El credo mítico de Antonin Artaud
La evocación de Antonin Artaud en la columna de la semana pasada ha provocado la curiosidad de algunos lectores que me piden mayores precisiones. ¿Qué es esto del Teatro de la Crueldad, y cuál ha sido la influencia del admirable y desdichado poeta francés (ya que en lo esencial Artaud fue un poeta, y no sólo del teatro) sobre las más avanzadas propuestas escénicas actuales?
Huelga decir que lo más sensato, para enterarse de qué se trata, es recurrir al texto de "El teatro y su doble", que hoy se encuentra en todas las librerías. Pero ésta es, entre otras cosas, una columna de divulgación; y como a su responsable le apasionan las teorías de Artaud, ha resuelto concederles un poco más de espacio. Sin olvidar, además, la importancia que esas teorías tuvieron sobre lo que fue vanguardia en los años sesenta del siglo XX y cuyo reflejo local tuvo su sede en el Centro de Experimentación Audiovisual del Instituto Di Tella (más sencillo: su departamento de teatro, dirigido por Roberto Villanueva). Por eso es que a los espectadores veteranos, como quien firma estas líneas, algunas supuestas audacias contemporáneas les suenan a algo ya visto, cuarenta años atrás.
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En carta a un amigo, fechada en París en 1932, Artaud explica de qué habla cuando usa la palabra crueldad: "? No la empleo en un sentido accesorio, episódico, por gusto sádico o perversión espiritual, por amor a los sentimientos singulares y a las actitudes malsanas, es decir, en un sentido completamente circunstancial; no se trata en absoluto de la crueldad como vicio, de la crueldad como brote de apetitos perversos que se expresan por medio de sanguinarios ademanes, como excrecencias enfermizas en una carne ya contaminada, sino, al contrario, de un sentimiento desinteresado y puro, de un verdadero impulso del espíritu basado en los ademanes de la vida misma; y en la idea de que la vida, metafísicamente hablando y en cuanto admite la extensión, el espesor, la pesadez y la materia, admite también, como consecuencia directa, el mal y todo lo que es inherente al mal, al espacio, a la extensión y a la materia. Y todo esto culmina en la conciencia y en el tormento, y en la conciencia en el tormento. Y a pesar del ciego rigor que implican todas estas contingencias, la vida no puede dejar de ejercerse pues, si no, no sería vida; pero ese rigor, esa vida que sigue adelante y se ejerce en la tortura y el aplastamiento de todo, ese sentimiento implacable y puro es, precisamente, la crueldad" (todas las citas en esta columna son de la excelente traducción de Enrique Alonso y Francisco Abelenda, Sudamericana, 2005).
Artaud recurre a "Lástima que sea una puta", de John Ford, como ejemplo de esa crueldad inherente al hecho mismo de existir. "El teatro esencial -dice- se asemeja a la peste, no porque sea también contagioso sino porque, como ella, es la revelación, la manifestación, la exteriorización de un fondo de crueldad latente (?). Como la peste, el teatro es el tiempo del mal, el triunfo de las fuerzas oscuras, alimentadas hasta la extinción por una fuerza más profunda aún."
De ahí también la repugnancia que sentía ante la escuela francesa de la elocución perfecta. "Los actores franceses -sostenía (se refiere a los de su tiempo)- ni siquiera saben gritar, lo único que hacen es hablar y hablar." Lo que hoy llamamos banda sonora -ruidos, gritos, sonidos improbables creados por los artefactos tecnológicos- era para él casi más esencial que el texto. Y si bien dedica admirables párrafos a la modulación de la voz, es evidente que prefiere los aullidos y los desgarramientos de las cuerdas vocales, y la expresión corporal antes que la palabra. "Crear mitos, tal es el verdadero objeto del teatro, traducir la vida en su aspecto universal, inmenso, y extraer de esa vida las imágenes en las que desearíamos volver a encontrarnos."
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