
A fines de los 80, Alvaro Henríquez conocía a Roberto Parra. Sería el comienzo de una amistad con influencias recíprocas, documentada en conversaciones y registros sonoros inéditos. En esos archivos, adelantados aquí a diez años de su muerte, Parra rememora su infancia y sus años de vagabundeo, que fueron casi todos.
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Apenas hubo un saludo. apenas un “Cómo está, gusto de conocerlo”. Tal vez ni siquiera eso. Roberto Parra fue al grano:
–Así que usted toca guitarra, ¿a ver?
Y el otro, un poco descolocado, no se hizo de rogar. Tomó la guitarra e hizo lo que le pedían: tocó, y el acto fue una presentación y una forma de ahorrarse frases del tipo “Sí, soy de Concepción, llegué hace poco a Santiago, tengo una banda. Y a todo esto, ¿qué música le gusta a usted?”. Todo eso vendría después.
Convocado a la casa de Nicanor Parra, en La Reina, Alvaro Henríquez había llegado con el director Andrés Pérez para conocer al hombre que había escrito las Décimas de La Negra Ester, libro que dio origen a la obra de teatro más taquillera de la historia del país. Pero en ese entonces, probablemente a fines de 1988, Alvaro Henríquez era apenas una promesa y Roberto Parra, un ignorado. Eran otros tiempos, claro. Para una generación que había crecido con bandos militares y Estado de sitio y excepción, la cueca era todavía un símbolo patronal y castrense. Chile todavía caminaba bajo órdenes, a paso lento y provinciano, y se hacía difícil imaginar que surgiría algo como mtv; y menos, que en esa impensada mtv el grupo de Alvaro Henríquez llegaría a tocar cuecas de Roberto Parra. Pero eso también vendría después.
Parra escuchó atento lo que tocó Henríquez. Después levantó las cejas y con poco dijo mucho:
–A ver, otra– desafió.
Sería el comienzo de una amistad que se consolidó en torno del montaje de La Negra Ester, donde uno oficiaba de dramaturgo y el otro de músico, y que sería decisiva para la música chilena de los 90. Parra fue reconocido –y recompensado– por su dramaturgia y por sus cuecas choras y su jazz guachaca. Y a la vez, el grupo de Alvaro Henríquez, Los Tres, promovería esta música como una bandera de identidad nacional que había sido negada por la dictadura. Entonces vinieron los discos, la fama y mtv. Pero llegar a eso tomó tiempo y dedicación.
–Después de ese primer encuentro, empezamos muy naturalmente a juntarnos un poco más –cuenta hoy Henríquez–. Como yo era el guitarrista de la obra, él se acercaba a mí y me decía: “Eso no se toca así”; me enseñaba, y yo, mientras eso no saliera igual que lo que él me había pedido, no descansaba. Siempre nos poníamos a tocar antes y después de las funciones, y me acuerdo que yo me sentía bastante privilegiado porque, por lo general, (en la compañía) teníamos que cumplir los trabajos forzados, como lo llamaba yo, que era sacudir la alfombra, limpiar los baños, arreglar el escenario, las graderías, y como yo tocaba cuando el Roberto llegaba, nadie me iba a molestar. Estaba eximido de los trabajos forzados.
La relación fue estrechándose con el tiempo, y se tornó obsesiva y dependiente. Cuando el Gran Circo Teatro se fue de gira por Europa a presentar La Negra Ester, Henríquez fue el chaperón oficial y exclusivo del autor de “El chute Alberto”. Y poco después del regreso, desde 1994, ambos contrajeron un compromiso que rara vez incumplieron: cada mañana de domingo, Roberto Parra tomaba el micro desde su casa de la comuna de La Florida, en el límite de Puente Alto, con destino al departamento de Henríquez en el centro de Santiago. Allá, en un edificio de calle Ismael Vergara esquina Santo Domingo, el músico de Los Tres lo esperaba con un consomé de patas de pollo o pescado frito, dependiendo de cómo había amanecido el día. Y después de comer, con toda la tarde por delante, permanecían tocando y conversando frente a una grabadora que fue registrando lo que serían los últimos días de Roberto Parra. El 21 de abril de 1995, a los 73 años, moría dejando una mezquina obra publicada; apenas cuatro discos firmados con su nombre y un número similar de escritos.
El registro de esos encuentros dominicales, que desde entonces guarda Henríquez como hueso de santo, se constituye en el principal –y casi único– archivo que permanece de Parra. En esas cintas, grabadas entre 1994 y principios del 95, hay varias horas de músicas y relatos en los que el autor de “Las gatas con permanente” recuerda su infancia en Chillán, sus años de vagabundeo y su relación con Violeta y Nicanor, entre varios otros temas que serán editados en un disco documental y que damos a conocer a continuación, a diez años de la muerte de Roberto Parra.
Infancia
yo era el regalon de mi mama. me ponia encima de la mesa, a patear el pan. Cuando había. Y me acuerdo, tenía un pantaloncito hasta aquí de terciopelo. Y una blusita de seda. La quería mucho. Eramos diez: la Marta, Olga, Nicanor, Hilda, Violeta, Lalo, Roberto, Caupolicán, Lautaro y Nene, el tony canarito.
Mi mamá no sabe que la Violeta toca la guitarra y canta. Entonces la Violeta dice: “¿Mamita, por qué no me consigue una guitarra? Como estamos tan mal –le dice–, yo voy a ir a cantar a la calle. Pa’ traer plata pa’ la comida pa’ todos nosotros. Y pa’ mis hermanitos”. Me acuerdo cuando llegaba la Violeta con el canasto con verduras, con sandías, con uva, con membrillo. “Ya mamá, aquí está”. Y la platita. A patita pelá.
La Violeta nos empezó a sacar a la calle. Sacó al Lalo primero. Y después sacó a la Hilda. Los cuatro íbamos al cementerio a vender agüita pa’ las flores. Arreglábamos esa parte donde están los nichos altos y nos robábamos las flores y las coronas artificiales, una coronas bonitas con guirnaldas, pa’ arreglar la tumba de un tío y la de mi papá. Escribí sobre todo eso en Chillán:
También en el cementerio,
limpiaba tajas con bichos.
Era todo por capricho,
gritaban los ruiseñores.
Agüita para las flores
y escaleras pa´ los nichos.
Violeta en décimas
hace como cinco años atras nomas, nicanor me dijo: “Tú tienes que hacer algo sobre la Violeta. Cómo la viste tú nada más. Sin quitarle ni ponerle. No vas a inventar historias, ¿ah? Porque hasta aquí no más llega la amistadita”. Porque yo ya estaba haciendo décimas sueltas, pero ahora empecé de esta forma. No lo ha visto todavía don Nica: “En varias ocasiones he tratado de escribir algo sobre Violeta Parra. Pero la tos no me deja. Escribir algo sobre Violeta Parra: es más fácil pescarle el buenas noches a un ánima que escribir algo sobre esa sublime mujer. El que se atreva escribir algo de Violeta, tendrá que estar a la altura de ella. Yo, siendo hermano, no me atrevo a escribir”.
Pa’ peor, estoy escribiendo cuando viene un amigo y dice: “¿Vamos a ver un homenaje a Violeta Parra?”. Vamos, digo yo, y allá, dice el maestro de ceremonia, abrirá el espectáculo el antipoeta Nicanor Parra, recitando “Defensa de Violeta Parra”, que es el poema más grande que se hubiera escrito sobre la faz de la Tierra. Y yo, qué iba a ser ahí, yo con mi cuadernito debajo del brazo me senté a escuchar este gran poema. Y se recita todo el poema. “Dulce vecina de la verde selva...”, mire cómo empieza, ¿qué voy a hacer yo después de ese poema tan largo y tan precioso? Pucha, ahí me quedé sentado yo, parece que me hubieran tirado un balde de agua encima. ¿Qué hago? Tiro la esponja mejor. No me lo puedo.
Pero no conforme con esto, voy a ir donde la mamá de todos los Parra. Ella me va a decir, sin sacarle ni ponerle, quién era y cómo fue la cuestión de la Violeta. Porque don Nica después, si yo formo una historia a cuenta mía, va a decir: “¿Y esto aquí de adónde salió?”. Y no me deja, pues Alvarito. “No, esto no. ¿Cuándo sucedió esto?” No ve que son tres cosas: nunca lo he visto con una camisa sucia a Nicanor; nunca lo he oído decir una mentira; ni andar solo, siempre con una lola [risas]... de 14 años. Así que no puedo yo meterle cuchufleta. Entonces, con temor voy donde mi mamita:
–Buenos días, mamita.
–Buenos días, hijo. Qué es lo que te trae tan temprano. Apuesto que ya pasó algo. ¿Qué me vení a pedir?
–No, fíjese mamá, que vengo a pedirle ayuda.
–De qué se trata, dime luego. Si son problemas que te han pasado a ti, con los míos me basta. Dime ya.
–No mamá, me puse a escribir la historia de Violeta y no me la puedo. Estoy empantanado, mamá. Sáqueme de este pantano mamá.
–No le he dicho yo que nunca se pongan a escribir algo de esta muchacha. Inventando historias no más. Por qué no vienen para acá que yo todavía estoy viva. Tienen que preguntarme a mí, para poder escribir eso –me dice mi mamá–, ¿ah? Entonces le digo: “¿Mamita me va a ayudar?” “Sí” me dice, “te voy a ayudar. Andate tranquilo no más, vuelve a los 20 o 30 días”.
Entonces ahí yo digo: “Me voy a lavar las manos como Pilatos”, y en esa parte dejo conversando a la Violeta con su mamá. Y ahí aparece recién la Violeta: “Mamita –le dice– yo no voy a esperar más. ¿Hasta cuándo me va a hacer esperar? Todos los días me dice mañana, mañana, mañana te voy a contar la historia de tu vida, y ese mañana no llega nunca”. Ahí Violeta se va llorando y la mamá le dice: “Venga pa’cá mijita, no le haga juicio a esta vieja tonta, que está haciendo llorar a la niña. Tráigase este pisito, siéntese a mi lado y límpiese las lágrimas con este pañuelito limpio que yo tengo aquí. Ahora le voy a contar la historia:
En San Carlos tú naciste
una florida mañana.
Con repique de campanas
a este mundo viniste.
Con un quejido muy triste
te recibió la matrona.
A la preciosa paloma
que bajó del alto cielo
la cuidó con mucho anhelo
como trinar de bordona.
Tu padre Nicanor Parra,
tu abuelo José Calixto,
guitarrero por lo visto,
hombrón de mucha garra.
Toca violín y guitarra,
profesor de regimiento.
Vibran esos instrumentos,
cuando llegan a sus manos.
Bailan moros y cristianos
y el sol en el firmamento.
“Ve, pus mamita, le dice (Violeta), qué lindura lo que me está contando usted. Por qué no descansamos un ratito mamá”... ¡Eso es todo verídico! A don Nica le va a gustar mucho.
Amigos con restorán
¿no le he contado eso? llegaba donde un amigo que tenía restorán allá abajo y me decía: “Chucha, que venís mal, hueón. A ver mujer, tráele un trago de vino al Parra. Oye, ¿y donde andabai hueón que vení tan deshojado? Sube pa’ arriba, pero no me cagí mucho”. Es que arriba tenía harta ropa, había zapatos, camisas y ropa, y éste me quería decir que no me pusiera la mejor, que no me pusiera dos camisas, una arriba de la otra. Súbete, me decía, pero no me cagí mucho [ríe]. Eramos muy amigos.
Un primo de Chillán
un primo es el unico que me queda en Chillán (...) Llegaba toda la vida a Chillán y él tenía un hotel, me daba pieza con un amigo Loyola que era cantor conmigo o con el que yo llegara ahí, no me cobraba nunca nada. Era igual que llegar a la casa mía: con plata, sin plata, llego igual. Nunca me dijeron: “¿Traí plata, de dónde vení? Andái atorrante”. Nada. Y cuando (después) llegué a Chillán, él estaba mal, pues Alvarito. Tenía un bolichito y estaba tan re pobre, no tenía ni naranjas, ni manzanas, ni nada, y la patente atrasada. Saqué plata al otro día, le dije aquí tenís plata. Renovó la patente, le surtí el negocio. Lo dejé como rey al hueón ahí. Estuvo como doce días tomando. Pagué mi deuda. Se lo conté a Nicanor. “Con tu deber no más cumpliste”, me dijo Nicanor.
La Negra Ester y la otra
muchos dicen que conocieron a la negra Ester. Y no, no la conoció casi nadie, ni las mismas cabronas se pueden acordar. Qué se van a acordar... La Marina sí puede acordarse. Tiene una hospedería ahí en Rancagua. Claro es muy re chucha la Marina, pero no me gusta porque miente a veces, le pone mucho color. Y yo que me iba a casar con ella una vez.
La mano de Andrés Pérez
ahora en la revista vea me dieron cuatro páginas, ¿no ve que salió otra vez? Ahí digo yo que todos los cantos cómicos de La Negra Ester son del Andrés [Pérez], claro, yo lo reconozco porque es así. Pa’ qué me voy a achaplinar. Todo lo que trate de las décimas es mío. El me dejaba dicho en el cuaderno: “¿Qué hizo tal cuando se apartó la Negra Ester, qué hizo éste acá, qué pasó ahí?”, y yo tenía que tener todo listo para él. Pero la parte alegre de La Negra Ester, por ejemplo la parte de la Esperanza, yo no la tengo escrita. Al final se perdieron muchas décimas, el Andrés pescó una de aquí, otra de acá, y armó su cuento. La adaptación es toda de Andrés, yo lo digo en el Vea, que es una revista muy seria. Si quiere la vamos a comprar. ¿Vamos a comprarla más ratito?
Curso intensivo
si quiere le enseño a escribir cuecas, Alvarito. No importa que no escriba cuecas choras, pero empiece nada más. Haga usted una cueca, le salga como salga, y yo voy viendo ahí. Vea lo que pasa en el Mapocho. Lo que pasa en las cárceles. Vea las injusticias: "Por qué,/ por qué tantas injusticias./ Se co/ se cometen en Chile./ Están, / están cayendo a la cana,/ los vi/ los vivos y también los giles." ¿Ve? Ahí tiene la primera cuarteta, si es muy fácil.
Almas gemelas
oiga, yo no soy hueon, alvarito. yo veo a quien le cuento todo esto. No crea que voy a gastar pólvora en gallinazo. Me interesa que usted aprenda porque sé que entiende. Claro, a un hueón que no entiende pa’ que le voy a explicar. Lo que pasa es que tenemos el mismo estilo, Alvarito. Por eso nos sale facilito.
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