
Convertir el tiempo en imagen, el mejor truco de Sigur Rós
La banda islandesa debutó en el país, como acto central del festival que muestra lo mejor de la electrónica más experimental
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Jonsi Birgisson frota el arco por las cuerdas de su guitarra y entona un falsete épico y celestial. Mientras, a los costados, pequeños destellos de luces amarillas se mueven lentamente, como cien mil luciérnagas que avanzan en procesión hacia un punto de fuga. La postal es elocuente, Sigur Rós acaba de hacer lo que mejor sabe: convertir el tiempo en una imagen. El sonido, ondas que viajan por el espacio, queda reconvertido en una constelación de partículas que se congelan por un instante. Más que una deconstrucción, es una desarticulación de la canción pop tal como la conocemos.
Desde esa fragilidad de "Ekki Múkk" en el comienzo hasta la catarsis de agudos y ruido blanco de "Popplagið" como único bis, el debut en suelo argentino de Sigur Rós fue un viaje a veces etéreo y a veces turbulento, pero siempre en total dominio de las acciones.

A lo largo de 12 canciones, el trío islandés entregó una caricia de post-rock de alto impacto sonoro acompañado por una puesta en escena de visuales y luces de perfección minimalista. Como ejemplo de esa travesía, la cambiante "Dauðalagið" (que en islandés significa "La canción de la muerte") fue una suerte de resumen de todo lo que es capaz Sigur Rós: una rapsodia de más de 10 minutos que incluye soundscapes, una batería dilatada, pasajes cercanos al noise y un final a capela. En vivo, la ambientación aportó el complemento clave con luces turquesas que formaban geometrías irregulares sólo interrumpidas por los cuerpos de los músicos.
Entre Radiohead y Mogwai, pero impregnados de la psicogeografía islandesa, el grupo demostró que toda la experimentación y la sensibilidad melódica plasmada en los discos tiene su correlato en vivo. "Eso estuvo hermoso", dijo Jonsi en una de las pocas interacciones con el público cuando desde abajo del escenario se coreaba la melodía final de "Festival", casi como un eco inevitable. Antes, "Ný Batterí", con una tormenta cubista en el techo del escenario, y "Vaka", con un maping rojo en tiempo real sobre los leves movimientos de los músicos, habían testeado los límites donde la música se funde con lo indecible.
En la música de Sigur Rós, más cerca de Brian Eno que de Chuck Berry, las texturas, los timbres y los paisajes sonoros les ganan a los estribillos y los riffs fáciles de recordar. Por eso, cuando Georg "Goggi" Hólm y Orri Páll Dýrason -en bajo y batería, respectivamente- traen todo a tierra con pulso de rock en "Sæglópur", la propuesta se vuelve tangible, al menos por un momento.
A veinte años de su primer disco, el show de Sigur Rós como atracción principal del Sónar Buenos Aires no sólo estuvo a la altura de las expectativas, también se hace un lugar entre los shows destacados de un 2017 con varias visitas internacionales de peso.
Noventa minutos después de comenzado, los aplausos debajo del escenario y la unión de la bandera argentina con la islandesa en manos de los músicos terminaron por sellar el fin de una espera que valió la pena.
Conformado desde su génesis en Barcelona allá por 1994 como un festival boutique de música electrónica y experimental, el Sónar se caracteriza por presentar una curaduría ecléctica y con un alto grado de refinación. En su nueva edición local, las ofertas que pasaron por los tres escenarios reflejaron el espíritu de las grillas de la franquicia. El impecable set de Gilles Peterson, con un asombroso dominio del groove que le permitió pasar del dub al drum'n bass y de ahí al world beat sin despeinarse; la propuesta por momentos impenetrable del alemán Pantha Du Prince, que se movió entre el dark ambient y el microhouse, o el trap bailable y desfachatado del español C Tangana fueron algunas muestras del nivel artístico que se puede encontrar en los márgenes del mainstream de la música electrónica.
Por el lado de los artistas argentinos, Melero explotó su costado cancionero con una banda bien amigada con el synth-pop y Zuker se dio el lujo de remixar a Sumo y a Mercedes Sosa para que la localía fuera bien explícita.
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