Rodolfo Bebán: el restaurador de la escena
El actor vuelve a personificar a Juan Manuel de Rosas, a quien ya había hecho en cine en 1972. Ahora será el protagonista de "El sable", de Pacho O´Donnell, sobre los últimos años del controvertido personaje
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Después de algunas temporadas de estar casi ausente de la actividad teatral porteña, Rodolfo Bebán regresa a las tablas y lo hace con un personaje conocido por él, Juan Manuel de Rosas. Esta controvertida figura de la historia política argentina, cuya vida desanduvo en la película "Juan Manuel de Rosas", en 1972, lo obliga a reconocer al personaje de otra manera. La obra "El sable", de Pacho O´Donnell, se ocupa de los últimos días de Rosas, durante su exilio en Inglaterra, rodeado de fantasmas y en franca contradicción con su gente y sus propios actos de vida y de gobierno.
La pieza se estrenará el jueves en el Payró, con dirección de Daniel Marcove, y un elenco que integran Jessica Schultz, Juan Vitale, Fito Gianelli y Cecilia Andrada. Cada uno de ellos, desde las sombras, dará vida a personajes que marcaron, de distinta manera, la vida de Rosas.
En un alto del ensayo, Rodolfo Bebán se muestra sumamente complacido por formar parte de este "desafío", como él lo llama. Le gusta interpretar a estos hombres tan emblemáticos dentro de la historia nacional. Y hasta encuentra en el diseño de este Rosas, de O´Donnell, algunos puntos de contacto con el Dorrego de David Viñas, que protagonizó en el Teatro Nacional Cervantes a fines de la década del 80. Ambos son descriptos dentro de un marco de delirio que, sin duda, les aporta más contundencia a sus personalidades. Y esto al actor le importa, en este momento. "Es lo que quiero hacer ahora -dice-, si me hubieran propuesto participar de un repaso histórico no lo haría. Ya lo hice. Mal, pero lo hice." Y sonríe mientras dice esto. E inmediatamente destaca: "Es necesario dejar algo bien en claro. Este es el último momento de Rosas, cuando se enfrenta con algo terrible: su conciencia. Acá nadie lo acusa o lo defiende. Está solo con sus fantasmas: su madre, la hija, la esposa, Urquiza, Quiroga. Ellos se hacen presentes en la peor etapa de su vida, cuando está próximo a morir".
Pero hay unos antecedentes que el actor tiene bien en cuenta a la hora de la construcción del personaje: qué sucede con esos hombres que han alcanzado un grado superlativo de poder y que de buenas a primeras son arrancados de ese dominio y trasladados al exilio y a la vez custodiados. "Supongo que los ingleses no lo deben haber dejado ir por si resucitaba", dice en broma. "Esa vida debe de haber sido terrible, o quizá no - reflexiona el actor-. Nadie lo sabe. Nuestro autor, por lo pronto, lo muestra en una interesante zona de padecimiento. Siento que ese final también tiene algo de liberación. La muerte ayuda a eso. Y a la vez existe la posibilidad de que un individuo con tanta carga tenga, de pronto, la visión de que nada es tan malo sin el poder."
-Hay una frase muy contundente, cuando Rosas le dice a su madre: "Me he parecido tanto a Dios, que él, celoso, me arrojó a estas islas del infierno a cumplir mi condena".
-Pero en esta versión, él satiriza sobre eso. Lo importante es la relación que tuvo con su familia, sobre todo con su madre. Se da un rompimiento con ellos cuando tenía 16 o 17 años; entonces se lo acusó de tener relaciones con los indios. En algún momento, en la obra le dice también a la madre: "Usted me enseñó a ser fuerte, a ser bravo, mientras aguantaba sus lonjazos sin quejarme".
-También rompe después con los que lo apoyaban. El autor hace mucho hincapié en la falta de apoyo de los Anchorena, los Unzué.
-Ese rompimiento, esa ingratitud, es sorprendente. Le fallaron todos sus amigos, sus manos derechas, como Urquiza, Pacheco, Lamadrid. Lo que debe de haber sentido este tipo con toda esa locura de poder. El único que le mandó un peso fue Urquiza. Es muy difícil ubicarse en la dimensión espiritual de este hombre. La carga que sentiría, la soledad...
-¿Qué dice Juan Manuel de Rosas hoy, en esta Argentina?
-No quiero caer en la cosa remanida de decir que nada ha cambiado. Pero de alguna manera Rosas demuestra que, en algunos aspectos, todo sigue igual. Cuando le habla a la cabeza de Marco Avellaneda, por ejemplo, a quien mandó a degollar -uno de los fantasmas que aparecen en la obra-, le dice: "¿Quién puede creer que un país con tanta vocación por la anarquía, un país que confunde libertad con desorden, republicanismo con guerra civil, puede ser gobernado por un manojo de papeles?". El famoso momento de la controversia sobre si iba a haber constitución o no. Y había muchos unitarios que no la querían. Eso de pronto da una sensación de vigencia. Pero no es lo mismo. Los momentos de hoy no tienen la espontaneidad que tenían en ese pasado histórico. Hoy todo es más político: entran en juego las negociaciones, las mezquindades. En esta versión histórica lo que hay que admirar es la autocensura de Rosas y ver que hubo enemigos de la Federación, enemigos personales como Lavalle, al que Rosas consideraba un "digno enemigo". Había una dignidad implícita en las dos posiciones y esto es destacable y a la vez es lamentable que no hayamos aprendido esto. Por eso, insisto, no es lo mismo este presente que aquel pasado.
-Hay un concepto del honor y aun de la patria que parece perdido.
-No, no se perdió: se ha cambiado. Sentir hoy exaltación por algo nacional que está pasando a uno le da vergüenza. Si estoy en una mesa con mis hijos, mis nietos, y tocan el Himno Nacional no me pongo de pie porque siento que me van a cargar. Y tengo que hacer algo, porque no puedo estar sentado, entonces me levanto y salgo de ese lugar. Pueden haber cambiado algunos parámetros, pero no se puede sentir tanto desapego. Es como renunciar a San Martín; yo no podría, no puedo renunciar a mi bandera, no puedo renunciar a las necesidades actuales del pueblo, porque entonces renuncio a lo que me enseñaron. Y en cuanto a la patria, fíjese qué extraño: no podemos entender lo que les pasa a los palestinos que están luchando, como dice Shakespeare, "por un pedazo de tierra que no alcanzará a abarcar tantos muertos".
-¿Le gustan los repasos históricos?
-Me gustan las cosas que no son tan testimoniales, donde la gente no se sienta asfixiada. Sí me interesa que asomen algunos hilos de cosas que están pasando, que pasaban y que en definitiva posibiliten algún tipo de síntesis. Es necesario establecer la diferencia: "esto pasó", "esto pasa". Lo que hacemos hoy lo hacemos desde una pobreza de espíritu, no digo franciscana porque estaría ofendiendo a los franciscanos, pero es lamentable. Y los argentinos, los seres humanos, no podemos perder eso, porque perdemos el hilo conductor.
-¡Qué dificil rescatarlo!
-Es difícil, pero creo que los pensantes, los que tienen capacidad para la política, para las letras, para las artes, tienen también la posibilidad de hacerlo más fácil.
Ausencia
Rodolfo Bebán reconoce que su ausencia de la escena porteña se debió simplemente a que "no se dieron las circunstancias, pero nada más. No me hicieron propuestas que me hayan provocado alegría". Pero no estuvo inactivo y sostiene que por ahora no lo estará. "Todavía estoy vivo -aclara - Cuando ya no pueda más seré solo espectador".
El año pasado, durante la temporada de verano, estrenó en Rosario, bajo la dirección de Manuel González Gil, una particular versión de "Cirano". "Se trataba de una versión para niños grandes que incluía marionetas gigantes, coreografías. Fue delirante, maravilloso. Manuel agregaba una especie de conductor de la historia que hacía a la vez de Cirano. Me gustó mucho hacerlo. Se respetaban las grandes escenas y tenía mucho humor".
Otro proyecto que estuvo a punto de estrenar en gira y que por el momento espera un mejor momento partió de una experiencia que realizaba en Radio El espectador de Montevideo, Uruguay. Allí tenía un micro en el que contaba historias breves de escritores latinoamericanos, en general poemas o prosas poéticas. Un amigo suyo, apoyándose en ese material, construyó una pieza para dos personajes, un locutor y una locutora. Las historias personales de ellos se van mezclando con la ficción que se narra al aire.
Pero por ahora su tiempo está dedicado a Juan Manuel Rosas. En "El sable" tiene una gran posibilidad, jugar, "hacer malabares -como le gusta decir -, dar un salto sin red".
Rodolfo Bebán reconoce que su ausencia de la escena porteña se debió simplemente a esto: "No se dieron las circunstancias, pero nada más. No me hicieron propuestas que me hubieran provocado alegría". Pero no estuvo inactivo y sostiene que por ahora no lo estará. "Todavía estoy vivo. Cuando ya no pueda más, seré sólo espectador."
El año último, durante la temporada de verano, estrenó en Rosario, con la dirección de Manuel González Gil, una particular versión de "Cyrano". "Era una versión para niños grandes que incluía marionetas gigantes, coreografías. Fue delirante, maravilloso. Manuel agregaba una especie de conductor de la historia que hacía a la vez de Cyrano. Me gustó mucho hacerlo. Se respetaban las grandes escenas y tenía mucho humor."
Otro proyecto que estuvo a punto de estrenar en gira y que por ahora espera un mejor momento partió de una experiencia que realizaba en la radio El Espectador, de Montevideo, Uruguay. Allí tenía un micro en el que contaba historias breves de escritores latinoamericanos, en general poemas o prosas poéticas. Un amigo suyo, apoyándose en ese material, construyó una pieza para dos personajes: un locutor y una locutora. Las historias personales de ellos se van mezclando con la ficción que se narra al aire.
Pero por ahora su tiempo está dedicado a Juan Manuel Rosas. En "El sable" tiene una gran posibilidad, jugar, "hacer malabares -como le gusta decir -, dar un salto sin red".
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