
Oscar Ferreiro: villano en TV y en teatro
Hoy estrena en el Centro Cultural de la Cooperación, El deseo bajo los olmos, la obra de Eugene O’Neill que marca el retorno a la dirección de Raúl Serrano. Dice que disfruta cuando le toca componer personajes malos porque "son el motor de la historia"
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La televisión le posibilitó en la última década algo muy especial: recrear personajes muy malos en dos tiras de muy buen rating que sin duda lo han marcado. Oscar Ferreiro, a fines de los 90, fue uno de los protagonistas de Ricos y famosos, en Canal 9, y en el último año en Montecristo , por Telefé, recreó a un ser poderoso y nefasto que inquietaba por la astucia con que jugaba con la vida del resto de los personajes.
Ferreiro estrena esta noche, en el Centro Cultural de la Cooperación, El deseo bajo los olmos , de Eugene O Neill, dirigida por Raúl Serrano, y con un elenco que integran Alejandra Rubio, Federico Amador y Nelson Rueda. Su personaje también aquí es duro. El actor lo califica como "un primitivo", y eso es lo que más le ha interesado de esta apuesta teatral que le posibilitará mostrarse ante el público desde otro lugar. "Los personajes de esta pieza no son especuladores -comenta-, dicen todo lo que piensan y esto conduce a una interpretación nada sencilla. Esta historia parece un melodrama pero se transforma en una tragedia."
El teatro, para Oscar Ferreiro, es un lugar muy conocido y placentero y que, si bien últimamente poco ha desarrollado, en su carrera ha disfrutado desde espacios casi opuestos. En su conversación con este cronista asoman dos extremos. Hace algo más de un año participó del elenco que interpretó No saludarán en el atrio, de Jorge Medina, "una comedia-comedia -cuenta el actor- en la que disfrutamos muchísimo". Pero un punto de quiebre muy trascendente en su carrera fue una experiencia que realizó a fines de los 60, comienzos de los 70, con Alberto Ure y Noemí Manzano, entre otros. "Aquello fue un verdadero taller. Todos veníamos de maestros distintos: Heddy Crilla, Carlos Gandolfo, y nos juntamos para «afirmar tuercas», decíamos; a experimentar a partir de lo que cada uno traía. Trabajamos durante dos años, seis horas diarias, y fue una experiencia extraordinaria. Empezamos haciendo Un hombre es un hombre y terminamos con una versión muy particular de Edipo rey. Después, lamentablemente, explotó la bomba", dice refiriéndose a los años de la dictadura.
En El deseo bajo los olmos , la obra de O Neill que ha estado ensayando, algo de su mundo privado de actor vuelve a asomar. "Es que me resulta mucho más placentero trabajar todo el tiempo en plano general, algo que en la televisión no sucede -aclara el intérprete-. Podés dar un estado de ánimo con el movimiento de un pie, por ejemplo. Además, tratándose de O Neill, tenés la posibilidad de mover músculos que jamás moverías en la tevé ni en el cine. Cuando uno trabaja en la televisión lo está haciendo con un texto que no tiene una fuerte elaboración; es imposible, los autores escriben cuarenta páginas por día. Ni O Neill podría hacerlo. Pero cuando te encontrás con este tipo de obras descubrís en los personajes una serie de aristas para trabajar que son muy importantes. También asoman más riesgos, claro. Podés equivocarte, hay tanto por abarcar, pero está Raúl Serrano dirigiéndote y él tiene tantos recursos, más la paciencia y la astucia de saber esperarte. El sabe cuál es el momento exacto para marcarte. Es un placer."
-En general, se lo está considerando el «hombre malo de la película», o de la televisión. ¿Cómo vive ese encasillamiento?
-Me encanta, me siento muy afortunado. En el mundo algunos actores son encasillados en ciertos roles y uno decide si, en verdad, está dispuesto a dejarse encasillar. Arranqué en la televisión haciendo galanes y ahora me llaman para estos papeles y me da gusto hacerlos, me divierto. El del melodrama es un campo muy amplio. Hitchcock decía que el melodrama es tan eficiente como eficiente es el retrato del malo. El malo siempre es el motor de la historia, el oscuro, el que se emborracha, el que se pone loco, el que traiciona, al que le pasan cosas. Me siento muy bien recreando a estos seres.
-¿Y le cuesta calzarse el traje de estos hombres?
-Me divierte. Mis compañeros en Montecristo me decían que les llamaba la atención que me divirtiera construyendo a ese personaje. Pero es así, a mí me gusta disfrutar de lo que hago. Para mí, la televisión es así: disfrute. Si uno se queda dormido y cree que sabe todo y se instala en un lugar del «yo sé cómo querés que lo haga» ahí vas a sufrir mucho. Toda disciplina que tenga que ver con lo artístico es muy divertida y, sobre todo, si te encontrás con directores como los que he tenido en televisión. Ahí lo pasás muy bien porque te acompañan en ese desafío diario de encontrar el punto exacto del personaje. Entonces, quieras o no, aparece la diversión.
-El padre que recrea en El deseo bajo los olmos también tiene su costado oscuro. ¿Tiene algún punto de contacto con los hombres que ha recreado en la TV?
-No, este hombre es un primitivo clerical de principios del siglo pasado, cuya verdad sobre el mundo la aprendió en la Biblia. No es un hombre de pensamiento propio. El personaje que hacía en Montecristo era un astuto, el dueño de la pelota, el que está detrás del poder en serio. Y el de O Neill es un iletrado que tiene como verdad esa granja. El no discute nada, las cosas son como las dice. Es un pobre tipo, en realidad, que cree que es mucho más de lo que es porque ha trabajado como perro 50 años en esa granja. Sobredimensiona lo que tiene. Digo esto y pienso en lo fácil que es juzgar a los personajes. Uno siempre lo hace, es inevitable. Como ya están delineados, escritos, los analizás y te parecen simples. Pero, en realidad, habría que estar en la verdadera piel de ellos para conocerlos en profundidad.
Un clásico del teatro norteamericano
- El deseo bajo los olmos fue concebida por Eugene O’Neill en 1924 y, como en otros textos producidos en esa primera época de dramaturgo, el autor se interesa por el rescate de un mundo familiar conflictivo que mucho se asemeja al propio.
La pieza se presentó por primera vez en la Argentina en la década de 1940 y el rol femenino estaba cubierto por Malvina Pastorino. También la obra posee una versión cinematográfica muy destacada. Con dirección de Delbert Mann, se estrenó en 1958 con el nombre Deseo bajo los olmos. Fueron sus intérpretes principales: Sophia Loren, Anthony Perkins, Burl Ives y Frank Overton.
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