La Sinfónica de Praga, al natural
Dos conciertos de la Orquesta Sinfónica de Praga. Director: Jirí Belohlávek. Solista: Dezsö Ránki, piano. Primer programa, miércoles 13 de septiembre. Dvorak: Obertura Carnaval. Brahms: Concierto Nº 2 para piano y orquesta. Rimsky-Korsakov: Scheherazade. Segundo programa, jueves 14 de septiembre. Smetana: El Moldava, del ciclo "Mi Patria". Liszt: Concierto Nº 2 para piano y orquesta. Dvorak: Poema sinfónico "La bruja de mediodía". Martinú: Sinfonía Nº 4. Abonos de Harmonia. Teatro Colón. Nuestra opinión: Muy bueno
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Las orquestas de Europa Central impresionan como depósitos de tradición. No es que veneren lo viejo. Pero parecen bancos en los que está conservada una cultura, al abrigo de la indiferenciación y la homogeneidad. El miércoles y el jueves, cuando la Sinfónica de Praga tocaba música checa, el público se dio cuenta de que la particular acentuación que imprimen a sus versiones es espontánea, natural, expresada sin esfuerzo. Todo suena a verdadero, sin retoque o maquillaje.
Otro mérito destacable en esta orquesta es el hecho de que pasó por todas las situaciones estructurales y sobrevivió sin que se noten sus cicatrices. Como se sabe, desde la década del 30, Praga no es una ciudad acunada precisamente por la serenidad. La orquesta atravesó terribles problemas económicos, conflictos de integración, directores que entraban y salían, planes y contraplanes, riesgos de extinción y estallido interno. Ni siquiera la permanencia de Belohlávek en la titularidad fue cosa fácil de resolver y, una vez resuelta, todavía en los últimos tiempos, se reflotaron problemas.
Pero, seguramente, por encima de todas las cuestiones coyunturales, hay una decisión firme de sostener la existencia digna de la orquesta y eso se nota cuando suena. La nobleza de su sonoridad no es algo que se esparce sobre la orquesta con un aerosol. Se consigue con una firme política de continuidad en manos estables, como los treinta años que pasó bajo las órdenes de Václav Smetácek y los doce que respondió a las de Belohlávek. No se conoce otra fórmula más eficaz para llegar a ser un equipo calificado.
Jirí Belohlávek es un músico de trascendente autoridad. En ningún momento forzó el sentido de las proporciones ni dejó de mostrar escrupulosidad sentimental. Su claridad expositiva es irreprochable, el impulso rítmico es contagioso y la transparencia polifónica absoluta. Está animado por una notable vitalidad que se transmite al material musical y lo hace aparecer musculoso, cargado de gracia y pulcramente ejecutado. Puede identificarse entre los pocos continuadores de la tradición germano-austríaca, con cierto toque artesanal que los directores más jóvenes ya han borrado, un respeto grande por lo escrito y calidez expositiva muy confortable para el oyente.
Su versión de "Scheherazade" tuvo vehemencia narrativa y le permitió mostrar el colorido orquestal de que es capaz la Sinfónica de Praga con su pródiga variedad tímbrica. La dirección tuvo chispazos antológicos y no se entretuvo en subrayar los aspectos decorativos de que está surcada la obra. Pero no se pudo juzgar la profundidad de Belohlávek, ya que ninguna de las obras que dirigió tiene un calado que lo permita, fuera de la solidez de la Cuarta Sinfonía, de Martinú con su tardío formalismo. Las obras de este compositor checo figuran preferentemente en la carrera de Belohlávek, porque las grabó con esta orquesta y, sobre todo, con la Filarmónica Checa. Aunque con esta última, también grabó Hindemith, Janacek, Mahler o Bartók, que podrían haber integrado los programas de esta gira, para que su visita fuera más allá del placer de escuchar una muy buena orquesta y un gran director.
El pianista
El interés de los programas también alcanza al pianista Dezsö Ránki, un ya maduro músico de sólido prestigio internacional, que el miércoles y jueves mostró lo bien ganada y genuina que es esa reputación. Su desarrollo mecánico es absolutamente espectacular y el Concierto Nº 2 de Liszt le vino de perillas para mostrarlo. Pero además, tocó un Segundo Concierto de Brahms, notablemente internalizado, con atmósfera y nobleza tan comunicativas como para convertirlo en el mejor momento de las dos noches.
Sin embargo, la aspiración de buena parte del público cuando viene un pianista de este nivel no es simplemente comprobar lo bien que toca las obras conocidas, siempre programadas con generosidad en las temporadas locales. También, es obtener mejor información musical, algo que Ránki podría haber suministrado eficazmente, ya que tiene grabados no menos de diez CD con música de Béla Bartók.
Objeciones menores al margen, la visita de la Sinfónica de Praga no es un hecho menor en medio de la intensa y muy valiosa actividad musical como la que sucede este año en Buenos Aires. La llegada de una importante orquesta extranjera es un hecho que nunca deja de producir conmoción, estimular las inevitables comparaciones y enriquecer la experiencia de un público que, por suerte, permanece fiel y sin deserciones frente a la audición musical en vivo.
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