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Marina Diamandis, hija de padre griego y madre galesa, se dio cuenta de que quería ser estrella pop cuando tenía 14 años y vio un video de Britney. Ahora recién tiene 24, pero ya sacó un muy atractivo primer LP que llevó a la prensa británica a babearse con ella, venderla como "la nueva Kate Bush", y confiarle la improbable tarea de combatir la ubicuidad de una colega del otro lado del océano: Lady Gaga. Pero quizás habría que compararla mejor con Lily Allen: muy lejos de la delicadeza lírica y el aura de Kate Bush, y en las antípodas de los pechos puntiagudos, marcianos y fálicos de la Germanotta, Marina se autoproclama una chica indie, se esfuerza por criticar la artificialidad en las apariencias ("I Am Not a Robot") y no encuentra ningún problema en mostrarse como una vecinita hipersensible que se duerme ante las chicas que se lo pasan calculando calorías ("Girls" es un himno al masoquismo femenino). Su voz es carnosa, fuerte e histérica y es sin duda uno de los encantos de este promisorio debut.
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