
"Milagros como hechos que el hombre puede realizar"
Sangye Dorye y Rinchen Kandro
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"Hay mucho dolor y no parece haber salida. La sensación es estar dando vueltas, diciendo las mismas palabras y merodeando por los mismos senderos. Creo que la gran tarea del siglo XXI será encontrar una nueva espiritualidad. Lograr que el hombre vuelva a descubrir su dimensión espiritual", explica el lama Sangye Dorye.
"Es que la falta de espiritualidad nos llena de temores. Tenemos un miedo irracional a la muerte, circunstancia que aceptaban con sabiduría nuestros antepasados. Todos sabemos que vamos a morir pero lo negamos, mientras, por otra parte, vivimos una existencia llena de ruidos, violencias y escapes de todo tipo, que no es precisamente sana", completa su mujer, lama Rinchen Kandro.
En unos días más, el miércoles 9 de febrero, comenzará el año del Pájaro de Madera, 2132, el nuevo año lunar según la tradición tibetana. Además, el aniversario número 22 de la inauguración del Instituto para el Estudio y la Práctica del Budismo Tibetano Kagyu Tekchen Chöling (Jardín del Budismo Mahayana), que desde hace 13 años dirige la pareja. En realidad, el primitivo nombre de Sangye Dorye es Horacio Araujo; el de Rinchen Kandro, Consuelo Navarro Ocampo. Son argentinos.
Recibieron sus denominaciones religiosas de sus maestros Kalú Rinpoche y Bokar Rinpoche, cuando se ordenaron en el Colegio Monástico Kasgyu-Ling, en la Borgoña francesa.
–¿Cómo descubrieron a Buda?
Sangye Dorye: –Descubrimos al Buda Sakiamuní en una casa de la calle Ciudad de La Paz, en el barrio de Belgrano. El dueño de casa era médico y además reunía amigos para meditar y estudiar budismo. Yo nunca había pertenecido a una religión, pero siempre tuve inquietudes espirituales. Comencé a interesarme por el budismo en Brasil, cuando asistí a un retiro espiritual de varios días en un monasterio de la isla Vitória, en Espíritu Santo, cerca de Río.
–¿Y el lama Rinchen Kandro?
Rinchen Kandro: –Yo llegué a Ciudad de La Paz buscando un remedio para mi rodilla dolorida. Hacía danza moderna y vivía en San Isidro; cuando me enteré, me agregué al grupo. Nos entusiasmamos y, en 1983, llegó a Buenos Aires el lama Sherab Dorye, que era el primero que llegaba al país. Nos hicimos muy amigos y en un viaje posterior, en 1986, nos propuso ir a estudiar al monasterio de Borgoña.
–¿Qué hicieron?
S. D.: –Dejamos todo, vendimos el departamento y allá nos fuimos. No pensábamos ordenarnos de lamas ni nada por el estilo. Todo lo que queríamos era investigar, reflexionar, saber más sobre budismo. Pero nos quedamos muchos años, después nos ordenamos y continuamos nuestra formación en la India y en Nepal. Finalmente regresamos.
–¿Por qué?
R. K.: –Cuando uno se ordena, los maestros le buscan un destino. Porque un lama sin misión, sin una tarea, es como un lama incompleto. Nos alegramos cuando nos propuso volver a la Argentina: es nuestra tierra, aquí nacimos, aquí nacieron nuestros padres.
–¿Qué sintieron como ministros de una religión exótica?
S. D.: –Llegamos a un país con grandes conflictos, no muy distintos de los que pudimos ver en otros lugares del planeta. Provocados, entendemos, por esa negación de la dimensión espiritual del hombre que lleva, entre otras cosas, al relativismo moral. Como lamas, buscamos respuestas en las enseñanzas del Buda Sakiamuní. El budismo tiene una característica, es muy directo. Los retiros espirituales no son otra cosa que buceos profundos para que cada hombre comprenda que es un ser humano y así poder realizarse y ayudar a los demás. Para que se descubra a sí mismo.
R. K.: –En el budismo se habla de milagros como hechos que el hombre puede realizar, aunque sean increíbles y maravillosos. Como los lamas peregrinos que sumidos en trance recorren velozmente centenares de kilómetros suspendidos al ras del suelo. Las enseñanzas de Buda apuntan a que cada hombre pueda transformarse en un Buda. No es algo inalcanzable.
–¿La solución sería cambiar de religión?
S. D.: –No creo que sea la solución. Es más, puede ser contraproducente y esto no lo digo yo, lo afirma el mismísimo Dalai Lama. Hay que buscar la espiritualidad dentro de la propia cultura, si es posible dentro del propio país, del propio ambiente.
R. K.: –El verdadero peligro es ser frívolo, quedarse en la superficie; no es un problema geográfico ni cultural. Si uno no cambia de actitud da lo mismo que sea cristiano, musulmán, judío o budista. Hay que apuntar a lo profundo porque allí es donde está la verdadera espiritualidad.
–¿Cómo creen que será esa nueva espiritualidad?
S. D.: –En primer lugar, no será dogmática, porque los auténticos valores espirituales son comunes a todas las creencias. Creo que las religiones tradicionales se abrirán, establecerán puentes; intercambiarán sabiduría y experiencias. Por otra parte, habrá un rescate de antiguas tradiciones, de la sabiduría popular. A veces me asombro, cuando voy al campo y me encuentro con viejos paisanos, casi iletrados, de una gran humildad, pero con una increíble sabiduría heredada.
R. K.: –Al mismo tiempo, esa espiritualidad debe ser un componente fundamental de nuestra vida cotidiana. Debemos aprender a valorar y disfrutar de la paz interior, el buen trato, la alegría de vivir, el cuidado del ambiente, la justicia, la autoestima, el amor en todas sus formas.
Meditación
El 50 por ciento de los asistentes a nuestros cursos son terapeutas –dice el lama Sangye Dorye–. Y eso es un síntoma de una búsqueda espiritual. Que un psicólogo asistiera a una sesión de meditación Shiné (meditación de la calma) o de reflexión en un centro como éste, era algo impensado unos años atrás.
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