Una historia cargada de sorpresas
Ana María Cores demuestra una gran ductilidad, hábilmente dirigida por Lía Jelín
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Canción de cuna para un marido en coma, de Roberto Lumbreras Blanco. Dirección: Lía Jelín. Intérprete: Ana María Cores. Iluminación: Alejandro Le Roux. Diseño de escenografía y vestuario: Alberto Bellatti. Asistencia de dirección: Silvina Rodríguez. En el Teatro Nacional Cervantes. Sábados, a las 19, domingos, a las 18.30. Duración: 70 minutos.
Nuestra Opinión: buena
La escena es de un fuerte patetismo. Un hombre en coma reposa en una cama y Verónica, la mujer, a su lado, le habla, aun sabiendo que él no está escuchándola. El relato al comienzo resulta extraño: ¿qué lleva a esa señora a ingresar en esa situación próxima al delirio? A medida que la acción avanza, el espectador reparará en que ese discurso esconde una necesidad: la de sincerarse con ella misma mientras repasa aspectos oscuros de su vida. Algunos motivados por la necesidad y la desesperanza que le ha provocado la enfermedad del marido, y otros por puro despecho de mujer engañada. Su esposo mantenía relaciones con otra mujer.
El texto de Roberto Lumbreras Blanco posee una intriga muy interesante. En cada pequeña situación la mujer va develando una nueva realidad y sorprenderá a la platea. En la suma, esas sorpresas posibilitarán también una reflexión. Hay quienes podrán comprender y perdonar las actitudes de esa mujer, mientras que otros las rechazarán de plano y hasta podrán cuestionarla con fuerza.
Lía Jelín ha conducido a Ana María Cores de manera muy minuciosa. En cada situación la intérprete encontrará la forma de sostener dramáticamente el relato, ya sea desde el propio discurso o la pura acción. Sus imágenes internas, en muchos momentos serán muy potentes, y así el espectador entrará en el juego con facilidad. Cores, por su parte, muestra una gran ductilidad y pasará del dolor a la ira con breves escalas en las que aparecerá la risa. Su Verónica resulta una mujer fatal herida en profundidad que se venga o aprovecha las circunstancias para seguir viviendo, según el costado desde el que se lo mire, siempre y cuando quien observa desea juzgarla.
La escenografía de Alberto Bellatti y la iluminación de Alejandro Le Roux resultan muy efectivas, sobre todo si se tiene en cuenta que el espectáculo se concreta en el Salón Dorado del Cervantes, un ámbito difícil de resolver, pero que para esta propuesta parece el ideal.
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