
Los sonidos de Raymond Scott
Las andanzas de Bugs Bunny o los Simpson no parecerían un contexto adecuado para dar a conocer música de vanguardia. Sin embargo, gracias a la utilización constante en estas y otras series animadas, las raras melodías de Raymond Scott figuran entre las más escuchadas y reconocibles de las últimas seis décadas, aunque sólo en los últimos tiempos su autor ha sido reivindicado como representante notable de una generación de innovadores entre la genialidad y el disparate.
Lo curioso es que el compositor jamás escribió una nota para acompañar cartoons ni figuró en los títulos de ninguno de ellos. Su vinculación con el cine animado fue consecuencia de vender catorce piezas a la Warner Bros., muy caras pero sin restricciones para su uso, y de que Carl Stallings, uno de los directores musicales de la productora, descubriera el ingrediente delirante que las volvía ideales para el género.
En el momento de ceder esos temas, Raymond Scott era bien conocido en el mundo del jazz de preguerra como director de un quinteto que ejecutaba de memoria complicadísimos arreglos, y por composiciones que anunciaban en los títulos su fascinación con el universo de los hermanos Marx: "Los cubitos de hielo de ayer", "Música para acompañar la cena de una tribu caníbal", "Danza para ocho momias egipcias", "Noche terrible a bordo de un transatlántico", "Hipnotismo en Hawaii", "Danza de guerra para indios de madera" y fantasías por el estilo.
No se trata de parodias musicales dirigidas a melómanos en la línea de Spike Jones, Mickey Katz o lo que actualmente hace Les Luthiers, sino de composiciones rigurosas y claramente desarrolladas, graciosas como consecuencia de sus ritmos desacostumbrados, los timbres insólitos y el absurdo de exigir un virtuosismo impecable para interpretar miniaturas de tres minutos, no porque la intención fuera caricaturesca.
Scott vivió obsesionado por la relación entre la música escrita y los aparatos que la reproducían. "El compositor debe tener en cuenta que el oyente no recibe la música directamente; el sonido que le llega ha pasado por micrófonos, cables, amplificadores, receptores y parlantes que la modifican", pensaba en 1938, cuando era uno de los pocos ejecutantes populares con estudio de grabación propio y prefería fotografiarse frente a sus consolas o dando instrucciones desde la cabina que sentado al piano. Esa pasión repartida entre la música y la ingeniería para procesarla -microphone music denominaba a su meta- lo llevó a desarrollar en los años 40 técnicas de playback múltiple que ahora son de uso habitual, y se extendió luego al diseño de teclados eléctricos y de los primeros sintetizadores de los que se tenga noticia, que utilizó para crear una fusión de pop, efectos concretos, jazz, formas clásicas y electrónica imposible de categorizar.
Murió a los 85 años, en 1994, incapaz ya de operar su última invención: un sistema MIDI de fabricación casera similar a los que ahora se han vuelto imprescindibles para producir dance music. Su redescubrimiento comenzó el año siguiente, cuando Elvis Costello programó dos trasnoches de un festival de música alternativa con el sexteto holandés The Beau Hunks ejecutando las composiciones de Scott. Más adelante, el sello Basta sorprendió con la reedición de los tres volúmenes de "Sonidos para arrullar bebés", un anticipo de 1963 de lo que sería el minimalismo de Terry Riley y la ambient music de Brian Eno. El último año, la editorial publicó "Microphone music", una colección de interpretaciones inéditas del quinteto original, seguida del mítico álbum "Lo inesperado", nuevas evidencias de que no sólo fue un artista-inventor-artesano a la altura de Leon Theremin o Les Paul, sino que además su música era tan divertida como aventurada.





