
Adoradora de Janis Joplin y Pearl Jam, muñeca sensual o niña naif, su triunfo en la industria del entretenimiento fue diseñado por los estrategas del marketing.
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Permitíle cualquier cosa, pero que no cante." Mientras ingresaba en el estudio de fotografía, el malicioso consejo de mi amigo volvía una y otra vez a mi cabeza. Cuatro horas después, mi sensibilidad musical no había sido vulnerada. En cambio, una amenaza en forma de promesa le permitió a Natalia desplegar ligeras variaciones de la crueldad: la estrella, aseguró, el próximo año se dedicará sólo a la música, y hasta hará algo de rock & roll. La pregunta fue casi existencial: por qué estuve allí tratando de entender quién es esa chica que dice amar a Janis Joplin y a Pearl Jam. Escuchémosla: al fin, esta vez apenas habla.
natalia oreiro esta sentada, echada hacia delante, los pies clavados en la silla frente a ella, mientras un par de asistentes le pintan las uñas con algún esmalte indefinible. Si no hubiera sabido con anticipación que ella estaba en el lugar, habría tardado un largo rato en reconocerla.
A su derecha, su única y modesta exigencia de diva de fin de siglo: un pequeño televisor cuya antena capta las ondas con espasmos precarios e histéricos. Apenas puede verse nada. Otras estrellas tal vez hubieran exigido mesas de frutas tropicales, hectolitros de agua mineral, champagne, nueces de Medio Oriente. Ella sólo pretende ver "en vivo" el último capítulo de la telenovela que la tiene como heroína. Pocos minutos después, en el comienzo de los preparativos de una sesión que le demandará seis horas, se mirará a sí misma en la caja boba; será un espectador más entre la multitud que llevó a Muñeca brava a lo más alto del rating.
La observo a distancia: las archidifundidas curvas de Natalia poco tienen que ver con la helada presencia de las modelos escuálidas. Ella misma me lo dirá después. Cuando más tarde, al pasar, le sugiero que, le guste o no, para el imaginario social representa cierto tipo de belleza, se lanzará a una impensada cruzada antianoréxica y se mostrará como lo más alejado de los actuales ideales de belleza. "El que existe ahora es una mierda absoluta. Los latinos tenemos cadera, cola. Es lindo tener de dónde agarrarse. Yo no tengo una puta silicona. No hago una puta dieta. Me zarpo con la comida, como como una vaca, y cuando me pongo nerviosa puedo llegar a brotarme en la cara". Señalará como prueba una marca en la base de la mejilla que bien podría ser un resabio de herpes.
Será una de las constantes a lo largo de la conversación. Por alguna razón, Oreiro intentará todo el tiempo comparar su imagen pública –la de un producto de consumo masivo– con su vida privada. Quienes la castigan con dureza ponen bajo sospecha algunos rasgos de su biografía, en los que creen descubrir apenas simples jugadas de marketing: padres surgidos de ninguna parte que la reclamaron como hija (hace años se dijo que era hija de desaparecidos, el único tema del cual se niega rotundamente a hablar); una breve historia de amor con una estrella rockera (Iván Noble), destinada a conquistar a un público que no era parte de su audiencia.
Sin embargo, durante el diálogo Natalia intentará precisar que, en realidad, es ella quien está al timón de su propia vida. Pero se sabe: el inconsciente habla. Aunque ensaye unas cuantas irreverencias al referirse a la industria del espectáculo, aunque se esmere en subrayar que es capaz de ir bastante más allá de la frontera que le han trazado los estrategas de marketing, ella es su propia cárcel.
cuando los productores responsables de la sesión fotográfica le enviaron imágenes de pin-up girls como sugerencias para ilustrar esta entrevista, entre ellas aparecía, casi de contrabando, una imagen de Betty Page, mítica precursora del porno soft durante los elegantes años 50. Cuando le pregunto, buscando rastrear algún abismo oscuro en su personalidad, una posible historia de O, me desalienta:
–Hace poco una amiga me había dicho que la próxima vez tenía que hacer algo distinto con las fotos, porque las que tengo son todas iguales. Yo pensé: tengo que hacer Betty Page. Me fanatiza. Siempre me pareció una mujer muy transgresora, sobre todo para su época. Hoy estaría… bueno, hoy lo hace todo el mundo, ¿no? Me llama la atención la gente transgresora, la que se anima a hacer cosas diferentes de las que supuestamente está bien hacer. No sé si comparto o no su forma de vida y lo que ella podía pensar en aquel momento. También me encanta Marilyn [Monroe]. Pero ella me da una sensación de debilidad, de fragilidad… Me parece que Betty Page, en cambio, dentro de su sexualidad y su picardía es mucho más viva. Además de que es mucho más zarpada.
–También fue la precursora de cierto… –Oreiro, Natalia, me saca las palabras de la boca.
–¿Sadomasoquismo? Sí, pero también era una star popular. Que en esa época una chica saliera desnuda era algo que no estaba bien visto. No está bien visto tampoco hoy. Pero lo que me interesa es que se anima a hacer algo absolutamente diferente y se caga de risa. Al menos ésa es la imagen que da. No sé si en su interior lo sufriría, si lo haría por hambre. No creo, ¿no? En las fotos se la ve provocativa y al mismo tiempo muy Campanita. Es una mezcla de ingenuidad y perversión.
–¿Te seduce esa imagen de ingenuidad perversa?
Hace una pausa, se ríe.
–No. Sabía que me lo ibas a preguntar. De hecho la revista me propuso que hiciera una producción en cierto modo parecida a la de Janet Jackson, la que hace años salió en la edición norteamericana. Están locos, no sé por qué se les ocurrió que yo lo iba a hacer.
(Algunos días antes me habían contado esa historia. Hace poco más de un año, cuando los ejecutivos del sello bmg sugirieron que Rolling Stone realizara una entrevista con Oreiro, el director de marketing de la compañía discográfica, Horacio Nieto, desplegó una serie de anzuelos para tentar a la publicación: "Natalia está dispuesta a hacer la tapa de Janet Jackson", prometió. La famosa imagen muestra a la cantante negra con el torso desnudo, mirando a cámara, los pechos cubiertos por las manos de un hombre que está a sus espaldas. Natalia, sin embargo, lo niega.)
–La pregunta podría ser: ¿por qué no?
–Porque no. Mucha gente lo hace porque le abre las puertas. A mí me las cerraría. Si algún día decido salir en bolas voy a Playboy y ahí me pagan. A mí las fotos de desnudos me gustan mucho, pero para tenerlas personalmente. No me interesa que ningún argentino me vea en pelotas hoy… Cuando Betty Page lo hacía no estaba de moda. Hoy ya no es transgresor. Nada más común que una chica que se pone en bolas en la tapa de una revista.
La palabras "transgresión" y "prejuicio" son las preferidas de su vocabulario. Me interesa saber qué entiende, hoy, por transgresión.
–No es transgresora solamente una cosa –aclara–. Hay muchas cosas para elegir y transgredir. Pero tampoco digo que uno tenga que ir por la vida haciéndolas. A mí las modas no me interesan. No me gusta ver a la gente uniformada, por eso mucha de la ropa que uso me la diseño yo misma. No me gusta ver a toda la gente con el pelo colorado, por eso me lo puse de azul…
(Efectivamente, su último cambio de look se corona en una cabellera azul violácea.)
–Vamos, en realidad eso también lo dicta la moda.
–¿Pintárselo de azul? Bueno, es violeta, en realidad. Pero hoy todo el mundo tiene el pelo pelirrojo. Quizá mañana me arrepiento y me lo pongo rojo de nuevo.
Hace una pausa. Vuelve sobre la pregunta original. Se dice casi a sí misma: "¿Qué es transgresor, hoy? Salir con un vestido largo".
–No me parece muy transgresor que digamos.
–Es como una paradoja. La gente que todo el tiempo está cambiando, en el fondo tiene necesidad de que la miren. Te parecerá raro, pero yo no tengo esa necesidad.
Por alguna razón, no le creo. No soy el único que cree ver en Natalia Oreiro el ejemplo por antonomasia de esas niñas que sueñan con una fama que es pura abstracción. Carne ideal para productores que buscan una imagen precisa de acuerdo a las demandas
das del mercado. Ella lo niega. Dice que nunca quiso ser célebre, que durante la producción de las tapas del año de Gente tienen que sacarla de los rincones porque no le gusta figurar.
Su corta biografía parece sacada de un manual de estrellas cuya mayor virtud es la perseverancia. Lleva la cuenta exacta de sus movimientos: se mudó 32 veces, aunque por una razón sentimental se siente aliada a la barriada montevideana del Cerro. Vivió dos años en España, cuando sus padres emigraron en busca de un mejor futuro económico. Tras pasar por distintos coros y haber estudiado danza y gimnasia en la Banda Oriental, a los 11 se topó con un aviso en el que se pedían chicos para realizar comerciales televisivos. Se presentó y en cuatro años hizo alrededor de treinta publicidades. Con la plata ahorrada, empezó a viajar sola a Buenos Aires. Primero en micro, dando la vuelta por Fray Bentos y Gualeguaychú. Después, en buquebús. Luego de varios fracasos, a los 17, logró hacerse un lugar en Inconquistable corazón, una tira protagonizada por Paola Krum y Pablo Rago. De esa época no guarda buenos recuerdos.
–Yo hacía de alumna muda. No la pasé nada bien. En aquella época necesitaba amigos, y a mí me trataron como el culo. Todo el tiempo me hacían ver… me decían: "Para qué te maquillás si después no salís, «extra»". Nadie tiene el derecho de tratar como el orto a alguien que empieza, me parece. Me decían: "Si acá todos los uruguayos vienen a trabajar de mozos, ¿de qué pensás vivir? Porque más de un bolito no vas a poder hacer". Me trataban de uruguayita bruta. Pero lo bueno es que a mitad de año rajaron a la mitad de la gente y a mí me hicieron un contrato para un personaje que hablaba muchísimo. Hoy a veces me encuentro con gente de aquella época que me dice "Ay, Nati, ¿cómo andás?". –Lo dice con un gestito de asco y entrega su conclusión–: La televisión es muy jodida.
–¿Por qué creés que se la tomaban con vos?
–¿Por qué les jodía tanto? Porque tenía algo; evidentemente, tenía. Siempre supe que tenía madera de algo. Cuando hacía de modelo, siempre había chicas lindísimas, mucho más lindas que yo, pero terminaban pidiéndome a mí.
–Pero ¿sentías que te jodían por ser uruguaya?
–Habría sido lo mismo si hubiera sido paraguaya.
–Chilavert dice que lo persiguen por eso y por ser exitoso.
–Bueno, si le hacen la vida imposible puede ser por su fuerte personalidad. Pero no creo que fuera eso en mi caso. Uruguay para mí es casi lo mismo que la Argentina. Mejor te lo digo así: si hubiera sido tucumana, me habrían dicho: "Cabecita, todos los tucumanos se vienen acá para trabajar. ¿Qué hacés?". Se agarraban de lo que podían.
Cuando le pido el primer recuerdo de su vida que pueda emparentarse con su actualidad, responde:
–Me veía como concertista de piano. Oía muchísima música clásica cuando era chica. Tenía una radio chiquitita. No tenía idea si era Bach o Beethoven lo que oía. Yo tenía una prima con plata que tenía un piano de cola en miniatura. ¡Ni pelota le daba, la muy yegua! Yo me sentaba frente a ese piano celeste, y soñaba que estaba en un teatro. Tenía 5 años. Nunca aprendí a tocar piano –es una cuenta pendiente–, pero todavía hoy siempre que voy a la casa de alguien y hay un piano, me siento y toco un par de canciones que saqué de oído. Porque me ponés una partitura delante y no la sé leer.
Es cierto que nunca había sospechado lo contrario, pero he anotado ese detalle en una larga lista de datos inútiles que recogí durante la conversación. Quiero saber si su incursión en el mundo de la música tiene alguna raíz en su infancia o si es una inspiración de las últimos años, meses u horas.
–Mis bisabuelos, de los dos lados, tenían orquestas. Mi mamá tiene una voz muy particular, muy lírica, muy diferente de la mía, inclusive en el estilo. Y toda la vida soñó con ser cantante, pero hace treinta años, en el Uruguay, soñar con ser artista era una utopía. Se dedicó a la familia, me tuvo a mí y a mi hermana y yo heredé esa pasión por la música. Pero todavía hoy te agarra canciones populares y te las transforma en un aria. Te agarra una canción de Gilda, cualquier cosa, y te la vuelve ópera.
la historia de Oreiro es tan paradigmática que me cuesta reconocer dónde termina la superficie y dónde comienza el fondo. Cuando le explico que quiero escarbar un poco más hondo, me pregunta si lo que veo en la superficie no me interesa. No contesto, por prudencia o galantería, no sé. Me dice que se ríe de lo que la gente ve en ella, de su propia imagen; me dice que no se parece en nada a ese espejismo. Que se ríe cuando la toman como "una cosa latinosa".
–Cuando veo a alguien así, puedo llegar a decir: "¡Mirá a esa ridícula!".
Agrega que ella misma se diseña la ropa. Que anda sólo en jeans, en zapatillas o zuecos, y exhibe como un trofeo los que lleva puestos, pintados a mano.
Se me ocurre que hay una punta que tal vez permita abrir una brecha en la imagen convencional de la chica de barrio que llegó al estrellato. Hace algunos meses, Oreiro revolucionó el Uruguay cuando salió a dar su apoyo público al Frente Amplio, la coalición de agrupaciones de izquierda que ganó la primera vuelta de las presidenciales y perdió en el ballotage frente a una alianza de los partidos tradicionales: el Blanco y el Colorado. Todavía se tejen leyendas del otro lado del Río de la Plata. Leyendas de amor y de odio. De hecho, reconoce que gente de la coalición que comanda Tabaré Vázquez se comunicó con ella para explotar su imagen. Los zares de bmg declinaron (le sugirieron declinar) el ofrecimiento. Ella ahora debe haber escuchado esas mismas voces porque se detiene de pronto, como si hubiera notado un error de cálculo.
–Por mi trabajo no me conviene hablar de política. En este medio ser de izquierda resta, no suma. Eso lo voy a hacer si algún día decido dedicarme a la política.
–¿Por qué apoyaste públicamente al Frente?
–No, no. Simplemente di mi opinión. Pero se armó un gran quilombo en el Uruguay, había pintadas con mi nombre, en los actos pasaban mis canciones. Fue muy raro. Lo que pasa es que la propuesta del socialismo y de la izquierda me resulta mucho más interesante que la de los blancos y colorados, que han gobernado desde toda la vida en el Uruguay.
Me parece que, así como acá hubo un cambio, allá también habría venido bien. Soy de familia socialista. En general, no me gusta hablar de política porque la gente no entiende nada. Enseguida te gritan "comunista". "No, señora, socialista. Igualdad de derechos. A ver si entiende: que no haya tantas diferencias entre ricos y pobres." Pero es muy difícil. Yo digo sólo lo que pienso.
–¿Y qué sentiste cuando te putearon al llegar a la mesa electoral, por ejemplo?
–¿Quién te dijo eso?
–Un colega uruguayo.
–Si él lo escuchó, yo no lo escuché. Como sabían dónde votaba, me estaban esperando cuarenta chicos y no sé cuántas cámaras de fotos. Pero la gente no entiende que se pueda opinar diferente. Por eso la mayoría de los artistas prefiere callarse. Igual, no creo que tenga la obligación de explicar nada… A mí no me interesa ser un ejemplo político para nadie. Lo malo es que la gente de derecha enseguida reacciona: "¿Cómo que vos sos de izquierda?". Sin variedad todo sería muy chato. Pero soy de una izquierda muy centrista.
–Pero tu trabajo…
–Yo trabajo dentro del sistema, pero puedo darme el lujo de decirles lo que quiero. No me gusta meterme con esto porque no quiero meterme a convencer a la gente. Creo que todos los jóvenes nos tendríamos que preocupar más por la política, sólo que la convirtieron en algo poco interesante. ¡Pero no te olvides de que ganamos!
–¿Pusiste plata para alquilar un par de micros para que uruguayos residentes en la Argentina fueran a votar?
–No. ¿De dónde sacaste eso?
–Me lo aseguró otro colega uruguayo. Hasta me dio la cifra.
–Decíme, ¿cuánto dicen que puse?
–Unos 20 mil dólares.
–Esa plata la utilizaría para otra cosa. Prefiero dársela a una escuelita de La Pampa.
–Fue un triunfo ajustado. Quizás el Frente hubiera ganado si llegaban esos dos micros.
–¿Te parece? –me contesta con complicidad y picardía. Y súbitamente, como si sus simpatías políticas fueran la máxima transgresión imaginable, me dice: "No dirías que tengo imagen de izquierda, ¿no? Ya veo qué título le ponés a la nota: "La sirenita de izquierda".
la sirenita elige una mesa en El Quinto Stone, el bar que su novio Pablo Echarri tiene en Palermo Viejo. Junto a una ventana por la que ingresa, lenta, tórrida, húmeda, la nochecita porteña. La ubicación me hace temer interrupciones sin fin. Me dice que no corremos peligro. En Palermo, aunque la reconozcan, no la persiguen mucho los cazadores de autógrafos.
–Este barrio está lleno de intelectuales, y los intelectuales, aunque les gustes, te miran de arriba –me dice con sorna.
(Efectivamente, en casi tres horas y media de entrevista, apenas dos señoras con sus nietitos se acercarán a saludarla, serenas, tutéandola como si la conocieran de toda la vida.)
Sobre la superficie de madera, bajo nuestros vasos y un vidrio protector, observo una imagen de Janis Joplin pintada con trazos gruesos.
–¿La reconocés? –me pregunta–. Esta es mi ídola máxima. –La confesión huele a muletilla. Ya alguna vez Oreiro había declarado a los cuatro vientos su debilidad por la cantante norteamericana.
–En una entrevista con Gente dijiste que querías ser como Janis Joplin. ¿Por qué semejante herejía?
–Cómo voy a querer ser como Janis Joplin y ponerme a cantar "Cambio dolor por libertad" –y pronuncia el nombre del tema con desdén–. Lo que dije (una tontería) es que me hubiera encantado ser como ella, que me gustaría tener su voz, su estilo. Pero si quisiera ser como Janis Joplin me estaría equivocando de camino. Tan tonta no soy. Además, se murió joven, drogadicta, alcohólica, depresiva.
–Justamente te iba a decir que, si hubiera sido así, a esta altura no te quedarían muchos años. Janis Joplin murió a los 27, vos tenés 22.
–Sí. Es una mina que se cagó bastante en el sistema. Sin tener una voz perfecta, tenía la mejor voz que conozco, con personalidad. Hay gente que canta perfecto, pero hace jingles. (Pausa.) Pero igual Janis se murió a los 32.
–No, a los 27.
–¡A los 32! Leí muchas biografías de ella y estoy casi segura.
(Cortésmente, prometo verificar el dato: jj nació el 19 de enero de 1943 en Port Arthur, Texas, y murió el 4 de octubre de 1970, en Hollywood, según The New Rolling Stone Encyclopedia of Rock and Roll y cuanto diccionario del género ande dando vueltas por ahí. Murió a los 27 años.)
natalia oreiro señala co- mo su gran pasión, al menos en este diálogo, el rock & roll y sus derivados. Cuando, por el puro ejercicio de preguntar, le consulto por qué entonces no hace algo más cercano a lo de Joplin, me contesta con una apertura ligeramente defensiva.
–Yo hago pop, y me gusta el pop. Me hago cargo de lo que soy. No puedo hacer una carrera televisiva y de repente hacer un disco de rock & roll. Porque la compañía no me lo va a permitir y porque además nadie me lo va a comprar. En mi segundo disco, que lo hago el año próximo, quiero sorprender sin decepcionar. Va a tener bastante que ver con el rock & roll y va a haber gente que viene del rock…
Le pregunto quiénes serán sus compañeros de aventura, pero se resiste a dar nombres.
–Quiero hacer una fusión del pop y el rock. No reniego del primer disco, pero yo no tuve mucho que ver, directamente. Lo hice en medio de un montón de cosas. Para la próxima… voy a tratar de hacer eso. Pero no, no puedo cantar "Cry Baby" como Janis…
–Justamente, te iba a pedir que me cantaras a capella "Oh Lord won’t you buy me a Mercedes Benz"…
–No puedo… O me tendría que fumar siete paquetes de cigarrillos. O alguna otra cosa.
–Si no fueras actriz, si no tuvieras ese sendero trazado de antemano del que hablabas, ¿qué harías?
–Haría rock. Pero no sé si podría. Si yo pudiera elegir, si tuviera mi propia discográfica, haría rock o blues.
–¿En serio? ¿Y cómo sería tu versión blusera?
–Como Pappo, pero en mujer.
La imagino con unos cuantos kilos más, una Stratocaster entre los brazos, los pelos sucios y desgreñados. Probablemente sea una deformación actoral: a Oreiro parece encantarle imaginarse en la piel de personajes que dan la impresión estar en las antípodas de la imagen –chica de barrio, femme fatal latina, estrella televisiva– que de ella reproducen los medios.
Como una discoteca puede ser la mejor cartografía de un alma, hago un pequeño desvío. Le digo que lamento no haber podido ver la suya, pero ella se ofrece a hacer una rápida, somera descripción. Sospecho que la enumeración puede llegar a ser parcial, que apuntará sólo a lo que cree que me puede llegar a interesar.
–Tengo todos Los Redondos. De hecho, fui al ultimo recital…
–¿Y no tuviste problemas? ¿No te reconoció por ahí ningún ricotero?
–No sé, a lo mejor sí. Mi aspecto cuando voy a un recital es realmente muy, muy distinto… Tengo todos los Ramones. A los 14 me escapé a Chile para verlos.
Los vi todas las veces que vinieron acá, cuando decían siempre que era la última. Iba como una loca. Hacía pogo y todo. Pearl Jam. Me encanta. Hasta me fui un fin de semana a Miami sólo para verlos. (Busca en vano la entrada que, según parece, lleva en la billetera.) De argentinos también tengo a Charly, Sumo (aunque lo escuché tanto que estoy un poco cansada), Almendra, Sui Generis, Los Piojos. De afuera, Fiona Apple.
–¿No te pesa la contradicción entre lo que cantás y lo que oís?
–No, no veo ninguna. Lo que pasa es que los argentinos, con vos adentro –y me incluye en un gesto–, son prejuiciosos. Que yo haga pop latino no quiere decir que a mí no puedan gustarme los Redonditos. Los rockeros grabaron un disco en homenaje a Sandro, y cuando eran jóvenes los que oían a Sandro eran unos grasas, ¿o no? Sandro era popular. La música es música (sube el tono). Yo puedo tener prioridad por algo, pero no podés ser tan cerrado. Aunque no concuerde con tu gusto, algo te puede atraer igual.
–¿Por qué empalmar tan rápido la carrera de actriz con un disco y meterte en esa especie de laberinto sin salida? Nunca se te ocurrió hacer la "gran Alanis Morissette", por ejemplo.
–No conozco la historia.
–En su país, Canadá, Alanis Morissette era una gran star adolescente, algo kitsch, hasta que salió del circuito, se deprimió una buena temporada, la agarró un buen productor y terminó sacando Jagged Little Pill. No es que desee que te deprimas, pero hubiera sido una buena manera de hacer el disco de rock que decís que te hubiera gusta grabar.
–(Corte abrupto. En tono afirmativo:) A vos no te gusta para nada la música que yo hago.
natalia oreiro mueve las manos continuamente al hablar. Una servilleta de papel termina desmenuzada entre sus dedos y lanza los restos, uno a uno, hacia los costados, al suelo, por la ventana. No logro descubrir si la discusión la divierte o la pone furiosa. Me inclino por lo primero (nunca pierde su buen humor), aunque claramente se encuentra exasperada por lo que parece ser su bestia negra: los prejuicios, término con el que desmorona cualquier comentario crítico, cualquier observación que la ponga en duda.
Como demostración de que no es un mero producto discográfico, me explica que un par de compañías la tentaron antes, cuando sólo era conocida por su trabajo en la televisión. Que eso la ofendió terriblemente. Entonces nadie sabía que cantaba, así que le pareció muy poco serio aceptar. Sólo después de prepararse y estudiar, cuando se sintió segura, cantó en la película Un argentino en Nueva York (una típica comedia costumbrista de bajo nivel, con cierto regusto anacrónico). Esto despertó el interés de bmg, que le hizo llegar una propuesta que le resultó interesante... No discuto: soy un caballero.
–Hay muchos rockeros que tampoco dicen nada. Sólo hacen whahhh whahhhh con la guitarra. Digamos las cosas como son: hay gente que hace pop bueno y hay gente que hace pop
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