
A 20 años de la muerte de Pappo: su show con B.B. King en el Madison, la frase a DJ Deró que hizo historia y el prematuro final
Solo 54 años le alcanzaron para dejar tanto una obra prolífica como un arsenal de historias, anécdotas y mitos
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“Más fuerte. Vamos que Pappo no está tan viejo todavía, vamos”, animó a su público en el escenario de Cosquín Rock, secundado por la magnética distorsión de su guitarra mientras cantaba “Trabajo forzado”. “El dinero no me alcanza/ Para pagar el alquiler/ Para comprarme ropa/ Ni para tomarme un café/ Sigo caminando en las oscuras calles del Dock/ Dock Sud”, entonaba el Carpo en versos que describían una escena social, la del post 2001 astillando la realidad del conurbano, esa que siempre supo auscultar como notable compositor.
“Voy a invitar a un amigo muy famoso para que toque el piano en este tema”, dijo luego dando lugar a Charly García en el escenario, mientras entonaba los primeros acordes de su clásico “Desconfío de la vida” junto a Miguel Botafogo: “No sé por qué/ Imaginé/ Que estábamos unidos/ Y me sentí mejor/ Pero aquí estoy/ Tan solo en la vida/ Que mejor me voy”. Fue su último baile, primero como solista y luego con Riff, entre el 3 y el 4 de febrero de 2005, 21 días antes de su accidente fatal y la repentina muerte a sus 54 años, a tan sólo pocas semanas de haber cumplido 55. Y uno de sus últimos materiales en salir de las sombras: la templada performance de Pappo en Cosquín Rock ya podía escucharse desde 2021 en plataformas digitales y a partir de 2023 con su correlato audiovisual, luego de un trabajo de restauración y remasterización a cargo de su histórico sonidista, Álvaro Villagra.
Pasada la medianoche del 25 de febrero de 2005 y después de cenar en una parrilla, Pappo conducía su Harley Davidson negra por el kilómetro 71 de la ruta 5 rumbo a un motoencuentro. Su hijo Luciano circulaba en otra moto junto a su novia cuando a la altura de la localidad de Jáuregui, partido de Luján, se tocaron entre sí. Pappo cayó al asfalto y fue atropellado por un auto. El hijo y la novia resultaron ilesos. De acuerdo con el testimonio de Luciano, no iban jugando a pasarse, como circuló en la prensa, sino que de manera inesperada el Carpo hizo una maniobra que lo desconcertó y ahí fue que se rozaron con las motos. Según informaron las pericias, Pappo tenía un “alto nivel de alcohol en sangre” y se determinó “que la responsabilidad en el accidente recayó en la víctima”.

Norberto Aníbal Napolitano. El Carpo. El hombre suburbano. El guapo de La Paternal, nacido el 10 de marzo de 1950, sucio y desprolijo. El de las zapadas eternas, amante de los fierros. Fuerza, sentimiento y una técnica impecable. Gran compositor, sólido cantante. Héroe criollo de la guitarra, siempre con ella a su lado, compañera inseparable. Leyenda del rock nacional, músico de Los Abuelos de la Nada, Los Gatos, Pappo’s Blues, Conexión N° 5, Aeroblus y Riff, entre grupos que forjaron casi cuarenta años de carrera -su primera banda, a los 16 años, se llamó Los Buitres-, a la par que construyó una obra esencial para comprender las raíces suburbanas del rock nacional.
“Ángel y demonio a la vez”, como lo retrató Luis Alberto Spinetta con su maravilloso poder de síntesis. Claudio Gabis (Manal), amigo y colega cuando ambos eran adolescentes, dijo que Pappo se inventó un personaje “que era auténtico, pero después estaba Norberto Napolitano que era otro tipo, muy tierno, muy alejado de la bestia”. El de las temerarias borracheras y los cabarets, el que reivindicó la épica barrial y vivió el jet set de Punta del Este, el de la tanada familiar y su incansable condición de mujeriego. El que deslumbró a todos cuando de pibe hacía los solos de Clapton y Hendrix con una criolla desvencijada.
“Lo más notable de Pappo es que practicaba y practicaba, y sin formación previa podía reproducir cualquier solo de guitarra”, lo describió Pipo Lernoud. El hombre de las decenas de anécdotas encarna en el libro 100 veces Pappo (Norma), escrito por José Bellas y Fernando García bajo el subtítulo de Las increíbles historias del último rocker argentino, y se puede leer acompañado de El hombre suburbano (Planeta), una documentada y atrapante biografía de Sergio Marchi. “Y dale Pappo, dale, dale Pappo”, un viejo canto de guerra que se escuchó desde tiempos inmemoriales se coreó más que nunca con el clásico “¡Viva Pappo!” -como la canción que le compuso La Renga en su memoria- en aquel multitudinario, popular y emotivo sepelio, donde una caravana de autos, motos y fans acompañaron los restos de su ídolo hasta el cementerio de la Chacarita, y el inmortal “Pappo no se va”, mientras revoleaban remeras y musculosas negras y levantaban al cielo botellas de alcohol en el rugir de motores y bocinazos.

“Pappo siempre fue un artista muy complejo, pero a la vez muy sobrio. Su personaje era extravagante, pero su música era precisa”, resumió el biógrafo. “Son muchos pensamientos para una sola cosa”, cantó Pappo en “Sucio y desprolijo”, tal vez como muestra de que en su vida artística supo abordar una cantidad de estilos y géneros donde cabían el rock and roll, el boogie-woogie, el blues, el rockabilly, el rhythm & blues, toques del rock progresivo, el punk rock, las baladas, la new wave y el hard rock, que dejaron a un lado la acusación de “cuadrado” que debió soportar en los 60 y 70 -y que luego se continuó con sus letras, siendo uno de las más infravalorados de su ecosistema-, cuando la crítica especializada abrazaba mayormente a Almendra, Manal y Serú Girán.
Sus cruces de frontera con otros artistas quedaron reflejados en el encuentro cumbre con Sandro, cuando el Gitano invitó a Riff al programa que tenía en 1990, Querido Sandro. Eran amigos desde los comienzos de su carrera: se habían conocido en La Cueva de Avenida Pueyrredón. En vivo hicieron playback en dos canciones de Sandro, “Vengo a ocupar mi lugar” y “Soy salvaje”. Luego del corte publicitario, Riff regresó para tocar su clásico “Susy Cadillac”, que poco tiempo después Pappo le confesó a Susana Giménez que lo compuso en homenaje a ella.
La primera guitarra
De padre metalúrgico (Carlos Napolitano) y madre escritora (Angela Torti), tuvo su primera guitarra a los ocho años. “Lo que me impulsó a tocar fue la viola de un vecino. Fue la primera eléctrica que tuve en mis manos. Se la robé y le prometí que se la iba a pagar y después me mudé a otro barrio y nunca más me vio”, contó en la revista Canta Rock en 1984. “Nací barítono y moriré barítono”, bromeaba sobre su voz gruesa, aunque era consciente que en los primeros discos de Pappo’s Blues cantaba en un registro muy alto. Los discos nunca pudieron ser remasterizados porque las cintas originales se perdieron, una de sus bandas más memorables que tuvo constantes cambios, despedidas y reencuentros. Con David Lebón y Black Amaya registraron el primer disco en 1971 y el segundo en el 72. Para el tercer álbum, la formación era otra: Pomo en batería y Machi Rufino en bajo y coros -parte del mito dice que guardó recelo de por vida con Spinetta por “robárselos” para la creación de Invisible-.
Para grabar la cuarta placa, en 1974, retornaron David Lebón -en guitarra- y Black Amaya y se incorporaron Alejandro Medina en bajo e Isa Portugheis en percusión. Paralelamente, en una explosión creativa, Pappo realizaba presentaciones como solista y como guitarrista invitado por otros grupos, y mientras vivió en Europa la discográfica editó Triángulo (1974) y Volumen 6 (1975) con material previamente registrado.
En “El hombre suburbano”, quizás su primer hit como rocker, rezaba: “Estamos en el tiempo/ En que el ser humano/ Vive con razón de ser/ Con sólo unas palabras/ Un caso pueden resolver/ Pero pega una trompada y tira todo (…) Un hombre sin historia, sin tiempo y sin memoria, puede reaccionar así”. Durante la dictadura breve del general Roberto Levingston, a comienzos de los 70, componía letras como estas: “¿A dónde está la libertad?/ No dejo nunca de pensar/ Quizás la tengan en algún lugar/ que tendremos que alcanzar”. Y mucho tiempo después, con los interminables Pappo´s Blues y con su vozarrón inconfundible hizo loas de buscar la libertad en el camino con su versión en castellano de “Ruta 66″, road movie hecha clásico: “Andarás bien por la 66/ Serpentea de Chicago hasta L.A./ Son dos mil millas, más también podrás hacer (si quieres)/ Andarás bien por la 66/ Va por Saint Louis, abajo está Misuri/ Ciudad de Oklahoma es tan bonita que/ Verás Amarillo, Gallup, hasta México/ Flagstaff, Arizona, no olvides Pomona/ Grandes olas rompen, San Bernardino hey!”.
En el anecdotario de récords, el recital en Obras Sanitarias de la noche del 22 de mayo de 1993 alcanzó una cima imposible de trepar. Nadie recuerda con precisión si fueron cinco, seis o siete horas: aquella noche del 22 de mayo los asistentes perdieron la cuenta del tiempo que Pappo utilizó para dar el show más largo en la historia de Obras, con Botafogo y las Blacanblus de invitados especiales. Cinco meses después el músico volvió al templo con un recital más breve pero pródigo en invitados ilustres como Albert Collins, Deacon Jones y Edgar Winter. Pappo tenía una relación especial con Obras: en 1981 Riff presentó Ruedas de metal y el público rompió las butacas y hubo grescas con la policía. Y de los últimos lugares donde tocó, otro de sus preferidos había sido el festival San Pedro Rock, donde agarraba la moto y emulaba las rutas norteamericanas en eso de tocar en un condado lejano. En la primera edición, quedó conmovido cuando le construyeron una rampa que iba desde la entrada al estadio hasta el escenario para que el Carpo arrancara directamente con su show zapando con su endemoniada guitarra “Auto rojo”, ante la excitación del público: “No puedo correrle a nadie, porque no anda ni para atrás; está flojo de cubiertas, y lo tengo que alinear; pero a este pequeño auto rojo, yo lo amo de verdad!”.
B.B. King lo había bautizado Mr.Cheese después de que el Carpo le regalara una horma de queso en una visita a la Argentina, en 1992, donde tocó como telonero y luego invitado sorpresivamente por su ídolo en el show principal. En la faceta de anfitrión de tanques internacionales, Pappo además fue telonero de los Guns N’ Roses en River Plate. “Es uno de los más grandes guitarristas, no sólo de Argentina, sino de todo el mundo”, llegó a decir el rey del blues de Pappo, a quien al año siguiente lo invitó a un show en el mítico Madison Square Garden, del que también participaron leyendas del género como Buddy Guy y Koko Taylor. “Tocar esta noche en el Madison es como tocar en casa. Ellos me hacen sentir así. Acá no se toca ni con los dedos ni con la mente. Se toca con el alma, porque es blues. Hay que poner todo el sentimiento y las lágrimas ahí arriba”, le decía en aquellos días Pappo al periodismo.
“En 42 años de carrera conocí 68 países y grandes músicos de jazz, country y rock’n’roll. Esta noche tengo el orgullo de presentarles al mejor guitarrista de blues de Sudamérica: de Buenos Aires, Argentina, ¡Pappo!”, fueron las palabras del rey para presentarlo ante los cuatro mil neoyorquinos presentes. Después de aquel bautismo de fuego en la tierra prometida, tocaron varias veces más juntos. La amistad se mantuvo hasta siempre, al punto de que B.B. King llegó a decir que el guitarrista argentino “fue como un hijo” para él. En octubre de 2024 murió Peter Deantoni, el histórico manager de rock que lo llevó al Madison. “Con Pappo todo el mundo ha tenido problemas, pero yo nunca los tuve, aunque reconozco que no era una persona fácil”, testimonió en su libro Pappo Made in Usa (Planeta).
Todos los músicos de la vieja guardia del rock guardan alguna vivencia con el Carpo. “Lo extraño mucho a Pappo, porque hay que extrañar para no olvidar. Además, ¿cómo olvidarlo si formamos ese trío alucinante que fue Aeroblus, la primera banda pesada de verdad? Tocábamos eso en el 76, entre botas y tiros”, dijo el legendario bajista Alejandro Medina sobre aquellos temas sanguíneos y espesos. “Es una gran pérdida para la guitarra eléctrica, para el rock y el blues. Es irreparable, siempre lo tengo presente y me pongo melancólico. Todos los violeros estamos sufriendo”, había dicho Luis Alberto Spinetta. Y Vitico, bajista de Riff, soltó: “Llegué a pensar que Pappo era inmortal, indestructible; pero cuando pasó lo que pasó bebí tanto... y la tristeza no se me fue. Entonces me di cuenta de que eso no servía para nada. Y cuando dejé de beber, aunque no me riera todo el tiempo, las cosas comenzaron a salirme mejor. Pero cuando Pappo se fue ya nada fue tan gracioso”.
Entre sus polémicas, con su tono cavernoso y gutural cierta vez dijo que “Fito no toca rock” y “Spinetta es un genio; Charly García; no. Es un talento, pero no un genio”, aunque la más conocida fue cuando le dijo a DJ Dero en Sábado Bus, el programa que conducía Nicolás Repetto, frases como “Conseguite un trabajo honesto” y “Vos no hacés música”. En otra ocasión abandonó una entrevista televisiva porque se ofendió con el conductor al verse comparado con Julio Bocca. Y en los últimos años se recordó cuando la periodista Alicia Barrios lo expuso públicamente en un intento de violación en los 80, cuando el guitarrista junto a un grupo de hombres “se le tiró encima” en un camarín del Luna Park y ella escapó a las corridas. “Uno siempre tiene ganas de violar a gente tan linda como vos”, le había retrucado Pappo, con aire de suficiencia y luego remató: “Viste como es esto... la violación es un tira y afloje de ambas partes”.
En aquel entonces Alicia sufrió insultos y situaciones incómodas con los fanáticos del intérprete de “Juntos a la par”. “En el canal pasé a ser una persona peligrosa y cada vez que salía al aire y grababa me ponían a una persona que me estaba observando, para ver si pasaba algo. Lo de Pappo cayó mal. No me dijeron nada pero me pusieron gente para que me vean”, contó Barrios sobre aquel momento, a la par que una ex novia, María Luz Carballo, reveló que tuvo su primera experiencia sexual y luego una relación de años cuando tenía 14 años y él 41.
Grupos fundacionales
“Los Gatos me hicieron jugar en primera, y con Los Abuelos fue como tocar en un club de barrio. Yo era muy agresivo para tocar la guitarra, quería tocar blues, y entonces me fui”, contó sobre sus pasos sobre los grupos fundacionales del rock argento, donde pasó también por La Pesada del Rock and Roll y fugazmente por Manal. Con su pelo largo, decía que los militares lo detenían cada diez minutos. En su vida en Europa, en 1978 acompañó durante seis meses a Peter Green, y también tocó con el bajista Lemmy Kilmister en la banda que luego se conocería como Motörhead. A finales de los 80, Pappo se instaló en Los Ángeles y formó una nueva banda bautizada The Widow Maker (“el hacedor de viudas”), con la que realizó una pequeña gira por América del Sur y por 24 ciudades de Estados Unidos.
A Luciano, su único hijo, lo conoció de adolescente. “Fue un gran maestro de la vida, un protector del mundo. Mi banda (Lovorne) nació de las ganas de tocar temas míos y el que me impulsó a cantar fue él porque yo no me animaba”, dijo Luciano sobre su padre. Luciano Napolitano, que con su banda llegó a ser telonero en un concierto de Bruce Springsteen en Buenos Aires, fue detenido acusado de golpear brutalmente y amenazar a su expareja. Después de ser absuelto en primera instancia, la Suprema Corte de Justicia de la Nación lo condenó a tres años y ocho meses de prisión.

El hombre y su descendencia, el mito, la violencia familiar. La casa, el taller, la vieja, las groupies, la audiencia de tevé masiva con su exitoso papel en Carola Casini. El tipo que desfiguró de una piña al músico Lucas Martí y a la vez fue capaz de maravillar a Martha Argerich en un extraño Año Nuevo de 1975 en Londres, cuando se sentó al piano y tocó un blues. ¿El último rocker argentino? ¿El que siempre había dicho que quería vivir hasta los 50 y que nunca dejaría los fierros y la vida a los palos? “No soy quién para ser/todo lo que soy”, entonó en “Algo ha cambiado”, tema del disco Pappo’s Blues Vol. I, con su simpleza y ausencia de pose intelectual, el working class hero ovacionado en el Madison Square Garden y que aspiraba a resurgir con Buscando un amor, el último disco que le produjo su amigo Jorge “Corcho” Rodríguez.
En su último disco hizo los arreglos de los violines mientras que Javier Malosetti se encargó de la sección rítmica. Por aquel tiempo andaba de capa caída y sentía que la industria musical renegaba de su talento y su obra, y decidió que la portada del álbum incluyera a sus ídolos Muddy Waters, Stevie Ray Vaughan, Robert Johnson, John Lee Hooker y Jimi Hendrix, quienes aparecen sentados en una mesa jugando al póker con Pappo. A Hooker lo había incluido en el tema “People don´t Care”, en su disco Caso cerrado (1995), donde a una vieja grabación le agregó un solo de guitarra. En una de sus últimas entrevistas, con motivo de su cumpleaños 54, dijo que nada mejor que su campera de cuero de veinte años de antigüedad, sus zapatos, su moto. “El amor por la vida”, resumió, con ganas de seguir componiendo. Admitió que La Renga era la mejor banda para improvisar en zapadas eléctricas y que sólo quería tocar con sus amigos, los que lo acompañaban en su banda: Nico Raffetta en teclados, Yulie Ruth en el bajo, “Bolsa” González en batería, Luis Robinson en armónica, las Blacanblus en los coros, José Bale en percusión y Henry Donati en steel guitar.

En una entrevista con Andrés Ciro Martínez que en la pandemia se viralizó notablemente, Juanse recordó varias anécdotas. Una de ellas, tal vez la más famosa, fue cuando lo juntó con Charly García para un recital en Miami. “Estos tonos son muy difíciles”, se quejó Pappo, a lo cual el creador de Sui Generis respondió: “Estudiá música”. Juanse dio cuenta de los celos de Pappo y su tensa relación con Charly, a punto tal que se pelearon en un concierto en vivo y Charly le respondía con un sonido gracioso que salía de su teclado diciendo: “Mamá”. Juanse recordó que el ingeniero de sonido Joe Blaney fue el eslabón clave para resguardar aquel fabuloso encuentro.
El Carpo se lamentó de no haber podido ver a Hendrix en vivo, como sí hizo con Black Sabbath, Deep Purple o King Crimson. En una de sus incursiones por Alemania, tocó en un club de Hamburgo donde había tocado The Beatles. “Podría haberme quedado a vivir afuera, en Los Ángeles o Inglaterra, pero era mucho trabajo con el idioma, las costumbres, y extrañaba a Argentina. Además había problemas con la documentación, trabajé de lavacopas cuando me quedé sin dinero. 31 discos, varios de Oro, soy un agradecido de haber tenido una carrera pareja”, contó poco antes de morir y dijo que de Alemania escapó con una Les Paul. De su predilección por las Gibson y la Fender Stratocaster, ponderó la Flying V que usó en el Madison y la que destrozó en los shows de Riff, que luego Héctor Starc reconstruyó. Pappo usaba sus guitarras directamente conectadas al amplificador, sin efectos. Y la mayor parte de ellas se encuentran exhibidas en el Red House, el secreto mejor guardado del rock y el blues local.

En sus memorias brillaba el mítico “Chau Pappo´s Blues, hola Riff” a sus 30 años, apenas regresado de Europa, virando el timón hacia una música más pesada, densa y moderna, pregnado de AC/DC, Ozzy Osbourne, Led Zeppelin, y la estética de cuero, tachas y cadenas; alguien que buscaba más una atmósfera antes que un sonido. “El rock and roll es mi presentación en la Tierra”, dijo aquella vez en la antesala de Ruedas de metal, disco inaugural del metal criollo con temas emblemáticos como el fierrero “No detenga su motor”, y una batalla sorda: la de sacar de primer plano a Serú Girán, por entonces la banda representativa del rock nacional. Con letras sencillas y metáforas directas, bajo campante distorsión, en los últimos años de la dictadura militar Pappo cantaba con su voz de trueno: “No detenga su motor, e investigue su interior/ si el mundo da vueltas, y nosotros también, para qué separarse de su ser/ Separarse de su ser, irse muy lejos tal vez/ por eso le ruego, que se haga un favor, que nunca detenga su motor”.
Su buena onda de joven con Miguel Cantilo, el día que tocó con Spinetta en un festival organizado por el célebre sacerdote Carlos Mugica en la Villa 31, la participación en el programa de Tato Bores cantando “Mi vieja” como un boom, preludio de un disco que vendería doscientas mil copias, Blues local (1992). Allí aparece un homenaje a Cactus, su gigante Fox Terrier -compañero que llevaba a sus conciertos y cuyas actuaciones era capaz de suspender si no lo dejaban entrar con él-, en “Blues del Perro”: “En noches de siete lunas/ Mira el desierto/ Es mi perro, es correcto/ Y ama los blues, ama los blues/ Es perfecto, y odia a esa gente/ Que aparenta estar en California”.

En la casa de Pappo se solía escuchar música clásica y óperas porque el papá de Angelita, la madre, era tenor y había pertenecido al Teatro Colón. Su hermana Liliana empezó de chica a tocar piano. “Cuando era chico mi hermana estudiaba en la misma pieza donde yo dormía, entonces a las nueve de la mañana yo me ponía dos almohadas en las orejas para no escuchar. Era terrible, pero creo que eso me ayudó”, decía. “Norberto tenía oído absoluto. A mí me ponía loca cuando me marcaba los errores. Pero por lo general, era verdad”, confesó su hermana, y dijo que Norberto le afinó varias veces el piano. “Claro, eso después me lo cobraba: tenía que hacerle tartas de atún, lustrarle las botas, hacerle masajes. Pero yo lo hacía con gusto porque era mi hermano”.
“Pappo fue mucho más que un buen guitarrista de blues o de rock, fue más que un músico exitoso, fue más que un personaje pintoresco, fue más que un muchacho de barrio devoto de su familia paterna que nunca pudo formar la propia, fue más que una estrella de rock. Pappo fue todo eso y alguna otra cosa que es imposible definir como algo que no sea un estado del ser. Un ser rockero y auténticamente argentino”, se lee en la introducción de la biografía El hombre suburbano. Ese rockstar que supo tener un autotributo en vida en el mítico encuentro de Pappo y Amigos en 2000, con La Renga, Divididos, Almafuerte, Los Piojos, Andrés Calamaro, Juanse y Moris haciendo versiones que brindaron un shock de nueva energía a los temas originales.
Precursor del rock barrial como del metal criollo, sigue sonando en sus discos como uno de los mejores guitarristas eléctricos de las pampas. “Luego de Clapton y Hendrix, no escuché un guitarrista que me impactara tanto”, contó alguna vez el legendario Jorge Álvarez que le confesó el productor de The Foundations. “Pappo tenía un sonido especial que provenía de sus dedos, pero también de su corazón”, escribió Sergio Marchi. Un oído absoluto, a lo Charly; lúcido y salvaje, oscuro, sensible y verborrágico, una capacidad intuitiva para la composición, unas letras marginales y contundentes, una voz afinada al ritmo potenciado y justo de sus canciones. A la par de las decenas de bandas tributo que pululan en el país, referente blusero de varias generaciones y luchador para que el rock no se volviera elitista y de mala calidad, Pappo fue un músico de un carisma tal que dejó un legado inagotable. Directo, simple y feroz como “Rock and roll y fiebre”, van de la mano los dos y juntos a la par, tal vez como el hombre suburbano que sigue su rutina sin darse cuenta que su vida terminará.
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