
Un caso policial que llega al escenario
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"El Petiso Orejudo." Autor y director: Julio Ordano. Intérpretes: Pablo Iemma, Enrique Iturralde y Nilda Raggi. Ambientación y vestuario: Rolando Fabián. Música original: Sergio Vainikoff. Iluminación: Julio Ordano. Asistente de dirección: Karina Hepner. En El Vitral (Rodríguez Peña 344). Funciones: viernes, a las 21.
Nuestra opinión: bueno.
Uno de los casos policiales más inquietantes que registra la historia criminal en la Argentina, a comienzos del siglo XX, es el referido a Cayetano Santos Godino, un joven que a los 16 años fue juzgado, condenado y finalmente confinado a la cárcel de Tierra del Fuego. Había asesinado a varios menores, y sin motivos concretos, en apariencia. Los aberrantes asesinatos conmovieron profundamente a la sociedad de su época y por años ese hombre quedó marcado con el nombre de El Petiso Orejudo.
Llegar a definir las motivaciones que lo llevaron a tornarse un criminal sin duda resulta más que interesante para los investigadores policiales y también para los psicólogos. Además, termina resultando un personaje de gran atractivo para subirlo a un escenario y desde allí exponerlo a la comunidad. La conducta de ese pequeño ser, de gestos y actitudes sumamente sensibles y conmovedores, hacía todavía más difícil la explicación sobre los hechos que cometía, a la hora de analizar lo que sucedía en su mente cuando la violencia se apoderaba de él.
Cruda exposición
Julio Ordano, en tanto dramaturgo, opta por tomar a ese personaje y exponerlo crudamente en escena. No lo juzga ni lo condena. Simplemente lo muestra, y hasta en sus aspectos más íntimos. A la vez, lo hace jugar situaciones con diferentes personajes, y todos ellos ligados con el tiempo de su encierro. Policías, médicos, maestros, compañeros de cárcel y hasta el director del penal aparecerán en acción para intentar definir un poco más el mundo en el que El Petiso Orejudo se desarrolló, cuando la sociedad se enfrentó con la realidad de sus actos violentos. También, claro, aparecerán datos difusos de una infancia llena de sinsabores. Tanto, que hasta no resulta complejo encontrar en ella algunos resabios válidos como para justificar los acontecimientos posteriores en la vida de este ser.
En esa suma de personajes secundarios, el espectáculo pierde su tensión. Y es que, en realidad, cada uno de ellos no aporta grandes cosas al recuento de acontecimientos que atraviesan por la vida del prisionero. Además, cada aparición es muy breve, y no hay tantas diferencias entre ellos. Simplemente confirman el interés de un mundo exterior que intenta explicar por qué alguien puede perturbar, y tanto, el orden social establecido.
Resulta muy atractiva la interpretación de Pablo Iemma en el rol del Petiso. El actor profundiza en el interior de su personaje tratando de descubrir alguna motivación lógica que lo ayude a sostenerse, y en sus gestos, en sus actitudes, aparece mucha verdad. Es, además, muy fuerte la transformación corporal que va logrando al cabo de la representación.
Enrique Iturralde y Nilda Raggi aportan buenos momentos, aunque sus intervenciones sean pequeñas. El primero consigue afirmarse sólo en algunos de los tantos personajes que debe recrear y, por ejemplo, logra fuertes resultados cuando se transforma en el director de la cárcel. Raggi, sobre todo, acierta al aportarle determinadas señales a esa hermana que lee cartas y no las responde.
Aunque con desniveles en su dramaturgia, "El Petiso Orejudo" aporta una fuerte mirada sobre un hombre de nuestro pasado. Cada espectador tendrá la posibilidad de comprenderlo o de desestimarlo, pero, tal vez, nunca podrá olvidarlo.
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