
Canciones, humor y poesía
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"Dale que somos amigos." Espectáculo de música para niños sobre poesías de Elsa Bornemann, por el conjunto 5 Encantando, integrado por: Pamela Fuertes, Luz Rodríguez Ballester, Josefina Robla, Ariel Pawliska, José Toccalino. Músico invitado: Julio Clavijo. Arreglos vocales: Ariel Pawliska. Arreglos instrumentales: 5 Encantando. Vestuario: Mabel Falcone. Puesta en escena, coreografía y puesta de luces: Teresa Duggan. En el Teatro del Nudo, Corrientes 1551. 4373-9899. Entradas: $ 10. Sábados, a las 15, y en vacaciones, de lunes a sábados, a las 15.
Nuestra opinión: muy bueno
El humor está presente en el recital que parece apuntar a los muy chiquitos por el juego simple e inocente, con cierta picardía ingenua que se asoma tímidamente. Los chicos más grandes encuentran lo suyo en los temas y en la diversidad de los instrumentos.
Como suele pasar con los textos cantados, a menos que les sea enseñada una letra o un estribillo, los niños más chicos no saben mucho de qué se trata; de todos modos, se asocian al ritmo, a esa alegría que trae la música y que ellos festejan moviéndose.
En la selección de canciones para este espectáculo, participó la autora de los textos, Elsa Bornemann, y los poemas presentes son "Disparatario" (swing), "Soy un clavo" (milonga), "Novia electrónica" (ranchera mexicana, "Sueño de ropa tendida" (madrigal), "Mi pulpo con sarampión" (festejo peruano), "La ballena bebé" (samba-bossa nova), "Gato con relaciones" (gato), "Nana del Grendelín" (sonorización con copas de cristal), "Un día, una brújula" (chachachá), "Canción de cuna para dormir a un colectivo" (habanera), "La pava cantante" (dixie), "Dale que somos amigos" (murga).
La escenografía ambienta un colorido patio, y los músicos lo recorren buscándose y perdiéndose, mientras con sus instrumentos se asocian y disocian en melodías y contrapuntos, para desarrollar una constante articulación sonora.
Sueños de algodón
La luz desempeña un papel importante coloreando, enfocando, ocultando, mostrando. Hay breves momentos de una magia ingenua y tierna, cuando a los mariachis se les iluminan los trajes o aparecen las pavas silbadoras, y otros momentos que tienen un tímido atisbo de contar historias, con una soga de ropa tendida, el farolito callejero o la escoba mágica.
Tal vez al espectáculo le falte algún contraste y un nexo más fuerte entre las canciones, que provoque cierta tensión para ir esperándolas. Algo que no pareciera que les corresponde resolver a los músicos, que por momentos deben dividirse entre su oficio de tocar los instrumentos y esta nueva tarea de sugerir con la acción dramática. El hecho de que no siempre se escuchen con nitidez los textos hace difícil comprender si hay una historia en alguna parte.
Todo parece el suave algodón de los sueños, enormemente terso y grato, pero con riesgo de disiparse fácilmente. Está como envuelto en un clima de intimidad y ternura y también cierta lejanía, que hace que las imágenes propongan, insinúen, abran signos de interrogación, queden como suspendidas, se vayan despacio.
No debe entenderse por esto que el efecto del concierto se va. Es posible que luego de un tiempo no se lo recuerde en sus escenas y detalles, pero como la experiencia es auténticamente musical y entregada con buen nivel profesional, sigue despertando ecos y resonando en ese lugar donde la música, cuando lo es, suele alojarse como experiencia poética.
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