
Berkoff y sus auténticos decadentes
Un autor maldito convertido en clásico
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La pieza teatral Decadencia fue escrita por Steven Berkoff, en 1981, en tiempos en los que Margaret Thatcher reinaba en Inglaterra. Cuando Rubén Szuchmacher la estrenó en Buenos Aires el 13 de marzo de 1996, eran tiempos de la presidencia de Carlos Menem con su política del coqueteo con los habitantes de las Malvinas y la aplicación, sin medir costos ni consecuencias, de la misma receta neoliberal que Thatcher había representado en su momento.
El día del estreno de la obra en el Teatro San Martín, en este mismo diario se anunciaba que el tucumano Ramón "Palito" Ortega se había reunido con el santacruceño Néstor Kirchner con el objetivo de crear una línea dentro del justicialismo para competir contra el aparato partidario dominado por Eduardo Duhalde. Cosas de la política, años después, Duhalde, por necesidad o por urgencia, fue el que le abrió las puertas del partido a Kirchner. Meses después, el santacruceño se quedaba con el aparato, con el sello, con el sillón de Duhalde y con el poder real. Entonces, si todo se reacomoda de una manera que impresiona, ¿por qué dos actores y un director no podrían desempolvar, ingenuamente, a una puesta que en su momento fue un verdadero éxito? Sea por ése o por otro motivo, el trío compuesto por Ingrid Pelicori, Horacio Peña y Szuchmacher repusieron Decadencia el fin de semana pasado.
En la obra de Berkoff hay dos duplas: la que conforman Helen y Steve, señores de la alta sociedad, y Sybel y Les, sus opuestos y complementarios. En catorce escenas y en verso, el autor diseca con agudeza un mundo que conoce y padece. Decía la crítica publicada en aquella oportunidad: "Las líneas resuenan como copias de picarescas, pero emitidas en términos muy chic . Una y otra vez, después de decirse cosas terribles y crueles, los personajes se quiebran y piden de beber. A otra cosa: nada se ha dicho y nada ha pasado. Lo único que importa es seguir posando para el álbum de la eternidad".
Berkoff, de quien aquí también es conoció Kvetch y A la griega , presenta a Helen como una paquetísima dama borracha de exceso, impune, pero chic (detalle funda-mental). Ella es capaz de contar con maestría los mínimos detalles de cuando le practicó sexo oral a una de sus tantas personas de servicio sin perder nunca ese don de la elegancia. "¡Qué decadente, querida! Sencillamente, divino, fabuloso y raro sorberte al mozo con tu marido durmiendo al lado", acota Steve, apenas termina de escuchar el atrapante relato.
Ella, en la década del noventa de nuestro país, tranquilamente representaba a esa clase de mujeres embajadoras de lo impune que se sacaban fotos con tapados de visón y que apelaban al uso indiscriminado del Botox para construir una máscara que fue ganando adeptos; una máscara que -aparte de crisis económicas, cacerolazos y cierto maquillaje que apela a bajar el tono de exposición mediática desmedida- sigue ganando fieles porque de otra manera no se entiende que el consumo del Botox haya aumentado el año pasado un cuarenta por ciento.
En la obra, mientras ellos hablan, el filet mignon relleno de ostras, los relojes Cartier, los crêpes Suzette, las finas copas de champagne y el más exquisito caviar se transforman en sus fieles compañeros.
En medio de ese contexto, cuando estos personajes tienen que tomar partido, lo hacen sin rodeos. "Echémoslos a patadas. Paquistaníes, negros, irlandeses y moishes [...]. ¡No hagan un rancio infierno de nuestro feliz edén!", exclama él. En fin, con diferencias de matices, no muy distinto de lo que se oía en 1996 o lo que se oye hoy en relación con otras minorías.
Vigente como nunca
Quizás en esa decadente actualidad radique la excelente acogida que tuvo la obra la semana pasada aunque, a priori, uno haya tenido la impresión de que el trabajo ya anduvo por tantas salas durante tantas temporadas que ya no daba para más, que los años le pasaron por encima, que le haría falta acortarlo un poco o una infinidad de "etcéteras". Sin embargo, en Elkafka tuvieron que poner el cartelito de "no hay más localidades".
Claro que, para que todo esto tome cuerpo, no se puede obviar al trabajo de Ingrid Pelicori y Horacio Peña, genialmente geniales; la puesta de Szuchmacher, que casi no tiene variaciones de la original, y esa bofetada que es el texto de uno de los niños malditos de la escena británica que visitó nuestro país durante una de las ediciones del Festival Internacional de Buenos Aires.
En aquella oportunidad, en una entrevista publicada en esta sección, decía el autor: "El fin de siglo es como una montaña que la burguesía intenta escalar para plantar en la cima su pequeña, rota y sucia banderita. Lo que percibo es que hay un gran movimiento para revaluar el significado que tienen los valores en la vida del hombre. Existen sistemas alternativos, maneras más creativas de administrar el dinero. Creo que debemos concentrarnos en mostrar nuestra cara y decir «aquí estamos». Es nuestra gran oportunidad para no caer en la desesperación".
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