
Tanturi: tangos para escuchar y bailar
Aunque Ricardo Tanturi, Angel D´Agostino, Rodolfo Biagi y Alfredo De Angelis no ocupan muchas líneas en los libros de historia del tango, igual fueron figuras decisivas para su resu-rrección como música bailable en la década del cuarenta del siglo pasado, directores de orquestas muy queridas en su momento que hicieron lo que estuvo a su alcance para conservar a los fieles en las pistas cuando ya se había extinguido la euforia inicial.
El menosprecio por Tanturi puede servir como caso ejemplar de ese desdén erudito basado en una presunta simplicidad musical, sin tener en consideración la totalidad de una obra elemental pero encantadora ni respeto por su vigencia entre esos baila-rines que saben lo que quieren y siguen exigiendo sus grabaciones en milongas de día de semana.
Un hombre nacido en Barracas -el jueves se cumplen cien años, ésa es la razón para recordarlo aquí como algo más que una nota a pie de página- que estudió un poco de piano, trabajó en el tango desde joven, nunca cerca de alguien importante, y se graduó de dentista, sin dejar de actuar entre Buenos Aires y Montevideo encabezando conjuntos llamados siempre Los Indios, por el equipo de polo que admiraba.
Igual que las orquestas de Miguel Caló, Osvaldo Pugliese y Aníbal Troilo, la de Tanturi existió durante años en radios y cabarets sin mostrarse en discos representativos de su personalidad, algo que consiguió hacer antes que ninguno de ellos, en noviembre de 1940, con un par de temas instrumentales -"La Cumparsita" y "Argañaraz"- que no suenan inferiores a nada de lo que se hacía en la época. Pero el gran despegue del director con la modalidad rítmica característica de Los Indios, sostenida por el trabajo del excepcional pianista Armando Posadas, se produjo un par de meses después, cuando Alberto Castillo debutó frente a un micrófono de grabación ento-nando los versos de "Recuerdo" -"murió mi compañera idolatrada/ la mujer que jamás olvidaré"-, un acontecimiento que debe ser considerado como la inauguración oficial de la etapa más esplendorosa del tango-canción.
La vinculación duró menos que otras asociaciones legen-darias surgidas en ese tiempo, como las de Troilo-Fiorentino, Pugliese-Chanel o D´Agostino-Vargas, pero fue suficiente para definir una manera distinta, muy realista, de cantar el tango, con agresividad, emoción y gran sentido del grotesco en materia indumentaria. Una invención de Alberto Castillo, que era genial y con interpretaciones como "Noches de Colón", "Moneda de cobre", "Muñeca brava" y, especialmente, "Así se baila el tango", pasó a ser un ídolo eterno, pero imposible de imaginar en otro contexto que el de la orquesta que Tanturi puso a su disposición.
Después, lo que no podía ser otra cosa que una catástrofe -la previsible partida del cantor más famoso del momento-, fue transformada por este director tan subvalorado en una renovación sorprendente, cuando en lugar del esperado imitador de Castillo, presentó a Enrique Campos, un desconocido traído del Uruguay en 1944 que se expresaba en un estilo cordial y algo melancólico con una actitud resignada, totalmente opuesta a la prepotencia de su antecesor.
Fueron otros tres años de sucesos y más de cincuenta grabaciones -entre ellas clásicos como "Calor de hogar", "Si se salva el pibe" y "El sueño del pibe"-, hasta que Campos cometió el error de escuchar ofertas mejores. Después vinieron Roberto Videla, Osvaldo Ribó, Juan Carlos Godoy y Elsa Rivas, ilusiones de que la intuición de Ricardo Tanturi para encontrar vocalistas aceptables iba a salvar a la orquesta de la gran crisis que en la década del 60 terminó con casi todos y también con él, que se despidió con un modesto simple en 1966, siete años antes de que lo sorprendiera la muerte.
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