La música del interior
Fue necesario el apoyo de algunos escritores influyentes -Leopoldo Lugones en la Revue Sudaméricaine y Ricardo Rojas en este diario- para que Andrés Chazarreta lograra en Buenos Aires lo que no le permitieron en Santiago del Estero y Tucumán: presentar en un teatro la música tradicional argentina que había recopilado a lo largo de veinte años de investigación, entrevistas y expediciones, sin otros medios de registro que papel pentagramado, buen oído y envidiable memoria.
El primer contacto de los porteños con música nacional genuina ocurrió a comienzos del otoño de 1921 en el enorme teatro Politeama de Corrientes y Paraná, y resultó un caso de encantamiento instantáneo con la espontaneidad de canciones y coplas interpretadas con candidez, la elegancia de las danzas, la destreza de ejecutantes intuitivos que nunca habían salido de sus pueblos y la curiosidad de apreciar trajes regionales sin estilización.
Esa combinación de aires criollos, bailes, humor y costumbrismo honesto transformó a Chazarreta en un próspero patriarca del folklore y sirvió como modelo para todos los espectáculos nativos posteriores, porque la música del interior se estableció como un género imprescindible en radio, discos y teatros, y fue creciendo hasta rivalizar en popularidad con el poderoso tango de los años cuarenta y cincuenta, revitalizado constantemente por solistas y conjuntos de enorme atracción siempre fieles a la indumentaria y personalidad de la provincia en que vivían.
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En el título de un escuchado programa de Carlos Montbrum Ocampo -"Las alegres fiestas gauchas"-, se mencionan los ingredientes esenciales que, en tiempos del presidente Frondizi, comenzaron a desaparecer de la música folklórica aceptable para Buenos Aires: la alegría de celebrar inocentemente y la fantasía de que cada atardecer podía ser una fiesta.
El atuendo gauchesco se volvió impropio, lo mismo que los ritmos del litoral, tan despreciados como el sector social que los bailaba en La Enramada de Retiro, mientras los porteños se encerraban a escuchar zambas en absoluto silencio, interpretadas por cantores parecidos a ellos, aburriéndose por obligación en locales de moda llamados La Cacharpaya o La Peña de Fanny.
Luego del triunfo internacional de la "Misa criolla" se produjo la apertura de las salas de concierto y más tarde aparecieron algunas vanguardias muy creativas que no encontraron el Piazzolla que las impusiera, mientras que en el interior crecía el fenómeno de los festivales capaces de reunir multitudes y de crear bulliciosos fenómenos locales que rara vez conseguían repetir el suceso en la Capital, donde se prefería la imagen del folklorista de cámara a la manera de Yupanqui, Falú o Leguizamón, geniales pero algo solemnes y demasiado intelectuales.
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La confianza de Andrés Chazarreta en que la espontaneidad y el color regional aplicado sinceramente eran suficientes para volver las canciones campestres agradables hasta en la ciudad más pretenciosa ha retornado inesperadamente con el singular artista conocido como Chaqueño Palavecino, un caso extraordinario de repercusión -acaba de duplicar el número de funciones previstas para este mes en el Luna Park- y un verdadero triunfo de la autenticidad, porque se trata de un sencillo hombre de cuarenta y pico de años, difícil de imaginar como ídolo pop, que ha evitado la tentación de globalizarse y permanece fiel al repertorio de zambas y chacareras básicas, atuendo gauchesco y rutina ecuestre que lo hicieron el favorito de medio país antes de llegar a la calle Corrientes.
La exhortación a disfrutar música tradicional con la misma ingenuidad, alegría y despreocupación con que se la vive en las remotas regiones donde se originó, unida a una entrega personal que, igual que ocurría antes con Celia Cruz y ahora con Goran Bregovic, provoca que sus largos recitales terminen inevitablemente como una celebración colectiva, es lo que le ha permitido al Chaqueño Palavecino afirmarse definitivamente en Buenos Aires, aunque todavía sin legitimidad en los círculos musicales donde el folklore sólo existe como material de fusión.






