fue la única vez que le ocurrió, ni tampoco el único elegido para contarla. Revelación, musas, estado de gracia. Señales de un mundo donde lo oculto y lo sagrado se revelaba –y se revela– a hombres y mujeres en forma de verso.
Inspiración en griego significa aire, hálito, y la inspiración divina sería un rebosar de aliento divino. Según Demócrito, filósofo que antecedió a Sócrates, ese soplo sacro captado mediante la respiración por el alma sensible del poeta inflama con sus átomos la capacidad creadora. “Los poetas obran por la gracia de un don que han recibido de Dios, un don misterioso del cual no son dueños ni conscientes”, decía Platón en el diálogo Ion, dedicado a La Ilíada.

Milenios más tarde, Leonard Cohen recibía el premio Príncipe de Asturias con esta frase: “La poesía viene de un lugar que nadie controla ni conquista”. En el documental Hallelujah: Leonard Cohen, a Journey, a Song, el poeta y cantautor canadiense retomó el tema: “Eso es gracia, es un don y no es tuyo. Si supiera de dónde viene, iría ahí más a menudo”. Su rabino, el Rabbi Finley, explica a continuación que esto en hebreo se llama BatKol y, según el Talmud, “es la voz femenina de Dios que se extiende a las personas. Tú la sientes, la bajas a tierra y luego la pules”.
Momento eureka, chispa o “duende”, como le decía Federico García Lorca. Abundan los nombres, pero faltan certezas para saber de dónde viene. Sin embargo la sustancia o la información que contiene no deja lugar a dudas cuando inunda la conciencia.
Jesús Alcoba González, máster en Psicología y en Coaching, doctor en estrategia y director creativo y miembro del equipo de gobierno de La Salle Campus Universitario, en Madrid, dice que es la llama que enciende el alma, definición que da nombre al libro que publicó tras investigar el origen de la creatividad. “Se presenta como una emoción ineludible –explica a este diario–. Sin que seamos conscientes de ello, hay significados bullendo en nuestra cabeza permanentemente. De repente, uno o varios de ellos se unen para crear un sentido de orden superior. La mente lo percibe y lo hace aparecer en la conciencia”.
Sin embargo, no siempre la inspiración fue observada a través de un prisma tan poético. El oscurantismo medieval la persiguió con látigo, celda y hoguera. Pero, doblegarla o callarla, imposible, como testimonian innumerables casos al correr de los siglos.
Trances
La antropóloga española María Belmonte, autora de El murmullo del agua, cuenta en su encantador libro que el “ilustrado” Jean Jacques Rousseau (1712-1778) sintió una inspiración divina cuando iba a la cárcel de Vincennes a visitar a su amigo Diderot, y se tiró bajo un roble mientras escribía, como en trance, lo que luego fue el Discurso sobre las ciencias y las artes. Cita asimismo a Marguerite Yourcenar, que en el epílogo de Memorias de Adriano confiesa que escribió el comienzo del libro de un tirón durante los tres días que duró un viaje de Nueva York a Nuevo México, “como si el propio emperador me lo estuviera dictando”.
Carme Riera, mallorquina, escritora de fuste y vicedirectora de la Real Academia Española de Letras, mientras tomaba una clara (cerveza mezclada con algún jugo cítrico) en el último piso del hotel Almudaina, compartió con esta cronista una “rara” experiencia que vivió en la primavera del 2015.
Mientras recogía trastos y enseres y los ordenaba en cajas, terminada la exposición que realizó en la Casa Solleric para recordar el centenario de la muerte del Archiduque Luis Salvador, una voz susurró algo detrás de su oreja izquierda: “Has dicho mucho, pero no lo has dicho todo”. Se paró en seco, petrificada. “Quedé de piedra –cuenta–. Y era cierto que me había guardado algunas cosas. Llegué a mi casa, me encerré en el escritorio. Por cuatro días no salí. Me llevaban la comida y yo escribía sin parar ni pensar, al correr de la máquina”. Así nació la novela Las últimas palabras.
Muchos escritores practicaron la escritura automática. André Breton, padre del surrealismo, que incluyó en su Primer Manifiesto Surrealista de 1924 una pequeña guía de nueve puntos para propiciarla. La definió como “un dictado del pensamiento, en ausencia de todo control ejercido por la razón y fuera de toda preocupación estética o moral”. Por supuesto, fue furibundamente criticado.
Contemporáneo de Breton, Graves dijo en su autobiográfico Adiós a todo aquello que su famoso ensayo La diosa blanca nació de un estado alterado en 1942, cuando vivía en Galmton, Inglaterra. Esa abrumadora obsesión (sudden overwhelming obsession) lo tuvo seis semanas encerrado. Terminó su obra, sí, pero corregirla le llevó años.

Vivencias tan dispares confirman que los caminos de las musas son cualquier cosa menos predecibles o lineales o fáciles de describir con palabras. “Es como explicarle a un ciego el color azul”, decía el poeta nicaragüense Ernesto Cardenal, que algo sabía de esto.
En otros tiempos, a las dificultades para verbalizar estos estados se sumaba el peligro que su difusión podía acarrear. Blas Pascal, por ejemplo, jamás quiso revelar lo que le pasó la noche del 23 de noviembre de 1654. Fue cuando el carruaje en el que volvía de una fiesta en Neuilly tuvo un accidente del que se salvó de milagro. Sacudido por la conciencia de lo que podría haber pasado, este genio de las matemáticas, contemporáneo de René Descartes (con quien se profesaba mutua tirria), sintió una súbita revelación y transcribió sobre pergamino dos copias de ella. Las cosió al forro del abrigo y allí quedaron hasta su muerte. El denominado “Memorial de Pascal” se convirtió en un clásico de la espiritualidad católica y cristiana.
Aunque habían pasado cien años, es lícito pensar que tanto secreto respondía al recuerdo recurrente de Santa Teresa de Ávila, acusada por la Inquisición de que sus éxtasis se debían a una posesión diabólica. O del confinamiento y las torturas que por razones análogas sufrió San Juan de la Cruz.
De músicas y epifanías
Como esos momentum suelen brotar y pueden durar lo que un suspiro, es frecuente la recomendación de circular con papel y lápiz a mano para cortarle paso al olvido. Como hace Julie Taymor, directora de ópera estadounidense y ganadora de dos Premios Tony por la dirección de El rey león, que suele recibir esas epifanías en medio del sueño.
No hace tanto, Paul McCartney contó cómo escribió “Let It Be”. Una noche de un tiempo que no era el mejor, su madre, muerta década atrás, le decía todo estará bien, just let it be. “Cuando alguien que uno ama tanto viene en un sueño es algo milagroso. La tienes allí delante de ti. Wow, qué alivio. Me desperté y me pregunté: ¿qué dijo? ¿Déjalo ser? Y me senté al piano”.

Los músicos son antenas entrenadas para captar estos flujos. El pianista de jazz Keith Jarrett, retirado desde 2018 por cuestiones de salud, ha llegado a improvisar conciertos de hasta dos horas sobre el escenario. Algunos en estado de gracia, como el que quedó registrado en su disco The Köln Concert. Jamás pudo explicar cómo lo hacía. Gershwin trabajaba ganado por la furia, y así compuso en pocas semanas Rhapsody in Blue. Los ritmos le pasaban “fugaces por la cabeza, pero no es fácil capturarlos y conservarlos”, aunque a él se le daba bien. Y Giacomo Puccini se declaraba “un obrero que traslada lo que el Todopoderoso dicta para que lo traspase a la humanidad” cuando le preguntaban de qué magia habían salido La bohème o Madame Butterfly.
Habla la ciencia
¿Qué bulle en la cabeza del artista para que unos garabatos terminen en óleos sublimes? ¿Cómo llega el compositor a una sinfonía celestial desde unas primeras disonancias? ¿Cómo una piedra de más de noventa toneladas se convierte en un Moisés?
Andrew Newberg, director de investigaciones del Marcus Institute of Integrative Health, del Hospital Thomas Jefferson de Filadelfia (Pensilvania), cartografió con resonancia magnética las vías nerviosas de personas muy creativas a las que se les pide hacer algo nuevo con objetos comunes. Las imágenes mostraron cambios en los flujos sanguíneos de los circuitos cerebrales, como si fueran explosiones de color rojo.
Mihály Csíkszentmihályi, psicólogo hungaro-estadounidense y una de las eminencias mundiales en psicología positiva, alumbró la teoría del flujo (flow) mientras investigaba la creación artística. En su libro Fluir explica los “estados de experiencia óptima”: momentos de alta concentración en los que la persona se siente poseída por un profundo sentimiento de gozo creativo y, absorta en la tarea, pierde la noción del tiempo y del esfuerzo. Para controlar y provocar esos estados hay tres componentes fundamentales: elegir una meta clara (pintar, cantar, silbar, lo que uno quiera), porque “el flujo llega solo con la monotarea”; que lo elegido tenga un sentido, que a uno le importe mucho; y que esté en el límite de las capacidades de uno, pero no más allá de ellas.
Otro científico muy citado por sus estudios sobre la creatividad, Scott Barry Kaufmann, doctorado en Yale y profesor de psicología de la Universidad de Columbia, suele reunir en retiros de imaginación a personas probadamente creativas y de allí concluyó que el momento eureka viene tras un período de contemplación. No olvidemos que Arquímedes descubrió el método para medir los volúmenes sentado en la bañera; y Henry David Thoreau, autor del célebre Walden, escribió en su diario: “Inútil es sentarse a escribir cuando uno no se ha puesto de pie para vivir. En cuanto mis piernas comienzan a moverse, mis pensamientos empiezan a fluir”. Según Murakami, quien escribe posee una pequeña fuente en su interior de la que mana la historia que desea narrar. Y como se sabe, en los manantiales el agua fluye a su aire.
¿Pero es posible acceder a esa fuente a voluntad? Gabriel García Márquez solía decir que una obra es diez por ciento de inspiración y noventa de transpiración (aunque la frase no es de su autoría, sino de Thomas Alva Edison). No parece lejos de la verdad. Diana Orero, especialista en pensamiento creativo y autora de Inspiritismo, entre otros títulos, ha dicho: “No sé si la tenacidad y la voluntad son la base de la creatividad, pero sí son fundamentales. Un ejemplo es Edison, que antes de inventar la bombilla realizó más de mil intentos fallidos”. Crédito acá para el microbiólogo y químico francés Louis Pasteur, que en una conferencia en la Universidad de Lille, en 1854, dejó una pauta: “El azar solo favorece a las mentes preparadas”.
De Borges a Jung
Sin embargo, hay una técnica natural muy efectiva, según coinciden expertos de Occidente y Oriente, para separar la maleza y abrir el canal. La meditación. Un estudioso calificado del inconsciente, Carl Gustav Jung, el mejor alumno de Freud por lejos, la recomendaba hace un siglo como un camino hacia el autoconocimiento. En uno de los tomos de sus Obras Completas analiza la intuición y detalla que va acompañada de certeza y seguridad. Médico y psiquiatra suizo, Jung tuvo la osadía de romper con su maestro, lo que le valió la furiosa crítica de la comunidad psicoanalítica. Pero el tiempo lo reivindicó con creces y su legado, acertado y profético, fue un temprano portavoz de paradigmas a los que la humanidad despertó recién a las puertas del tercer milenio. “Todos mis escritos son, por así decirlo, tareas que me fueron impuestas desde el interior. Lo que escribí se me vino encima desde el interior de mí mismo. Le he prestado palabra al espíritu que me agitaba”, escribió .
Aunque sus poemas sugieren que Jorge Luis Borges tenía línea directa con Calíope, hija de Zeus y musa de la poesía, él admitió haber vivido un único momento de iluminación. “Duró solo unos minutos o unos segundos”, escribió. “Fruslería demasiado evanescente para llamarla aventura, demasiado irrazonable y sentimental para pensamiento”. El relato, titulado “Sentirse en muerte”, está en El idioma de los argentinos, de 1928 (Seix Barral, con ilustraciones de Xul Solar). Aquí una síntesis apretada y acaso irrespetuosa. “La tarde que prefiguró a esa noche estuve en Barracas: localidad no visitada por mi costumbre, y cuya distancia de la que después recorrí, ya me desfamiliarizó esa jornada. Su noche no tenía destino alguno; como era serena, salí a caminar y recordar, después de comer [...]. La marcha me dejó en una esquina. Aspiré noche, en asueto serenísimo de pensar. [...] Me sentí muerto, me sentí percibidor abstracto del mundo: indefinido temor imbuido de ciencia que es la mejor claridad de la metafísica. No creí, no, haber remontado las presuntivas aguas del Tiempo; más bien me sospeché poseedor del sentido reticente o ausente de la inconcebible palabra eternidad. Solo después alcancé a definir esa imaginación. La escribo, ahora, así: Esa pura representación de hechos homogéneos –noche en serenidad, parecita límpida, olor provinciano de la madreselva, barro fundamental– no es meramente idéntica a la que hubo en esa esquina hace tantos años; es, sin parecidos ni repeticiones, la misma. El tiempo, si podemos intuir francamente esa identidad, es una delusión: la indisolubilidad de un momento de aparente ayer y otro de su aparente hoy, basta para desordenarlo [...]. Derivo de antemano esta conclusión: la vida es demasiado pobre para no ser también inmortal”.
Palabra de Borges. Punto.
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