La dramaturga e intérprete Ana Scannapieco lleva al público a un emotivo viaje a su propio pasado, ambientado en el negocio de familia donde transcurrió su infancia
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Dramaturgia: Ana Scannapieco. Dirección: Lisandro Penelas. Intérpretes: Boy Olmi, Ana Scannapieco y Pablo Fusco. Escenografía y vestuario: Cecilia Zuvialde. Iluminación: Soledad Ianni. Sala: Paseo La Plaza (Corrientes 1660). Funciones: domingos, a las 19. Duración: 70 minutos. Nuestra opinión: buena.
Memoria biográfica y teatro contemporáneo es una sociedad sólida que admite formatos bajo diferentes nombres -docudrama, biodrama, autoficción, dramaturgia del yo, en fin, “teatros de la vida”- y que, aun sin caer en categorías, impregna en diferentes dosis los tres circuitos de la cartelera porteña. Si hasta hace alrededor de medio siglo había que encontrar los datos íntimos o las anécdotas de autor/a filtrados en el texto, esa “realidad” ha pasado a ser explícita, documentada, demostrada.
Ana Scannapieco y Lisandro Penelas son actores, directores, dramaturgos y, con Francisco Lumerman, gestores de la sala Moscú, en Villa Crespo. Además son, hace años, pareja creativa y afectiva: en Familia de artistas (2023) jugaron con esta doble condición, la vida en el escenario y en el hogar, ambos escribieron y actuaron, con dirección de Ana Lidejover. También se han dirigido uno a otro en unipersonales: en El amante de los caballos (2015), Ana actúa y Lisandro dirige mientras que al revés, en El tipo (2022). Y, finalmente, ambos son los creadores de La heladería, la obra que estrenaron en la sala Pablo Picasso del complejo La Plaza.
Nada tiene de raro que una obra gestada por gente del off se presente en calle Corrientes. El Metropolitan lo hace a diario hace rato; también, muy cerca del epicentro, El Picadero; se sumó el Astros; e incluso La Plaza, siempre con algún intérprete conocido por la mayoría (por ejemplo, Reverso, de Matías Feldman, con Carla Peterson), dio un paso en ese sentido en 2018, cuando este movimiento no estaba aceitado, con el estreno de Entonces la noche, de Martín Flores Cárdenas, con Cecilia Roth y Dolores Fonzi. Esta vez, en La heladería, la protagonista es la misma autora y, junto a ella, Pablo Fusco (actor y clown, integrante del grupo Los Bla Bla, que hace Modelo vivo muerto en el Metropolitan) y Boy Olmi, intérprete que reniega del adjetivo “famoso”, tan experimentado como querido por el público.
Lo peculiar en el caso de La heladería es que Ana Scannapieco es la nieta del fundador en 1938 de la porteña heladería Scannapieco que tiene una sucursal en el Paseo La Plaza y que invita a la salida con una bocha, gusto a elección, a los espectadores de la obra: una experiencia completa.
La obra comienza con un sueño y una promesa que será el eje hasta el final. En medio de la atmósfera itálica que trae la ópera La bohème, de Puccini, Ana sueña con su tío Vicente (Olmi), uno de los mentores del negocio familiar y guardián de sabores. Y le pregunta sobre la receta del helado de limón, el de la infancia, porque no ha vuelto a encontrarlo. El viaje está planteado: la búsqueda del sabor auténtico es el camino a los orígenes de la familia y su dulce artesanía.
En una escenografía que no es “La Plaza” sino más bien “Moscú”, sintética pero representativa, la obra abre en paralelo tiempos distintos. El presente de Ana que es teatral: ensaya la obra sobre la historia de la heladería con dos actores, Olmi y Fusco; y el pasado, el de la fijación de esos recuerdos cuando era una nena y adolescente, con sus familiares, el tío Vicente y Carlos, el padre (Fusco).
En un extremo del escenario, hay unos carteles al estilo de los que antiguamente había en las heladerías con los sabores disponibles. Como ningún hilo queda suelto en la puesta, el tío Vicente se lo cuenta a la sobrina. Cada una de estas cinco “maderitas” con títulos que juegan con los sabores y la narración (Limón soñado, Infancia a la crema…) se van dando vuelta al término de cada escena, de la misma manera que cuando ya no quedaba más para vender. Es un poético mecanismo pero que requiere cercanía porque en una sala grande, según la ubicación conseguida (y el poder de los anteojos), no se alcanza a distinguir con claridad. Es una obra que destila ternura y posiblemente en un espacio más reducido esa energía se potenciaría más.
Los tres intérpretes son muy versátiles para transitar los cambios de escena (por ejemplo, Olmi como Vicente habla con acento italiano) pero, en especial, Fusco es quien provoca más risas por su entrenada y dinámica capacidad para el humor. La obra comienza a ritmo lento, con diálogos explicativos sobre la historia fundacional hasta que, de a poco, se agiliza y toma alta velocidad en una escena desopilante, clownesca, en la que los tres rotan como vendedores y clientes a partir de lo que encuentran en un perchero con vestuario. Es un momento diferente al resto de la obra, donde lo que queda en primer lugar, lo exaltado, es la actuación misma.
La heladería cierra de manera análoga al inicio, con música de ópera. Que cada uno averigüe si aquel sabor a limón está o no de regreso gracias al teatro. El viaje es de Ana y es de todos. Quizás no haya nada más nativo de la infancia que los gustos favoritos, quiénes nos llevaban de la mano, la alegría de ese acto y la seguridad de que algo intransferible nos habitará por siempre, un llamado que no puede perderse.
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