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Cómo hizo la banda de un cocinero vegetariano y un yanqui varado en Buenos Aires para adaptar las músicas forajidas del norte de América. Mirá el video de "Cola de cascabel".
Esta nota se escucha por los auriculares del Pájaro. Patillas largas, bigotín breve, voz amable, trayectoria de zeppelin; el cuero de los brazos y el torso rayado con tintas de diferentes formas y colores. 32 años. Anarquista. Gonzalo Rainoldi, conocido como "el Pájaro": guitarra de Amoeba, operador de Los Alamos. El tipo que suspende gigs de su propio grupo para que Los Alamos suenen. El séptimo jinete en la caravana. Ese es...
El Pájaro, nuestro interlocutor, es el único hombre entre los seis con instrumentos y equipos: despliega sus alas sobre la consola y, en ángulo opuesto, las dos piernas en un pantalón chupín. Es como un águila mayor: les cubre la espalda. Es domingo y Los Alamos tocan al mediodía, a dos horas de Capital Federal, en el escenario único del Festival Nacional de Country. De música country. Ahí, abajo del barranco, interpretan a Neil Young frente a señoras en reposeras y sobre un tablado revestido con fardos. La escena no fue montada para Rolling Stone, pero acá sólo faltan las indiecitas wyoming. Esto es San Pedro, provincia de Buenos Aires, según el cartel vial, capital del miniturismo. La parábola de la nota empieza hoy y termina en siete días. Una semana con Los Alamos y sus corridos conurbanos. Por eso, usted esta aquí. En la clase de lugar que sólo visitaría para ver a su banda favorita.
"¿No sale una jara loca?", agita retoricamente Jonah, el norteamericano del convoy (25 años, voz y mandolina, regado en Filadelfia), con su adorable castellano de traductorado. Con la lengua trabajando desde el hemisferio opuesto de su cerebro, exige el trago oficial de Los Alamos. ¿Los ingredientes? "No se dicen, es como nuestra Coca-Cola", acota Poly (27), primera guitarra. Jonah insiste. Su porte resume el folclore de todo el continente. Uno podría reconocer qué clase de hombre tiene enfrente con sólo mirar la hebilla de su cinturón.
Para Los Alamos, ésa es la tarjeta de presentación. Eso dice Peter (28 años, voz, letra y cuerdas de nylon), el martes después de ese domingo y antes del sábado, cuando cierren (a Niceto lleno) su primer año de obra, doce meses después de la salida de su debut discográfico. No se menciona la soga en casa del ahorcado fue un pequeño fenómeno under (fue editado por Cuatrero, y reeditado por Scatter); vendió 2.500 copias. Y patentó la identidad de una banda que, desde acá, parece sintetizar el viaje del folk estadounidense, los sonidos fronterizos de las costas del río Bravo y la vocación fumona y voladora de lo que alguna vez llamamos stoner rock. Peter ni lo duda: "Es la mejor banda que tuve en toda mi vida".
–¿Creías que esas canciones iban a vender?
–Yo tuve un sello [Distro 72], grabé un montón de bandas. ¿Querés que te muestre los discos? Los tengo todos. Ahora, nadie en la banda tiene el disco de Los Alamos.
Peter es chef vegetariano y nos cocina. Menú: ravioles y ensalada de rúcula, queso y tomate. "Con la cocina soy autodidacta, como con la guitarra", dice.
Peter era bajista; ni cantante ni guitarrista. La historia es así. En 1992, Peter y Poly toman el colectivo 152 a la vuelta del teatro Arlequines. Vienen de ahí, salen de ver a No Demuestra Interés. Son fanáticos de N.D.I. Después de Puente Saavedra, sólo quedan ellos dos. Viven en Olivos. La secuencia se repite lo que vive la Buenos Aires Hard Core. Un día, Peter saluda a Poly. Otro día, arman la banda "hippie-core" Whisper.
Después de eso, Peter se muda con el Pájaro a la Mansión Moriartis, la casa de la zona donde, según el Pájaro, surgió el sonido norteño. "Ahí empezó todo", asegura. La convivencia dura lo mismo que duran los Novelty, la nueva banda de Peter y Poly.Peter camina al Centro de nuevo. Ya vive con su hermana más grande y algún sobrino. Flashea con las descripciones de Sam Shepard. Su cuarto mide lo mismo que un baño de avión.
Ahí se imagina las primeras melodías de King Size Candy, su nuevo proyecto. En el primer giro de suerte, va al supermercado y compra abastecimiento para un mes. Después de eso, se encierra en una casa de Palermo. Solo. Poly cae a comer y se desayuna todo: Peter invita a otros dos pibes que siempre lo invitaban a él (los ex Voltura), Diego y Matías. Tocan. Ensayan en vivo. Los shows son sesiones de melodías con estructuras rodantes. Ni tan hippie, ni tan core. Menos indie. No pasa nada. Peter se va de vacaciones.
Llega a un lugar con álamos.
– ¿Adónde te fuiste?
–A Mar de Cobo, entre Santa Clara del Mar y Mar Chiquita. Pedí trabajo en Lo de Victoria, el único parador de toda la playa. Y me lo dieron… trabajo, casa, comida. Nada más. Viví unos meses así…
– ¿Ahí cocinaste para Pappo?
–Sí, tocaba en Tamarindo y andaba limpiándose.Vivía a licuado de fruta y calzonesde vegetales que yo le preparaba. Pagaba todo él, para toda la banda y su chica. Todo, menos el escabio. Hicimos onda porque, el primer día, todavía no le habían llegado los instrumentos y vio mi guitarra en la cocina. Preguntó con su modo rústico: "Che, cocinero, ¿me prestás la guitarra?".
– ¿Y qué le dijiste?
–Que sí, ¡qué le iba a decir a Pappo! Un día, me invitó a almorzar. Sólo hablamos de música. Yo le dije: "Los de mi generación te conocen por «Mi vieja» o Blues local, pero a mí me gusta Pappo’s Blues, el Volumen 1 y un poco el 2". ¿Qué respondió? Se me cagó de risa. Después de eso, elegí lo que quería decir y lo que quería guardarme para mí.
– ¿Ya escribías en inglés?
–En realidad, las letras siempre las escribo en castellano; después las paso. Igual ahora me di cuenta de que escribo canciones y que no es necesario pasarlas al inglés.
– Pero tu tono es neutro, como si cantaras en español pronunciando en inglés…
–A eso me empuja la banda.
– ¿Y cuál fue la primera canción de Los Alamos que escuchaste?
–"Asiento trasero" [el tema que abre No se menciona…]. Cuando la escuché, supe que era la canción de una banda nueva. Los chicos vinieron a visitarme y les dije: "Che, da para cambiarle el nombre a la banda? King Size Candy es largo, no se lo acuerda nadie. Estuve pensando en Los Alamos, que son esos árboles de ahí… ¡miren qué lindos son!".
Los Alamos tienen nombre en castellano, canciones en inglés, y títulos en inglés cantados en castellano. Ellos le dicen "adaptación". Tópicos de banda internacional, aplicados a Sudamérica. Como en el cine, que hacen una escena parecida a otra: un elogio, un tributo. Los Alamos hacen eso todo el tiempo. Sus canciones citan gustos como MC5 o Alex Chilton o Lee Hazlewood. "Decimos, bueno, no vamos a tocar«These Boots Are Made for Walkin’»", pero robamos la frase. La gente que sabe se dará cuenta y, la que no, conocerá a Lee Hazlewood. Y eso es perfecto.
El Pájaro abre la puerta de los estudios Quark. Es un primer piso con cinco habitaciones colocadas en L y comunicadas por ventanas. La tercera, la del vértice, es el control. Ahí estamos, en el medio de un fogón digital. Un cuadro stencil de Severino Di Giovanni custodia las dependencias. El lugar le pertenece al Pájaro y su socio (Facundo Rodríguez); los dos laburan en los estudios El Pie desde hace casi diez años. El Pájaro es de Maschwitz; cuando vino para acá, lo siguió Coco, su hermano, el baterista de The Tormentos. Junto a Boreales, Humo del Cairo y Amoeba, el entorno de Los Alamos.
Según ese círculo cerrado de amistades y afinidad musical, el Pájaro es el único capaz. "El capta la energía, no el sonido", dice Peter. Pone micrófonos a centímetros del suelo o sobre el hombro del batero. Usa, dice, el "sistema de capas sin comprimir de Steve Albini" y, además de inventos varios, el estudio (donde hoy graba Carajo) cuenta con micrófono vedette: un Coles 67 que su socio se encontró dentro de un tacho de basura en la BBC de Londres, mientras cumplía una pasantía. Un receptor que le da amplitud y sonido grave a la versión de "Harvest Moon", la canción de Young que está en Emboscada, el reciente EP de la banda(dos temas propios en vivo y covers de Spacemen 3 y otros).
El Pájaro relata y se graba. Mientras tanto, los pibes tienen seis meses para armar su primera gira por Europa. Quieren hacerlo bien. La primera vez que salieron del país fueron a Chile y, como nadie sabía que había que tener un permiso especial para tocar en Santiago, fueron deportados y terminaron en la Casa de la Moneda. Conocieron el despacho de Salvador Allende.Peter, en otra habitación de la misma ciudad, recuerda esa secuencia con excitación. Después, cambia de tema: "El fino arte de la venganza, así se va a llamar nuestro próximo disco".
Usted está en el Abasto, en la sala que alquilan Los Alamos. Nunca tuvieron sala propia. Recién ahora compraron sonido, con las ganancias de un ciclo de jueves en el Faena Hotel. Peter afina: "Somos como un carro tirado por caballos. Si te querés agarrar, agarrate…pero agarrate fuerte".
Diego, el batero (24), tiene un parche en el ojo. Cada vez que van a dar un show grande, le brota una úlcera en la córnea. "Somatizo." Sociólogo recibido, joven desocupado argentino, "eventualmente modelo publicitario", Diego toca con unas baquetas mallets rute, un manojo de varillas finas que forman un garrote circular. Golpea sobre bombo, chancha y tacho. El redoble es asesino.
En la sombra está el Gavilán, otro personaje entrañable, mucho más silencioso y taimado que los demás. Gavilán grabó en Kum Kum de Fun People. Ellos + Jonah (profesor de inglés acá), Poly(comercio exterior) y Peter también son Los Palos Borrachos: una banda de clásicos de bluegrass que lidera Jonah cuando se convierte en Palito. Ellos acaban de editar su primer disco por Cuatrero. Fiel a la jarra, le pusieron.
La banda suena desajustada, la bata se va de tempo. Pero no parece molestarles.
El Pájaro, otra vez; el Pájaro escucha y hace su trabajo. Jonah, el yanqui, también. Para y explica: "Mi padre escucha folk y country desde hace cincuenta años. Por eso, hasta los 20, yo odiaba Bob Dylan o Young o cosas así, que a mis padres les encantan". Escuchaba Nirvana, primero. Y psicodelia (Grateful Dead, Phish), después. Siempre vivió en Filadelfia, hasta que se mudó con un amigo que tenía un progenitor fanático y, justo para el cumpleaños número 20 de Jonah,le regaló un casete de Doc Watson. Jonah introduce: "Un shabón tan zarpado que tiene como 90 años, es ciego y toca trescientas veces al año. Metí ese casete en mi estéreo, lo escuché mil veces seguidas y, después, le dije a mi amigo: «Vamos a Nashville». Y dejamos la escuela para ir a Nashville... ¿Qué hay ahí? Mucha droga".
Ahí, engulado en alguna sucursal de Kentucky Fried Chicken, Jonah encontró el sentido de la vida mientras cazaba un pollo frito. A las 10 de la mañana, abrían los restoranes y empezaba la música. Los músicos tocaban hasta las dos de la mañana sin parar y Jonah y su amigo iban atrás. Folk, country,bluegrass… Jonah compró su mandolina.
"Me gusta viajar, me gusta conocer otro mundo", explica tildando las palabras de modo imprevisible. Jonah es uno de los que tienen pasaporte en un país en que sólo el 14 por ciento de la población prefiere un pasaporte y viajar antes que comprarse un Ford o un plasma. Allá, en la escena universitaria de Princeton, donde tocaba con The Others, conoció la psicodelia y empezó a curtir lo que llama "música auto-céntrica".Conoció a Devendra, a Joanna Newsom y toda la nueva American Weird Music, en plena explosión. 2004: jams y hongos. Hasta que se topó con "un amigo que se re flasheaba con el vino". Y así, medio en pedo y con el pasaporte encima, escuchó: "¿She…Vamo’ para la Argentina?". Colgó su profesorado (enseñaba literatura en un colegio en Campbell) y subió al avión.
Al poco tiempo, su amigo se volvió a Washington D.C. con la receta para pisar uva. Y él, mirando una revista Llegás en el hostel, leyó:Los Alamos en el Potlash Alaska. Fue.
Jonah estaba desencantado de la escena de acá. Todo bien con el folclore, todo bien con el tango, pero el rock… "No era muy impresionante. Yo había pensado que la escena era regrande porque la tradición musical es enorme en este país. Y me encontré con otra cosa… Venía de Alemania, de Francia, de Polonia, donde los circuitos de bandas son tremendos...Hasta que llegué a esa fiesta en el Potlash y estaba tocando Peter con Poly y Matías; y yo reflasheé. Pensé:«Qué bueno que hay gente acá que escuchaYoung y Dylan». Peter me dijo: «Tenés que tocar con nosotros». Jamás tuve una banda tan memorable."
Jonah está nervioso antes del show en Niceto. No parece, pero él lo dice. "¿Por qué? Porque tocamos ante 900 personas. Y porque voy a tocar con Los Alamos. Ellos no tienen una argentinidad muy argentinizada,escuchan Minor Treath desde los 12 años, tienen un sonido internacional que sale de ellos. No quieren ser Charly, ni tocar rock como se toca rock acá y eso está buenísimo. León Gieco, todo bien… pero ellos no están haciendo folclore, ellos están haciendo folk americano cantado en castellano. Los Alamos hacen otra cosa." Matías me trae una birra y, en sintonía fina, baja otro concepto: "Lost Alamo",como la canción. Un título/lugar que Los Alamos imponen como destino. "Y el viaje para mí es en auto. Pero yo no voy manejando, voy en en el asiento trasero", dice. ¿Cómo es ese lugar? "Siempre es diferente, pero nunca falta el cielo azul y los árboles flacos y altos."
La banda toca. La secuencia se vuelve bucólica. La intensidad es palpable. Son seis Bairoletos tratando de vengar a forajidos y feos. Peter y Jonah se enfrentan. El viaje empieza, sigue y fue. Folk-punk al paso de los toros. El Pájaro mueve la cabeza como si tuviera gripe aviar.
– ¿Y, Pájaro? ¿Cómo suenan Los Alamos?
–Buenísimo.
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