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De Wilde y los Redonditos a la línea de fuego del cine de habla hispana.
Hace dos años que Pablo Echarri tiene roto el estéreo del auto, y siempre se olvida de arreglarlo. Antes, cuenta, no sólo escuchaba más música, sino que era parte de su vida, compañera de su trabajo, motivo de salidas y desvelos. El extraño abandono -sobre todo para alguien que bautizó a su bar El Quinto Stone- no impide que se entusiasme hasta la gesticulación exagerada y la inquietud pasional cuando recuerda los días en que seguía a la banda que lleva en el corazón. Le sale todo el barrio, además; se inunda de barrio. Es que Pablo Echarri es ricotero. “Los seguía a todas partes”, murmura con cierta nostalgia, mientras se rasca la cabeza, que le pica, le duele, le molesta, porque tiene el cuero cabelludo torturado por las extensiones (llevar pelo largo falso es sufrido: los mechones adheridos tiran tanto que provocan jaquecas, y tiene que tomar un analgésico a la noche para poder dormir bien). Como sea, el cabello largo, exigencia del nuevo personaje que hará para la televisión en la tira Montecristo, de Telefé, ayuda a imaginar a ese chico de Wilde emocionado ante el hermetismo y la épica de la banda del Indio Solari. “Cuando los vi en Halley me pegaron. Después de eso dejé un tiempo de ir porque me dio resquemor. Pero no aguanté. Me fui hasta cada lugar, desde mi más tierna edad. Chateau, Cemento, La Rockola. Ahora algunos serían lugares del Lejano Oeste, pero antes se podía ir, al menos un poco más que ahora. Pero, lamentablemente, los Redondos ya no están entre nosotros. Y ser fan de los Redondos me hace sentir medio viejo, qué se yo.”
Ahora hace mucho que no va a shows, él, que estuvo en el campo para Billy Idol, Prince, Guns n’ Roses, INXS, los Stones, The Cure. “Lo último que fui a ver fueron Los Piojos. Y me muero por ver a la Bersuit. Pero no me pongo «¡Aguante la Bersuit!», ni nada, porque en un momento no la pasás bien. Cuando querés disfrutar de un show la gente te saluda. O más, te piden la foto, dale vamos, tomemos algo… Y los pibes son bravos, qué se le va a hacer. En el Chateau, con los Redondos, me gritaban: «¡¡¡Puto!!!». Me escupían, también. A mí no me importaba nada porque estaba al palo, pero la verdad es que no está bueno. Cuando tocaron en Racing, me fui disfrazado a ver a los Redondos. Con una cosa en la cabeza y en cueros, allá abajo, entre la gente, era uno más. Me conocieron un par, pero eso fue todo.”
Esos tiempos quedaron atrás. Hace años, por ejemplo, que ya no es dueño de El Quinto Stone, y se sorprende cuando la gente le pregunta si todavía el bar es suyo. “No, es de otra época, otra vida, otro proyecto incompatible con el que tengo ahora. Ni se me ocurrió conservarlo como inversión, digamos. La noche no sirve como inversión de nada. Pero buenísimo que esa vida existió también. Es algo que tenés que hacer. O bueno, por lo menos yo tuve que hacerlo.”
El plan, ahora, es otro. Pablo Echarri tiene 36 años, y desde los 23 trabaja sin parar, casi literalmente. Sus únicas vacaciones forzadas fueron ocho meses durante 2005, que en realidad tuvieron que ver con un unitario fallido que finalmente, después de mucho planear, no se llevó a cabo. No le gusta, y no está cómodo cuando no trabaja. “No entiendo eso de no hacer nada por decisión. Tampoco lo de los años sabáticos. A lo mejor está buenísimo tomarse un año para rascarse las bolas, con plata, sin hacer nada, pero todavía no lo hice, y creo que no es para mí.”
En ese tren de trabajo ininterrumpido, este año se verán los resultados de su ritmo industrial. Por un lado, El método, la nueva película de Marcelo Piñeyro –basada en la pieza teatral El método Grönholm de Jordi Galcerán–, en la que interpreta a Ricardo, un argentino que se postula a un cargo gerencial para una empresa multinacional y debe participar de una cruel experiencia de laboratorio contra aspirantes españoles (entre los que se cuentan los actores Eduardo Noriega y Ernesto Alterio, entre otros). Por otro, Montecristo, la nueva telenovela-superproducción de Telefé –para la que pasó diez días rodando en Marruecos–, una adaptación del clásico de Alejandro Dumas ambientada en 2006. Y también la nueva película de Israel Adrián Caetano (que tiene como títulos tentativos Atila y Pase libre: crónica de una fuga ), junto a Rodrigo de la Serna y Nazareno Casero, versión del libro de Claudio Tamburrini, Pase libre, sobre cuatro jóvenes que durante la dictadura militar escaparon de la Mansión Seré, el clandestino centro de detención. Pablo no es uno de los fugados: compone al jefe militar del grupo de tareas, un personaje antipático que sin embargo le encantó hacer. “Obviamente, si lo juzgamos moralmente, es obvia la conclusión a la que se llega, ¿no? Nadie puede dudar de que es un tipo nefasto en una época siniestra. Pero para un actor, hacer algo así es un regalo. Alguien tan duro, tan frío, con un manejo tan impresionante del poder.”
Estuvo nominado como Actor Revelación para el Goya por su personaje en El método, y perdió. Pero se le nota que tiene entereza suficiente para soportar un revés. Sobre todo porque la película le dio la oportunidad de interpretar un personaje que poco tiene que ver con lo que se espera de un actor como él. “Marcelo Piñeyro confía en mí, y ve cosas que a otros a lo mejor se les escapan.” Y es cierto. Tiene un porcentaje de riesgo y desprejuicio elegir a Echarri, epítome del guapo muchacho de barrio, sencillo y con calle, para interpretar a un proto-ejecutivo de traje. Pero él lo ve de otra manera. “Es una película cruel, pero no es ni más ni menos que la realidad. Ese mundo de las grandes empresas funciona así. Muchas cosas se dosificaron o se eliminaron en el guión, porque hubiera resultado poco verosímil. Las reglas de ese mundo son muy duras. Pero yo lo puedo entender, porque este medio, especialmente la televisión, tiene algo de eso.”
–¿Lo decís por las peleas del rating y demás?
–Por todo. El cine en la Argentina no tiene tantas posibilidades ni mueve los números de la televisión, entonces es más relajado. Pero yo soy un actor que comenzó en la televisión y conozco las reglas. Los castings, el rating, el comercio, el dinero, todo está en primer plano desde el primer día, y amerita que mucha de la gente se mueva de forma cruel y despersonalizada, hiriendo a la gente. En este medio se hiere mucho, y sin compasión. A veces te dicen “disculpame”, pero generalmente no. Es un medio en que se gasta mucho, se invierte mucho, y es el dinero lo que causa que así sean las reglas de este juego. En la película, el cargo gerencial en una empresa significa un ascenso, y eso es mucho dinero y por lo tanto un cambio de estándar de vida. Con los actores pasa lo mismo, y además viene la fama.
–Y ésa es la parte rara.
–Muy rara. Cuando empezás en todo esto la información no viene de golpe, y vas descubriendo cosas cada vez más difíciles de soportar y digerir; en mi caso, en momentos puntuales, hasta el punto de replantearme las razones de por qué seguir. A veces se pierden muchas más cosas de las que se pueden ganar, si uno hace la cuenta racionalmente. Pero con este trabajo yo cumplí sueños, y contra eso no hay competencia. Si prefiero seguir navegando en este menestrún, es porque me siguen pasando cosas maravillosas. Quiero cumplir la mayor cantidad de sueños posibles, y ya cumplí muchos. Entonces me la banco. Y creo que lo sé manejar mejor, porque ahora estoy en una posición en la que puedo elegir cosas.
Cuando Pablo habla de “cosas dificiles de soportar”, se está refiriendo a muchas cuestiones de las que ya no quiere hablar. Tampoco se niega de plano, sencillamente las esquiva, y es comprensible. Hasta hoy es imposible olvidar los días en que su padre, el adorable don Antonio Echarri, estuvo secuestrado. Todavía están muy presentes las imágenes de la humilde casa de Villa Dominico; de Pablo gritándole a los periodistas en la puerta, exigiendo respeto y pidiendo por la vida de su papá; de su mujer Nancy Dupláa caminando por los techos; de la histeria mediática y las complicaciones del rescate, mejicaneada incluida. Pablo dice que se sintió cerca de la muerte, negociando con la muerte en algún sentido, y no es un tema del que tenga ganas de hablar todos los días. Tampoco de los cambios en su vida personal, sobre todo en temas de seguridad, que llegaron de la mano del secuestro. Pero el caso policial, claramente relacionado con su fama, no es el único motivo de acoso e insistencia. Pablo Echarri fue el novio de la superestrella Natalia Oreiro, y con demasiada frecuencia vuelven a aparecer en la prensa rumores de celos y peleas de gatas celosas entre la diva uruguaya y Nancy; el papá del primer hijo de Nancy es Matías Martin, otro famoso. Todo lo que rodea la vida íntima de la pareja es de conocimiento público. Y tratar de cuidarse, evitar la exposición, es una prioridad para Pablo Echarri; no es que esté a la defensiva –en absoluto: es tan afable como cuenta la leyenda–, pero es dueño de una firmeza aceitada y sólida, tranquila; aunque, se intuye, y él lo reconoce, que detrás de esas murallas amables puede esconderse un alto porcentaje de rabia. Cada vez menor, a lo mejor, pero de ninguna manera ausente. “Con todas las cosas que me pasaron, lo primero que hice fue dar un paso atrás y entender qué es lo que sucede, y después reaccionar. Porque si no, parecés un loquito. Y, eso, este medio lo condena. Reaccionar mal, no pensar, actuar de una manera visceral, enojarte aunque tengas razón… no te lo perdonan. A veces te dicen las cosas más terribles del mundo, con mala leche, y no podés saltar. Te meten el dedo en el culo, y te la tenés que bancar. No te podés ir de regla. Porque si te vas de madre, quedás expulsado. Leés algo que es una mentira total y querés putear al que lo publicó, pero si lo hacés, quedás mal vos. Por dentro, claro, los querés asesinar. También pasa con los personajes. Cuando el personaje está loco, pierde fuerza. No se espera de un loco una reacción coherente. Entonces los personajes se desarman. Y es difícil manejar eso. No desarmarse, quiero decir.”
–¿Y cómo manejás la exposición?
–Es un aprendizaje. La mayoría de las veces quedás expuesto. Y este trabajo tiene oleadas. En un momento, sobre todo al principio, te exponés mucho y después menos. Para tener cierta sanidad mental hay que salir de la línea de tiro. No te podés manejar en el frente de batalla con una soltura tal como para no recibir un tiro. Porque te cagan a tiros, te entierran y te hacen leña, tanto como actor como en la vida personal. ¿Cómo se hace actoralmente? No eligiendo personajes que sabés que no van a funcionar. Y la cuestión personal… cuando trabajo hablo, y cuando no trabajo, me guardo. Cuando hablo me cuesta producirlo, tengo cada vez más miedo de quedar en la línea de tiro. No tengo interés de transmitir nada. No quiero que los pibes sean como yo. No quiero influenciar a otros actores. No quiero hacer escuela. Cada vez que uno saca la cabeza, te la pueden cortar. Cuesta, porque tiene dos caras esta cuestión. A veces uno tiene ganas de hablar. En serio. Y a veces, yo por lo menos, me voy al carajo.
–¿Es tan difícil salir de la línea de tiro? Es decir, ¿si no te mostrás, no te dejan tranquilo?
–No. Te buscan igual. No es tan fácil como decir: “Me escondo y listo”. Si te necesitan, te encuentran. Te sacan la foto quieras o no. Una cosa viene atada a la otra.
–¿Cómo lo manejan con Nancy? Son dos famosos en vez de uno.
–A eso ya estoy un poco acostumbrado, porque tuve otra pareja del medio. Pero ahora mi mujer y yo estamos acostumbrados, y lo tenemos asumido. Nos siguen pegando los cimbronazos cuando pasa algo negativo, pero tomamos decisiones para sacarnos la mierda de encima. Lo neutralizamos. Lo intentamos, por lo menos. No nos enroscamos ni nos quedamos puteando envenenados contra tal o cual hijo de puta que inventó algo sobre nosotros o nos robó una foto. También es cierto que perdimos cierta inocencia y ciertas ganas. Pero eso viene con el tiempo, no hay caso. Al principio, cuando el ego está inmanejable por completo, es más difícil y hablás de cualquier cosa: de sexo, de política, de lo que sea… y yo no tengo ganas de hablar de sexo o de política. Entonces pensás, te enfriás, y después se hace mecánico. A mí ya no me entran por ningún lado. Con Nancy no vamos a ciertos lugares; puntualmente, para que no se metan más en nuestras vidas de lo que ya se pueden meter. Si empezamos a aparecer dentro del círculo farandulero de vuelta, en un minuto están sobre nuestra cabeza. Son decisiones. Igual, no somos de salir mucho, y toda nuestra vida, o buena parte de ella, sucede en casa. Somos bastante especiales y estamos de acuerdo en manejarnos así.
–Los dos tienen fama de buena gente y debés tener claro que tienen toda la simpatía popular…
–Y yo lo agradezco, no sólo en el trabajo sino en los malos momentos. Esa gracia que te da la gente se agradece. Pero se hace complejo. Ni Nancy ni yo somos tan buenos. Somos normales. No tenemos alitas en la espalda. Lo que pasa es que tenemos una forma parecida de trabajar, y queremos sacarle buena leche a lo que hacemos, y sólo concebimos trabajar en armonía. No nos gusta trabajar con la presión o el conflicto. Y hay mucha gente que trabaja así, no porque sea mejor, sino porque no pueden ser otra cosa más que unos hijos de puta. Nosotros hacemos un culto del trabajo, y las buenas relaciones y los compañeros, y del respeto por el que está creciendo y por el que está arriba de nosotros. No nos peleamos por nuestro lugar, porque además ella y yo sabemos que lo tenemos. A ella igual la quieren más que a mí, me parece. Si hablás con los compañeros de Nancy, la adoran. Porque es una mina que te ayuda, te salva, te pregunta si estás mal. Si te tiene que llevar al hospital, te lleva.
–Pero seguro que alguna vez sentís celos, o envidia…
–¡Pero claro! Lo que pasa es que yo no tengo interés, no me sale eso de pisarle la cabeza a la gente. Cuando no sos así, sos raro. La cultura de pisar cabezas es lo normal en este medio. Mucha gente se maneja con poner la patita para que te tropieces, y si te pueden comer el pie, te lo comen. Cuando a un compañero le sale algo buenísimo, te encanta. Pero también te dan celos. También te da envidia. Pasa que después se te transforma. Cuando un compañero se está luciendo, yo creo que eso se refleja en mí, me ilumina y me ayuda. Los celos igual están. ¡Puta, hasta están los celos por una camisa recopada que tiene el otro y yo no! Pero, a esta altura, es una charlita íntima conmigo mismo que después pasa por otro lado. Si no entendiera lo que son los celos, lo que es la envidia, no sería un buen actor, ni un ser humano. Yo de chico mordía a mis amigos por los juguetes que eran de ellos. Y eso lo tengo adentro. Lo que tuve que hacer fue moldear la envidia.
Cuando era chico, en Villa Dominico, Pablo Echarri era el que se prendía a actuar en cada fiesta de fin de curso, incluso en el jardín de infantes. Pero entonces, de chico, ni se le ocurría que podía ser actor. Esas actuaciones escolares quedaron en el olvido, y la rutina siguió con lo predecible para el hijo del vendedor de diarios del barrio; los amigos, el fútbol, las tardes escuchando a Led Zeppelin, AC/DC, los Rolling Stones. Hizo el secundario en un colegio industrial hasta cuando pudo, y después entró a trabajar en un local de ropa (oficio que repitió en la ficción mucho después, cuando interpretó a Diego en Resistiré ). Pero fue cuando estaba en ese local que las cosas cambiaron. Su jefe y amigo insistió con que tenía que estudiar teatro. Veía algo en Pablo, además de su obvio atractivo físico; cierto carisma, a lo mejor, ese aura “entradora” y, por qué no, una profundidad que pedía a gritos un horizonte lejano al sur del conurbano bonaerense. Así, en sus ratos libres, empezó a tomar clases con Lito Cruz. “El local de ropa estaba en Wilde, y un día apareció ahí una amiga que trabajaba en Señorita maestra. Ella me avisó de un casting que se hacía en Canal 9. Yo tenía mi book, ya estaba estudiando. Y me presenté. Quedé seleccionado. Era para Amigos son los amigos, necesitaban un novio para María Pía. Pero no quedé yo, lo eligieron a Matías Santoianni. Yo me puse triste, pensé que ya había sido, pero se hizo otro programa y empecé a trabajar en una comedia semanal que se llamaba Sólo para parejas; estaban Paola Krum, Eleonora Wexler… Y así empezó. Pude hacer Alta comedia con Graciela Borges, que fue lo mejor, tuve el orto de caer en el lugar justo en el momento indicado. Era una historia entre una pianista y un empleado de supermercado. Después hice Inconquistable corazón y ahí se encaminó la cosa, pero lo que hice con Graciela fue genial, porque ella es una gran maestra, me llevó de la mano y me depositó.”
Su estada en Canal 9 fue de sólo tres años, aunque por algún motivo –la insistencia sobre el “descubrimiento” de Pablo que enarboló tantos años Alejandro Romay, quizá– parecen mucho más. A la distancia, después de los grandes éxitos en Telefé, aquellos años funcionan apenas como plataforma. Pero fueron los que marcaron el gran cambio en la vida de Echarri, especialmente en la percepción del barrio, que le abrió los ojos sobre esa diferencia que supone el hecho de que la gente te reconozca sin conocerte, de que las chicas griten y peguen pósters con esos trabajados abdominales en la pared, de que las encuestas declaren el estatus de sex-symbol. “En el barrio, las cosas fueron paulatinas. La reacción de alrededor fue pausada, de la misma manera que me sucedió a mí. Al principio, le avisaba yo a la gente que iba a estar en tal capítulo de una tira. Y de golpe nadie me creía, y después me veían; y cuando se hizo más estable todo empezó a modificarse enormemente. Todo se magnificó, todo fue un extremo, nada quedó en el medio. Hay gente que nunca más me volvió a saludar, quizá por temor a que yo no los salude, no sé por qué, andá a saber, a lo mejor por vergüenza, porque presuponen que me la creí, yo no lo entiendo. O gente que no me daba bola se acercaba a pedirme cosas, o recancheros a saludarme. Todo muy raro, pero fue un aprendizaje esto de vivir observado.”
Observado y deseado. Especialmente desde que logró ductilidad en el manejo de su imagen, y es capaz de explotar varias vetas al mismo tiempo, desde el espectacular morocho de barrio y de buen corazón, hasta el galán clásico, pasando por los plumazos de piel morena hipersexuada y labios carnosos hasta un aire rufianesco de simpático patán. El llama a este proceso “poder elegir”. Y es cierto: Pablo fue parte de varios proyectos olvidables, especialmente en cine: comedias blandas como Alma mía (con Araceli González) o Apasionados (con Nancy Dupláa) no son hitos en su carrera, pero fueron impactantes éxitos de público, como lo fue la olvidable Peligrosa obsesión junto a Mariano Martínez; una película mala, sí, pero con dupla de muchachos imbatible en el imaginario de la mayoría de las mujeres argentinas. Desde hace poco, Echarri viene afilando la puntería en cine: más allá de los resultados, fue una excelente decisión ser parte de Plata quemada, de Marcelo Piñeyro, y las dos películas que presentará este año no son meros telefilms disfrazados de cine, sino puro cine más allá de gustos y reseñas. En televisión, en cambio, parece tener mucha más claridad: Los buscas de siempre era una telenovela tan retorcida como Dios manda; Resistiré estuvo cerca de ser un fenómeno sociológico, además de un producto prácticamente inédito para televisión; y el personaje romántico y heroico de Montecristo le calza a la perfección con su aire de extranjero misterioso, que no por poco explotado está ausente. Echarri no reniega –no es tonto– de estar tan pero tan fuerte (hecho que él llama “esta cuestión física”). Pero no puede evitar explicar que la bondad de la madre naturaleza puede acarrear algunas contrariedades. “Yo le agradezco a Marcelo Piñeyro que me haya dado el personaje de un ejecutivo que no exige tener ningún tipo físico especial, porque naturalmente, por mi carrera, por ser galán, me ofrecen cosas distintas. Yo no lo manejo con tanta normalidad, pero quiero seguir haciendo mis trabajos de galán hasta donde dé, con la capacidad de ir modificándolos a medida que pase el tiempo. El Diego de Resistiré fue un galán diferente, y lo que voy a hacer ahora también es distinto: la posibilidad de hacer un clásico en telenovela con una gran adaptación es otra apuesta, que además me interesa porque creo que la gente exige buena televisión, porque en este país, por suerte, hay un nivel cultural que disfruta de propuestas sofisticadas. Yo creo que soy capaz y tengo potencial como actor, pero a veces los comentarios duelen, aunque uno no quiera darles importancia. Si uno tiene algo que contar como profesional, por el hecho de tener cierta condición física, el trabajo se hace doblemente difícil. Tenés que tratar de convencer. Yo tengo que hacer más fuerza que muchos que andan por ahí para tratar de convencer a los críticos. A algunos no los convenceré nunca. Pero por suerte esta cuestión física va ligada a algo que me encanta hacer, que son estos personajes heroicos. Además, ya dejé de pelearme con eso. Montecristo, por ejemplo, requiere una contextura física y un tipo que no tiene cualquiera, y que no puede hacer cualquiera. Es una bendición poder hacerlos.”
Pablo espera que Montecristo sea un gran éxito. Pero sabe que la televisión es impredecible, y, por las dudas, se cubre. “Me cubro de todo. No quiero quedarme con la última palabra y decir: «Va a andar rebien». Espero que sí.” ¿Soportaría, a esta altura, tener un serio fracaso comercial? Hace muy poco, el enorme encanto de Natalia Oreiro no pudo sostener la tira El deseo, y hace menos aun, por intrincados manejos de un medio cada vez más competitivo, el programa A todo culorrr de Alfredo Casero estuvo apenas un día en el aire. No hay, en este momento, monstruos sagrados indiscutibles e imbatibles. “Me bancaría un fracaso a full”, asegura Pablo. “Me dolería un montón, pero estoy más entero que hace tres años atrás, por ejemplo. Lo podría capitalizar. Claro, lo detestaría y haría todo lo posible para que no suceda. Pero no depende solamente de mí. Con algunas cosas no me fue tan bien, y me enseñaron a no dejar libradas al azar ciertas cuestiones. Ahora a la hora de trabajar sé qué pedir; en televisión sé por dónde ir, y tengo claro lo que no quiero hacer. Por ejemplo: las peleas tienen que estar coreografiadas, todo lo que no te creés cuando lo grabaste hay que sacarlo, eliminarlo. Antes, muchas veces me pasaba que esas cosas quedaban, a mí no me importaba. La televisión es así, bastante negligente, y la verdad es que no funciona. Todo es mejor si estás encima, se ve diferente. No preocuparse por los detalles es una locura, después se aprende con el tiempo que tiene que ser al revés. Cuando empecé creía que podía prescindir. Ahora pienso distinto.”
–¿Por eso soportás, tan estoico, sufrir tanto con las extensiones para Montecristo?
–A veces hay que sufrir. Tampoco es para tanto. Mi hija Morena flashea. Un día le aparezco con barba, otro con el pelo largo, no entiende nada, pero me parece que se divierte. También se sufre un poco cuidándose el cuerpo, sobre todo si te gusta comer. Pero bueno, también está en mi plan cuidarme. Dejé de fumar, me costó mucho de verdad, pero lo conseguí. Y me siento mejor. No pensé que lo iba lograr, pero acá estoy.
–¿Y para la película de Caetano tuviste que hacer algo especial para el personaje de militar?
–No tanto, pero pasó algo alucinante. Cuando no quiero que me reconozcan, a veces me disfrazo. Pero no todo funciona. Por ejemplo, los anteojos no sirven para nada, sos como una mosca en la sopa. Cuanto más te cubrís, más llamás la atención. Entonces hay que buscar una manera de poner una actitud diferente… yo todavía lo estoy estudiando. Pero cuando me dejé el bigote para laburar con Caetano, era un bigote muy milico; además tenía el pelo a la gomina, y unos lentes muy extraños. Y apenas bajé de la peluquería, donde me hicieron todo el laburo para el personaje… la gente no me reconocía. Estaba en la esquina de Callao y Santa Fe, y la gente me miraba de reojo y seguía. Fue extraño. Liberador por un lado, medio incómodo por el otro. Pero, la verdad, me duró poco.