Voraz y melancólico: entrañable viaje frenético, con el sello Castiñeiras
Dos adjetivos por título, uno que promete acelerar las pasiones, el otro atemperarlas. En esa doble vertiente del exceso y la templanza se juega esta pieza, en la que aparecen rasgos reconocibles de su director: Toto Castiñeiras. Allí están sus precisas partituras físicas, la música en escena generada por los propios actores, su propuesta telúrica desde el lenguaje y otros elementos distintivos. El viaje frenético que se propone tiene la forma de un cuento clásico enmarcado en una bella propuesta espacial de Gonzalo Córdoba que entronca con las formas del teatro popular, con tela de fondo en la que se proyectan los capítulos del relato y una plataforma que arma un retablo ambulante dentro de la sala.
El cruce de un séptimo hijo varón apadrinado por el Presidente y una rubia, consumidora de pastillas y deseosa de ser reina del mate, echa a andar la acción. Los actores, como juglares, narran a público, entran y salen de sus personajes en forma frenética.
La obra apunta a lo estridente en sus formas, a armar desde la acumulación y en ese recorrido puede perder matices de a ratos o dificultar el seguimiento de la trama, como si lo voraz dejase chiquito a lo melancólico. De todas formas, la entrega de los actores suple estos problemas. Con técnica y precisión, Micaela Rey e Ignacio Torres encabezan, dan vida a un lobizón y una rubia que traen un hambre atávica, capaz de llevarse puesto todo lo que se les cruce. En los momentos en los que Voraz y melancólico se permite respirar, estos personajes y su mundo se vuelven entrañables.
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