El caballero de la mano de fuego
Atractivo planteo escénico para volver a un clásico
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AUTOR :JAVIER VILLAFAÑE DIRECCION :DANIEL SPINELLI MUSICA: SANTIAGO CHOTSOURIAN (AUTOR); HORACIO SPINELLI, JUAN MANUEL BAYON Y ARAUCO YEPES L CON: MYANA CABRERA, ESTEBAN QUINTANA, MARIA JOSE LOUREIRO, JOHANNA MIZRAHI, PABLO DEL VALLE, ALEJANDRA CASTILLO, VALERIA GALINDEZ, FERNANDO MORANDO, ROMAN LAMAS, TITO LOREFICE Y SILVIA GALVAN (TITIRITEROS DEL TEATRO SAN MARTIN) SALA: TEATRO ALVEAR
Nuestra opinión: muy buena
Javier Villafañe representaba la obra en su retablo unipersonal. La traslación repentina de los títeres de guante, los momentos de declamación portentosa y las recurrentes chispas de humor deslizadas en los diálogos, involucraban al público en desesperados gritos de "¡Ahí, ahí está!" en las escenas de persecución, en risas cargadas de espontaneidad y en aplausos ante el triunfo final del caballero sobre el brujo y el diablo.
Retomar El caballero de la mano de fuego , sobre un escenario de boca ancha, con grandes muñecos de varillas y convertido en musical era sin duda un desafío mayúsculo. La dinámica iba a ser otra, y aun cuando difícilmente se encuentren espectadores infantiles que comparen con la versión original, había que ver si la estructura resistiría la nueva apuesta. Desde el arranque, el planteo resulta atractivo. Un conjunto de músicos sobre la izquierda del escenario abre la función con una obertura, en la que intervienen, avanzando sobre la tradición operística, las voces de los personajes, con los cantantes apostados sobre la derecha. Entre ellos se abre el juego de los titiriteros. La bella Trenzas de Oro es raptada del castillo por el brujo. El Caballero de la Mano de Fuego, a bordo de su corcel, tendrá que afrontar los poderes del malvado, y luego incluso la acción un tanto ambigua del mismísimo diablo, para poder rescatar a la bella sin perder el poder de seducción de su jopo rampante.
La proyección de sombras, que adquieren por momentos dimensiones agigantadas, interactúa con los títeres manipulados a varilla, introduciendo una dosis de miedo efectiva para tensar la cuerda de la trama. Tito Lorefice, experimentado titiritero devenido en voz cantante del protagonista, le otorga a su personaje una ingenua suficiencia de héroe un tanto inconsciente del peligro, pero muy convencido de su protagonismo.
Román Lamas le imprime por su parte la profundidad necesaria a los malvados en un juego, no perdiendo de vista el subrayado humorístico que le da finalmente el timbre de opereta, más allá de las diferencias musicales. La partitura audaz, exigente, compuesta por Santiago Chotsourián, pone en algún aprieto de dicción a la bella voz que le presta Valeria Galíndez a Trenzas de Oro. Pero la obra avanza sin dilaciones, a pesar de su reconversión a nuevos códigos, gracias también a la limpia manipulación de los títeres y la excelente preparación vocal de los titiriteros-cantores, responsabilidad de Magdalena León.
El Grupo de Titiriteros del San Martín reafirma así, en la puesta de Daniel Spinelli, su rol de vector innovador de la escena titiritera, tal como lo concibiera su fundador, Ariel Bufano, maestro de la generación que siguió a Villafañe. Y logra una salida superadora a la difícil cuestión de colocar la voz del títere de gran tamaño desde su manipulación a escena abierta. El mismo Bufano lo lograba con maestría, pero a la vez reconocía que era complejo de realizar con un elenco numeroso. Al redoblar la apuesta, separando la voz de la manipulación, a la vista del público, y transponiéndola en clave musical, se llega a un efecto logrado, en el que músicos y cantantes aportan también con su gestualidad ecos armónicos de la dinámica de los personajes.
Maese Trujamán, el gigantesco presentador de éste y otros espectáculos del Grupo -álter ego del mismo Bufano-, puede sentirse satisfecho.
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