Esta pieza, dirigida por Emiliano Dionisi, se puede ver de miércoles a sábado, a las 20.30, y los domingos, a las 19.30, en el Teatro San Martín
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Sansón de las islas. Autoría: Gonzalo Demaría. Dirección: Emiliano Dionisi. Intérpretes: Luciano Castro, Manuel Vicente, Vanesa Maja y Gonzalo Gravano. Cantantes: Constanza Díaz Falú y Fernando Ursino. Vestuario: Jorge López. Iluminación: Lucía Feijoó. Escenografía: Cecilia Zuvialde. Música original y dirección musical: Manuel de Olaso. Asesor en lucha: Javi Guerrero. Sala: Teatro San Martín (Corrientes 1530). Funciones: miércoles a sábados, a las 20.30, y domingos, a las 19.30. Duración: 75 minutos. Nuestra opinión: muy buena.
Parece distópico, pero sucedió. Las 24 horas de las Malvinas fue un programa especial emitido el 8 y 9 de mayo de 1982, por el canal ATC y con la conducción de Pinky y Cacho Fontana, dos figuras emblemáticas de aquel momento. Con el fin de recaudar dinero para el “Fondo Patriótico Malvinas Argentinas”, contó con la participación de numerosas personalidades que realizaron donaciones más la colaboración de la gente que llamaba por teléfono. Nunca pudo acreditarse que el millón y medio de dólares recaudado llegara a los pibes de 18 años que la dictadura mandó a la desolación y la muerte, en una guerra que nunca tendría que haber existido.
En ese contexto trágico, histórico, irreversible, el autor Gonzalo Demaría ubica a su héroe, un luchador de catch, disciplina “mitad boxeo, mitad teatro” donde dos fuerzas opuestas, el Bien y el Mal, se enfrentan cara a cara en el ring. Pero Sansón -el nombre artístico- ya había agotado su cuota de gloria. Está grande y renguea por un accidente en una pierna del que no se recuperó. El Coronel Garmendia, sin embargo, apela a la pasada popularidad del luchador y lo convoca para este acto público. Lea, la mujer de Sansón, lo alienta porque deben dinero al banco y están a punto de perder la casa gracias a la circular 1050 del ministro Martínez de Hoz (otro dato puntual que atraviesa la obra).
Y si un ídolo del fútbol como Osvaldo Ardiles había aceptado colaborar, quién era él para negarse, se pregunta Sansón. En ese límite vital, a modo despedida y por los pibes de una guerra en la que no puede luchar, Sansón se sube al último reto, el de enfrentarse a Jorgito, un joven y entrenado oponente “ahijado” del Coronel. Pero el duelo se complica porque el Bien y el Mal suelen cambiar de máscara y la pelea tendrá otro desenlace, fuera de lo supuestamente pactado.
Un gran portón en el fondo por el que se entra y sale a una especie de playón pelado, -“insonorizado”, dice Garmendia-, un espacio desangelado donde el militar recibe a Sansón y a Lea, donde intercambian sus acuerdos y donde Jorgito entrena con Sansón mientras le confiesa su admiración infantil. Los personajes no son crípticos, muestran sus perfiles con claridad, saben lo que quieren y se necesitan, aunque con desigual poder de negociación: regreso honorable y tranquilidad económica, un rápido salto a la fama, blindar al gobierno a cualquier precio, utilizar a artistas populares para lograr consenso en medio del desastre.
A pesar de la incomodidad que genera este “acuerdo” dispar, a pesar de la amargura, el tono de los diálogos se acerca a la comedia, con trazos de humor como, por ejemplo, la referencia a las compras de la pareja en Miami o los prejuicios de Garmendia que le impiden darle la mano a una mujer. La tragedia se filtra en un segundo plano, el de la ópera Tosca, de Giacomo Puccini, traída a cuento por el militar que confiesa su lado sensible: es capaz de lagrimear ante el melodrama musical. El personaje Tosca, una artista que ruega ante el policía villano por la vida de su amado, es equiparado al de Lea, la negociadora, la que da la cara y pide por su Sansón. A su vez, se superpone otra capa trágica. Los dos cantantes líricos, la soprano Constanza Díaz Falú y el contratenor Fernando Ursino, que interpretan fragmentos de la ópera, aparecen con un vestuario icónico: ella, con un pañuelo en la cabeza; él, con traje y anteojos oscuros.
Si hay dos luchadores, tiene que haber pelea. Y la hay, la épica final entre la primera y la última oportunidad, entre el triunfalismo y la resistencia. El portón se abre, aparece el ring y los dos combatientes personificados al estilo Titanes llevan a cabo sus tomas y volteretas mucho más cerca del boxeo que del teatro: la elección trágica arrastrará consecuencias.

Si bien es el debut de Luciano Castro, a los 50 años, en el teatro San Martín, no es la primera vez que el actor trabaja con el dramaturgo y actual director del Teatro Nacional Cervantes. En 2004, se conocieron en Lo que habló el pescado, que escribió y dirigió Demaría, y la conexión continuó con otras obras como Pequeño circo casero de los hermanos Suárez (2015), en el Centro Cultural San Martín, que dirigió Luciano Cáceres. Por otro lado, Castro conoce desde adentro el mundo del boxeo y llevó ese background al escenario: en diciembre, estrenó en Mar del Plata su primer unipersonal, Caer (y levantarse), sobre un boxeador en crisis. Y toda esta experiencia cobra vida en Sansón, un personaje que resulta difícil imaginar, después de ver la obra, en otro cuerpo.
Un gran papel el de Lea para la gran Vanesa Maja, el corazón de la obra; el Garmendia de Manuel Vicente tiene el doblez y la potencia de lo no dicho que este actor sabe explotar; y el joven Gonzalo Gravano (participó dos años en Combate, un programa de competencia en Canal 9, y después actuó en el off) le da a Jorgito frescura y honestidad aunque falta cierta dosis de erotismo.
Una vez más, el director Emiliano Dionisi se destaca en la conducción de actores y en la contundencia que otorga a sus obras al volverlas empáticas, cercanas, comprensibles ante esos dolores que nunca se acaban aunque cambien de máscaras.
Un detalle técnico referido a las escenas en que coincide el canto con el diálogo: las voces de los cantantes dificultan la escucha de los personajes, algo que, sin duda, se solucionará con el correr de las funciones.
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