
Pichuco, ese personaje entrañable
El homenaje en el Centro Cultural San Martín que recordó los 25 años de la muerte de Troilo
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Los compañeros de clase lo veían en el recreo, sentado, estirando y cerrando una hoja de cuaderno debidamente plegada que apoyaba entre las piernas. Cuando alguien se le acercaba y le preguntaba qué estaba haciendo, simplemente decía: "¿No ves?, tocando el bandoneón". Ese chico regordete, nacido en el barrio de Almagro, el 11 de julio de 1914, se llamaba Aníbal Troilo, y se convertiría en la máxima expresión del tango.
Ayer se cumplieron 25 años desde que un aneurisma cerebral le quitó la vida: la noche anterior a su muerte había realizado un concierto memorable en el teatro Odeón. Como si el destino hubiera intervenido nuevamente, un día antes del aniversario de su fallecimiento su música volvió a sonar en un homenaje en la sala A-B del Centro Cultural San Martín.
Estuvieron los grandes bandoneonistas de la actualidad, las nuevas generaciones que lo veneran y un público que llenó el lugar para confirmar aquellas palabras de otro ilustre bandoneón desaparecido, Ciriaco Ortiz, quien dijo: "Troilo es una verdad".
Esa verdad musical que se sostuvo en el repertorio troiliano - compuesto entre los 40 y los 50 - elegido por todos los que participaron del concierto homenaje; y que materializó, de alguna manera, la presencia de "ese cacho de Buenos Aires", en un homenaje austero pero sentido, donde fue más importante la música y la emoción que las palabras oficiales. La Orquesta de Tango de Buenos Aires, con la dirección del pianista Carlos García, avanzó primero con otro símbolo de la canción popular, como "Mi Buenos Aires querido", y siguió con el vals "Romance de barrio" y con "Toda mi vida", cantados por Hernán Salinas.
Presentado por Oscar del Priore, llegó después el maestro Raúl Garello, compinche, arreglador, bandoneonista y ex integrante de la orquesta de Troilo que invitó a María Graña y despertó la primera ovación de la noche con su versión de "Canción desesperada", de Discépolo. Aunque se consiguió uno de los mejores tributos de la jornada cuando Garello asumió el primer bandoneón para tocar una especie de suite troiliana armada con varias composiciones fundamentales del músico, acompañado por la orquesta, donde se lució el primer violín de Leonardo Ferreyra.
La sucesión de música encontró el clima ideal después que el locutor dijo: "25 años después, Troilo representa el pasado, el presente y el futuro del tango". Entonces la voz aguardentosa de Troilo se filtró por los altavoces para recordar los versos de "Nocturno de mi barrio": "Alguien dijo una vez que yo me fui de mi barrio, pero, ¿cuándo?, ¿cuándo?, si siempre estoy llegando, y si una vez me olvidé, las estrellas de la esquina de la casa de mi vieja titilando como si fueran manos amigas, me dijeron: Gordo, Gordo, quedate aquí, quedate aquí", y la gente estalló en un largo aplauso.
Julián Centeya solía decir que Troilo fue uno de los últimos ídolos queridos por su pueblo. Y eso es palpable en el desfile de artistas que se hicieron presentes, a lo largo de dos horas y en el recuerdo de Homero Expósito, a través de una grabación del Polaco Goyeneche, que eriza la piel cuando canta:" Ese muchacho, Troilo..., para mí que lo hicieron en mi casa como al pan que la vieja siempre dio, le sobra tanto amor que rompe los bolsillos ".
Símbolo de la porteñidad, mito de la bohemia porteña, enamorado eterno de Zita y sus amigos; verdades troilianas que fueron tan importantes como su música y que se sintetizaron en piezas como "Sur", "Che bandoneón", "Responso" o "Quejas de bandoneón". En Pichuco su obra es una síntesis de su forma de vivir y tocar. Las composiciones de Troilo resumen, en su estilo instrumental e interpretativo, las diferentes épocas del tango.
Fue la síntesis y el alma de la música ciudadana. Por eso un músico de la nueva generación como Gabriel Rivano, le encuentra hoy otras aristas, y un bandoneón como el de Rodolfo Mederos puede apelar a toda su riqueza sonora, tras confesar: "Troilo fue la economía musical. La idea de que la música no es buena porque tenga mucho, sino porque precisa poco".
La poesía se incorporó al homenaje en las letras que interpretaron Patricia Barone y Javier González, y a través de los recitados de los actores Perla Santalla, Rubén Stella y Manuel Callau. Y así como aparecieron esas voces diferentes de Humberto Constantini y Horacio Ferrer, los bandoneones también exhibieron los otros colores, que desmenuzaron la impronta troiliana .
Ernesto Baffa, en formación de trío, recuperó el estilo bailable de Troilo y ejecutó con ritmo preciso su versión del autor de "Pa´ que bailen los muchachos", que entusiasmó a la platea. Horacio Molina, en su rol de trovador, apeló al sentimentalismo de "Flor de lino" y "Garúa". Y el fueye de Walter Ríos, junto a la guitarra de Ricardo Domínguez, mostraron el vaivén musical del contrapunto y la melodía.
La dupla también acompañó a Tito Reyes, uno de los últimos cantantes de Troilo. El cantor que recitó primero "Bandoneón cadenero", de su autoría, y "Sur", en una descarnada versión que puso a la platea de pie, formó parte de ese imaginario troiliano de su orquesta de elegidos.
El final quedó a cargo del bandoneón que digita Néstor Marconi, donde aparecieron las armonías y las variaciones de ese estilo original que transmitió Troilo en su forma de hacer el tango. Ahí esta su verdad. Esa que le permite volver siempre, cada vez que suena un bandoneón.
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