Poética y realidad
Compañero del alma / Libro: Adriana Genta y Villanueva Cosse / Intérpretes: Lola Banfi, Verónica Cosse, Diana Kamen, Julieta Puleo, Nilda Raggi, Gustavo Bassani, Juan Manuel Correa, Pablo Di Croce, Jorge Lozada, Mario Petrosini y Gabriel Schapiro / Música: Jorge Valcarcel / Vestuario: Daniela Taiana, Eliana Di Bussolo y Lidia Benitez / Iluminación: Leandra Rodríguez / Producción: Pablo Silva y Tony Chavez / Dirección: Villanueva Cosse / Duración: 100 minutos / Sala: Centro Cultural de la Cooperación, Corrientes 1543 / Sábado, a las 21, y domingo, a las 20 / Nuestra opinión: muy buena.
La obra Compañero del alma, una propuesta teatral poética y musical escrita por Adriana Genta y Villanueva Cosse sobre Miguel Hernández, recorre la vida y la obra de este humilde pastor de cabras que nació en 1910 en Orihuela, de este poeta intenso, de este militante que combatió en la Guerra Civil Española y murió como preso político a los 31 años. Un ser inolvidable para quienes lo conocieron y contaron su historia para esta obra testimonial que dirige Villanueva Cosse, y que se gestó a partir de entrevistas con allegados al poeta, entre ellos, su viuda, Josefina Manresa.
El eje de esta pieza que se reestrena luego de 30 años es la vida de Hernández (protagonizado por Juan Manuel Correa), un ser tan fecundo como contradictorio, que enfrentó los desafíos que su tiempo le planteó.
La historia está conformada por tres fuentes: la dramática, compuesta por los diálogos que recrean en tiempo presente la vida de Miguel; la lírica, es decir la poesía y las canciones, que llegan cuando la palabra parece no alcanzar, y la fuente épica-narrativa, que es la de los testigos. Allí aparecen la intelectual Carmen Conde, que lo conoció en la universidad; los cabreros, que lo mencionan como un amigo tozudo, y Josefina, su viuda enamorada. Ella es la que más da cuenta del dolor de la pérdida. De hecho, la puesta va hacia el pasado y avanza hacia el futuro con el foco puesto en la vida del poeta desde un punto de vista metafísico. El personaje que lo movilizó a volver una y otra vez de Madrid a su pueblo fue Josefina. Y la estrategia del director fue desdoblarla en dos actrices, lo que permite presentarla como "el rayo que no cesa", título de uno de sus libros.
Ella sufre la ausencia de Miguel como esa pesadumbre que no se va. En un tramo de la obra, la Josefina que recuerda (protagonizada por Verónica Cosse) mira a la Josefina joven (Julieta Puleo) abrazada a Miguel en un breve encuentro que tuvieron durante la guerra. Mientras la Josefina del recuerdo contempla esta escena, recita el poema: "Pintada, no vacía:/ pintada está mi casa/ del color de las grandes/ pasiones y desgracias". Así se establece un diálogo entre el recuerdo poetizado y la realidad del presente que viven los jóvenes esposos. El poema no funciona como un mero acompañamiento lírico, sino que sostiene una de las varias escenas dramáticas que componen la obra.
Esta pieza teatral transcurre en numerosos ambientes: físicos, metafísicos, actuales y de conmemoración. No hay escenografía capaz de contenerlos. Las actuaciones provocan en la imaginación del espectador lo que necesita para completar la escena prescindiendo del decorado.
La energía que movilizan los actores es encantadora: con actuaciones intensas logran que en esa ceremonia no haya seres pasivos. El público viaja por la vida de Miguel. Así se transmite su idea sobre la poesía, una actitud viva, un modo simple de expresar sentimientos muy profundos.
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