Un almuerzo argentino: la grieta política se mete en la mesa familiar
Libro: Bernardo Cappa / Elenco: Trinidad Asensio, Josefina Balmaseda, Juan Manuel Charadia, Gabriela Dey, Amilcar Ferrero, Pablo Fetis, Nicole Kapñan, Federico Lozano y elenco / Dirección: Bernardo Cappa / Sala: Hasta Trilce, Maza 177 / Funciones: domingos, a las 13 / Duración: 90 minutos / Nuestra opinión: muy buena
El tema de la familia disfuncional es uno de los tópicos más elegidos por el teatro porteño contemporáneo. Y más allá de lo que se pueda discutir acerca de ese tema (¿qué significa la familia disfuncional y si existe alguna que no lo sea?), ha acompañado el desarrollo dramatúrgico y escénico en las últimas dos décadas al menos.
Bernardo Cappa con su última producción, Un almuerzo argentino, se mete en esta tradición contemporánea, pero, fiel a su estilo, la subvierte a través de la ridiculización extrema, por un lado, pero también gracias a la inserción en un contexto ideológico muy específico que le permite discutir la historia y, de ese modo, tomar postura sobre el presente, siempre con humor, con mucho humor.
Es la representación de una típica familia de estas tierras, con pasta y tuco de por medio. Cappa desde la dramaturgia, y asistido brillantemente por la escenografía y el vestuario, nos lleva a mediados de siglo XX para representar aquella "grieta": la del peronismo y el antiperonismo, pero no en la sociedad en sí, sino en el interior de una familia específica. Dos hermanos, uno rico y extranjerizante, otro trabajador y endeudado. Un compromiso será la excusa para que la familia se reúna y logre resolver su conflicto; pero la solución parece estar lejos, y a medida que transcurre la obra todo se va a ir complicando un poco más, puesto que la ideología se impone, en uno y otro lado de la grieta. El maniqueísmo que conduce la discusión es visto todo el tiempo con cierta distancia por parte del autor y director hasta que de pronto, y sin adelantar nada específico, todo el sistema histórico construido estalla y el espectáculo, a través de diversos guiños melodramáticos específicos, pega un giro sumamente particular y hace que todo el verosímil trabajado ingrese en otra dimensión.
Cappa conduce la escena con la maestría dramatúrgica que también posee y hace que sus actores puedan ubicarse a mediados de siglo sabiendo que toda esa parodización melodramática acabará por reconfigurarse para alcanzar su verdadero objetivo. Para el público la escena no opera en la distancia, ya que en este almuerzo tan singular hay un protagonista ineludible: una platea que al tiempo que se sirve de alguna empanada es el destinatario directo de ciertas confesiones.
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