
Un mito para despedir el siglo
"Mythos. Ritual para el siglo breve", con textos del Odin Teatret, basado en poesías de Henrik Nordbrandt. Intérpretes: Kai Bredholt, Roberta Carreri, Jan Ferslev, Tage Larsen, Iben Nagel Rasmussen, Julia Varley, Torgeir Wethal y Frans Whinter. Diseño de luces: Jesper Kongshaung. Director musical: Frans Winther. Dramaturgia y dirección: Eugenio Barba. En el Centro Cultural San Martín. Nuestra opinión: muy bueno.
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Los propuestas de Eugenio Barba y el Odin Teatret son, por un lado, un viaje al intelecto; por el otro, un estímulo a las sensaciones puras, alejadas de un proceso racional. "Mythos. Ritual para el siglo breve" no escapa de estas características.
La historia, ubicada entre 1917 (año de la Revolución Rusa) y 1989, (la caída del muro de Berlín) _continúa en este fin de milenio con el conflicto serbio_, rescata la figura de Ghuilhermino Barbosa, un soldado brasileño que persiguió en 1925 un ideal revolucionario.
En la primer escena se plantea su velatorio, al que asisten personajes trágicos y mitológicos que siempre están rondando los imaginarios estéticos: Edipo, con su ceguera a cuestas, deambula en busca de un destino que le sigue siendo esquivo; Medea, que no puede escapar de los fantasmas de sus hijos; la pobre Casandra, vidente, que de tanto anticipar desastres no atinó a ver su malogrado fin; Dédalo, que sigue lamentando la muerte de Icaro con sus alas artificiales abatidas; Orfeo y Sísifo, cada uno con su castigo después de haber conocido los oscuros recovecos de los infiernos, y finalmente Ulises, que no puede evitar el comentario mordaz sobre las ambiciones y pretensiones del joven idealista, y de la mayoría de los hombres, de intentar cambiar el mundo.
Estos son los respetuosos asistentes que encuentran propicia la ocasión para contar sus propios dramas y demostrar que son una constante trágica a través de los siglos. Todos, de una manera u otra, están relacionados con la violencia, la guerra, la muerte y la destrucción del hombre.
Allí, en esa narración de desastres, los mitos se incorporan a la historia y se convierten en nítidos reflejos de una realidad que cobra hoy mayor actualidad. Hasta aquí el planteo. El tema es cómo se cuenta, y ésa es otra historia.
La fuerza de la imagen
La puesta de Eugenio Barba está al servicio de la imagen, y el texto, eminentemente poético, es un percutor sonoro que golpea el entendimiento y la emoción, mientras las acciones transcurren en un laberinto de códigos, que invitan a ser traducidos, y de símbolos, que claman por ser interpretados.
Cada elemento de la escenografía es una galera de mago del cual emergen elementos que dan vida a otros objetos y la escena se va modificando imperceptiblemente a la vista del espectador. Una mesa se transforma en dos atalayas; la corona de laurel se deshace en una gigantesca víbora, que se extiende amenazadoramente, para elevarse y asumirse como una gran guirnalda. El camino de grava ya es un río de piedra, ya el laberinto de Minos o un campo sepulcral donde florecen las lápidas.
Resultó contundente el despliegue de manos cortadas _una visión aterradora_, que Barba rescató de la historia de los indígenas onas y de los negros africanos, que sufrían mutilaciones como una forma de castigo. En esas manos, palmas clavadas, en actitud de rezo o suplicantes, se reproducen los muertos por violencia de todos los tiempos.
Como éstos hay numerosos ejemplos que sería extenso enumerar, pero sí es preciso destacar el valor dramático de la música (un tema de Daniel Biglietti y "La Internacional") que se reproduce con instrumentos, con la voz humana en armónicos contrastantes y, además, con la incorporación mágica de los sonidos de la materia inerte, con efectos de difícil explicación.
Tampoco se puede reproducir en palabras la potente incidencia de la luz, con focos laterales, sobre las imágenes para generar sugestivos contrastes y acentuar la teatralidad.
Finalmente, la actuación del grupo, mucho más compacto que un elenco, presenta un trabajo impecable en la composición de los personajes y en la elocuencia de sus parlamentos, algunos hablados en castellano y otros en danés, además de dejar en evidencia el rigor de un entrenamiento que escapa de los márgenes de unos simple s ensayos. El resultado es un acierto tras otro.
Todo esto moviliza las sensaciones, perturba la observación distante y hace resignar al entendimiento de la búsqueda obsesiva de significados, que no importa mucho más de lo que perciben los sentidos.
Claro que es mucho más satisfactorio cuando se puede descifrar un enigma dramático, que a lo mejor tiene su origen en la elocuente pluma de Homero o en la fértil imaginación de los trágicos griegos.
Es una tarea para el espectador.




