
Beatriz Sarlo. La construcción de una conciencia crítica implacable
Publicado a dos meses de su muerte, en No entender la ensayista recuerda el origen de su amor por la palabra y el modo en que forjó un estilo sin concesiones
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“Construyo frases agresivas incluso cuando estoy elogiando. Alguien siempre debe quedar herido en alguna parte, aunque todo transcurra en la animada paz de un diálogo y no de un debate donde se gana o se pierde”. Así es como Beatriz Sarlo (Buenos Aires, 1942-2024) define su estilo como intelectual en No entender, las memorias que acaban de publicarse a dos meses de su muerte y en las que había trabajado entre 2017 y comienzos del año pasado. Pero si sus palabras intimidan o suscitan alguna temerosa aprensión entre los desprevenidos, no es porque Sarlo fuera particularmente cruel al elaborar sus juicios críticos.
En realidad, la cautela impuesta sobre casi toda discusión, y en particular sobre las de orden intelectual, a las que desde hace un buen tiempo se presupone inertes, es parte de un largo y conocido proceso de reblandecimiento de la cultura y del carácter general de quienes habitan en ella. Pero Sarlo, en cuya obra también se pensaron novedades tan contemporáneas y diversas como los shoppings o las redes sociales, lo entendía bien. Y por eso, a diferencia de tantos otros y otras, rechazaba el deber hipócrita de agradar. “El elogio no es una dimensión retórica y emocional independiente, sino una dimensión subordinada o unida al juicio cultural adverso o al desprecio moral hacia otro sujeto. Por eso no creo en los elogios y creo en las agresiones, que me parecen un signo más confiable de reconocimiento y, sobre todo, de sinceridad”, escribe en No entender.
Esta entrada a la inteligencia crítica de Sarlo, que en esencia subraya la libertad de no engañarse ni prestarse a engañar, puede complementarse con otra cuya resonancia también se opone a los usos actuales más extendidos: “Siempre conservé un reflejo de cautela ante la posibilidad de usar la primera persona, aun cuando la ofreciera o autorizara un editor. ¿Quién soy yo para decir ‘yo’?”. En directo contraste con un clima saturado de egolatría, para Sarlo “hay que ganarse el derecho a la primera persona”. Por lo pronto, es comprensible que tanto su madre como sus maestras, en respuesta a esa “reacción negativa espontánea a cualquier orden, sugerencia u oferta”, y sin contemplación por las futuras perspectivas de género, amenazaran a la joven Beatriz, todavía en edad escolar, con “bajarle el copete poniéndola a lavar pisos”.

Divididas en cinco capítulos breves que pendulan entre recuerdos de la infancia, la adolescencia y la adultez y un ancla permanente en el presente, “punto de no retorno” y paulatino prolegómeno de la muerte, la particularidad de estas memorias es que nunca se enfocan en el trabajo como crítica literaria o cultural de la autora en la academia, ni tampoco en su vida privada y pública alrededor de la política. “Quienes no me conocen de los años anteriores a esas intervenciones”, advierte Sarlo a propósito de su faceta más célebre como analista política en distintos medios, “pueden pensar que soy una improvisada, y no vale la pena desmentirlos. Solo lo que escribí y lo que seguiré escribiendo podría obrar ese milagro transformador. Pero no creo en milagros”.
Lo que No entender sí retrata, por otro lado, son los primeros anhelos de relevancia y figuración todavía mezclados con el misterioso poder de la palabra escrita, una formación literaria intuitiva y la reluctancia familiar casi unánime. Y aunque el tono predominante impone una parquedad excesiva, derivada de la reserva y de una excesiva precaución al exhibicionismo, como si Sarlo no terminara de aceptar algunas convenciones inevitables del género autobiográfico, el resultado llega hasta donde pretende.
Serán un tío peronista, alguna tía permisiva y sobre todo un padre alcohólico y frustrado, aunque sensible a la necesidad de su hija de algo más que los buenos modales de la Belgrano Girl’s School, quienes marquen el hito fundacional del trabajo intelectual.
Desde este plano, toda masculinidad, incluida la de aquellos con los que Sarlo mantuvo un trato íntimo, queda recortada a la silueta de meros maestros circunstanciales de tal o cual saber, mientras que su propia femineidad no significa para ella nada en particular. Casi disculpándose por no darle al feminismo mayor trascendencia, Sarlo jamás le atribuye sus derrotas al propio sexo, “sino a mi ignorancia, mi torpeza o mi apresuramiento”.

Al hablar de maestros, y considerando que en No entender tampoco proliferan los nombres propios, vale la pena destacar el encuentro con la crítica literaria y profesora Susana Zanetti, a la que conoció a finales de los años sesenta en Eudeba.
Lo que Beatriz Sarlo aportó a la crítica argentina puede leerse en Escritos sobre literatura argentina o Una modernidad periférica. Pero solo en No entender se permite aclarar que, aunque pudo hacer su carrera en el extranjero, optó por no terminar definiéndose “como un tipo que hoy conozco bien: la latinoamericana que hace carrera en el Norte”. Es esta nota la que permite trazar un paralelo fugaz con otro libro con una sintonía semejante: Aquí América latina (2010), de otra gran crítica literaria argentina y emérita de la Universidad de Yale, Josefina Ludmer (1939-2016).
Autora de un ensayo excepcional sobre el género policial, El cuerpo del delito, Ludmer, cuya carrera terminó de forjarse durante más de una década en las aulas estadounidenses, pensó la literatura y el rol del intelectual con métodos opuestos a los de Sarlo. Parte de esas perspectivas antagónicas se trasluce en Aquí América latina, donde Ludmer, ya reinstalada en una Buenos Aires derruida por la crisis de 2001, también exploraba lo autobiográfico, pero en forma de diario. “Para entrar en la imaginación pública necesitaba más tiempo subjetivizado y me fui directamente a la literatura, a las ficciones que leía de noche, que eran algunas de las novelas que aparecieron en la Argentina entre marzo y noviembre del 2000″, escribe entre lúcidas intuiciones críticas y el conocido drama del desarraigo.
Lo curioso es que, como No entender, tampoco Aquí América latina, de repente disgregado en un exceso de academicismos que licúan la lógica personal del diario, logra transmitir un brillo a la exacta altura de su autora. Por supuesto, sería un error confundir estas similitudes y diferencias con un simple conflicto de egos o limitaciones del talento. De lo que se trata es de visiones diferentes del mundo, plasmadas en sus respectivas representaciones. Todos los buenos ensayistas son escritores, solía explicar Sarlo. Y en lo demasiado incierto de este tipo de memorias, por lo tanto, se perfecciona el retrato escrito a través de todos los otros libros.

No entender
Beatriz Sarlo
Siglo Veintiuno Editores
205 págs.
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