
Sallinger
Una pieza inspirada en las obras del escritor norteamericano, con la impronta de Koltés
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Dramaturgia: Bernard-Marie Koltés / Escenografía y dirección : Paul Desveaux / Intérpretes: Lucrecia Capello, Roberto Castro, Martín Slipak, Ana Pauls, Celine Bodis, Diego Starosta, Luciano Lifschitz y Francisco Lumerman / Iluminación: Gonzalo Córdoba / Vestuario: Julio Suarez / Música: Vicente Artaud / Sala: Casacuberta, Teatro San Martín / Duración: 140 minutos.
Nuestra opinión: muy buena
Bernard-Marie Koltés era un admirador confeso del escritor norteamericano Jerome David Salinger. De modo que cuando Bruno Boëglin le encargó escribir una obra teatral inspirada en las novelas y cuentos de ese autor, abordó con entusiasmo su ejecución, que terminó en 1977, año en que la estrenó en Lyon. Las conexiones con el universo narrativo de Salinger son notorias en este texto de Koltés, comenzando por su título al que, sin embargo, el dramaturgo francés le agrega una "l" para dar una pista inicial de que lo suyo no es una mera adaptación sino una recreación con impronta propia.
La pieza comienza frente al mausoleo de un cementerio donde han enterrado a un joven que se suicidó en la víspera. Era alguien al que denominaban "El Colorado" (Le Rouquin en el original). El suceso remite de inmediato a Seymour Glass, el personaje de ese maravilloso cuento de Salinger que es "Un día perfecto para el pez banana", aunque Koltés lo presenta con rasgos diferentes y dice que peleó en Corea, no en la Segunda Guerra Mundial. De ahí en adelante seguirán otras intertextualidades que el buen lector de Salinger descubrirá rápidamente.
Lo extraordinario de esta reescritura es que Koltés, a pesar de nutrirse de una fuente literaria, logra un texto de muchísima fuerza teatral, en el que ya se comienza a notar su esfuerzo por expandir los límites de la estructura teatral más tradicional. Aún no ha llegado a la densidad poética de En la soledad de los campos de algodón , La noche justo antes de los bosques o Roberto Zucco (las obras que lo consagraron y que ya tuvieron alguna versión en la Argentina), pero el lecho de su estilo realista comienza a ser penetrado por la intensidad del lenguaje expresionista y onírico.
Por lo demás, Sallinger ya contiene ese núcleo irreductible de humanismo insomne y desgarrado lirismo que Koltés ha expuesto en toda su obra respecto de los duros estigmas que abisman la existencia humana: la soledad, el racismo, las situaciones de injusticia, la violencia, el horror de la guerra. El monólogo de Al, el padre de El Colorado y de Leslie, con su resignado beneplácito a la inmolación que la sociedad norteamericana hace de sus hijos, generación tras generación, en el altar de la guerra, es uno de los alegatos más conmovedores -por contraste- que se hayan escrito contra el espíritu belicista de ese país. Algo que, sin dudas, está también en la narrativa salingeriana.
Sin ser una Nueva York abstracta, como plantea Koltés en su texto, la puesta de Paul Desveaux trabaja sobre ciertas iconografías que más bien simbolizan aspectos reconocibles de la ciudad, como ese automóvil plantado en el costado de la escena. O la atmósfera más bien grisácea de las primeras escenas que, gracias a la iluminación siempre creativa de Gonzalo Córdoba, parecerían acercarse a las tonalidades del blanco y negro de las fotografías de Robert Frank. Más blanco lunar es el interior del mausoleo. El living con ventanas por donde se ven pasar chicos tiene, en cambio, reminiscencias de los cuadros de Edward Hopper.
En la dirección de actores, Desveaux alcanza también altas cotas. En primer término, hay que hablar de Lucrecia Capello y Roberto Castro, dos fogueados artistas que, con un impecable y transparente manejo de la dicción, transforman sus monólogos en verdaderos ejemplos de sutileza interpretativa. En el elenco más joven, descuellan por la vehemencia de su entrega Martín Slipak y Ana Pauls. Muy atractiva también es la alocada composición que Céline Bodis hace de su Carola. El director ha logrado, en este sentido, que la efusividad de lo verbal vaya acompañada en esas interpretaciones por un ritmo a veces vertiginoso, pero siempre claro, sin empastes.
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