
"Amanda y Eduardo" es un verdadero duelo de actores
"Amanda y Eduardo", de Armando Discépolo. Con Carolina Fal, Analía Couceyro, Manuel Gil Navarro, Aldo Braga, Juan Palomino, María Socas, Marita Ballesteros y Dolores Fonzi, entre otros. Violonchelo: María Celia Sáenz. Música y diseño sonoro: Oscar Edelstein. Iluminación: Jorge Pastorino. Escenografía: Oria Puppo. Dirección. Roberto Villanueva. Duración: 120 minutos. Teatro San Martín.
Nuestra opinión: muy buena.
Amanda vive con un estanciero mayor que la mantiene. Eduardo, periodista con pretensiones de escritor, está casado. En realidad, está cansado de estar casado, agotado por la rutina de un amor que se torna casi un fastidio. A contramano de los mandatos sociales, se enamoran, se necesitan, se apasionan, se obsesionan uno del otro. Como se dicen reiteradas veces, se quieren más que a sus propias conciencias. De todos modos, con algunas cosas no pueden: la necesidad de Amanda de asegurarse un futuro perfecto para ella -y fundamentalmente para su familia- la convierte en una mujer que nunca podrá gozar de esa pasión.
El marco sociocultural le permite a Armando Discépolo, autor de "Amanda y Eduardo", señalar la necesidad de la clase media de alcanzar un bienestar tan esquivo en aquel principio de siglo pasado como los de esta aldea globalizada.
Estrenada originalmente en 1931, en este "idilio en nueve cuadros", el autor de "Babilonia" y "Mateo" profundiza en la psicología de los personajes femeninos. Son ellas las que llevan la voz cantante, sea en la debilidad o en la fortaleza de sus acciones. Y parecería que en la puesta de Roberto Villanueva, que acaba de estrenarse en el Teatro San Martín, también ese desnivel está presente entre el numeroso plantel actoral.
En esa línea, son Carolina Fal, Analía Couceyro y Marita Ballesteros las que llevan las armas de este melodrama. La Amanda que compone Fal posee dobleces, se escapa, se deja escapar, se deja abrazar en un juego de seducción permanente, esquivo, de mucha entrega. Por contraposición, el desparejo trabajo de Juan Palomino (como Eduardo) parece todavía más deslucido.
Sin desmerecer el trabajo de Fal, la labor de Analía Couceyro y de Marita Ballesteros (dos actrices con escuelas bien distintas) se llevan las palmas. En dos escenas que protagonizan por separado, estas dos intérpretes se convierten en lo más logrado y sabroso de este magnífico texto, representado literalmente como en el original.
En un momento, la criada (Couceyro) enfrenta a Amanda (Fal) en un juego erótico, casi sádico, en el cual el zigzagueante péndulo del poder va de un lado al otro. Couceyro hace despegar el texto hacia una zona de constantes vericuetos. Da la sensación de que hasta se ríe de su personaje, quebrando toda instancia melodramática con apenas una mirada, un gesto mínimo o un texto dicho en otro tono. Como cuando violentamente expulsa de la escena a Eduardo (Palomino), luego de una escena dramática generando una efectiva comicidad.
Por otra parte, Marita Ballesteros hace de Doña Flora, la madre de Amanda. En una escena, su personaje visita a la esposa de Eduardo (María Socas) para avivarla de que su marido anda con su hija. "¿Usted es ciega o la hicieron a propósito?", le dice sin ningún pudor, con toda su saña. En ese enfrentamiento, el personaje crece hasta llegar a una impunidad tal que no la hace reparar en nada. Frente a ella, la esposa llora y, mientras se toca el vientre, le dice: "Y yo, que no he querido darle hijos para no molestarlo". Una escena al mejor estilo "Todo por dos pesos", al mejor estilo de Alberto Ure en "En familia", de Florencio Sánchez.
Claro está que en los dos momentos señalados, del otro lado están tanto Fal como Socas que se convierten en efectivos contrapuntos para que los personajes de la criada y de la madre de Amanda puedan desplegar toda su riqueza. Un contrapunto que no sólo tiene que ver con un duelo actoral sino, básicamente, con un duelo de estilos actorales, de registros, de modalidades para encarar al texto. Un duelo en el cual Aldo Braga, como el estanciero, aporta su aplomo y experiencia.
Una fama equívoca
La paleta de Villanueva es tan amplia que en el claroscuro el texto alcanza una dimensión dramática de enorme riqueza. Y esto es algo que el talentoso director maneja a la perfección más allá de que tenga la fama (hecha correr por él mismo) de que no es un buen director de actores.
Especialmente, el director de "Almuerzo en la casa de Ludwig W." se tomó a pecho las indicaciones que el mismo Discépolo escribió en el prólogo de la pieza. Respetando la premisa de no reproducir una escenografía realista, el escenario de la sala está dominado por planos casi abstractos. Es más: gracias a la acertada iluminación de Jorge Pastorino y la escenografía de Oria Puppo, la escena final se asemeja a un gran tablero de ajedrez en el que los dos personajes centrales tienen su último encuentro en un juego laberíntico de pasiones cruzadas.
"Amanda y Eduardo" es una de las piezas menos conocidas de Armando Discépolo y poco tiene que ver con el grotesco, la impronta de este talentoso creador. En un acto de homenaje y de justicia, el Complejo Teatral de Buenos Aires supo rescatarla y dársela a un director de la talla de Roberto Villanueva. Un verdadero acierto.
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