La banda neoyorkina liderada por Paul Banks se presentó en el Anfiteatro de Puerto Madero en su segunda visita a la Argentina; crónica y fotos
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Cinco temas después del arranque, el show todavía estaba elongando sus piernas y Paul Banks, el líder del equipo, se hizo cargo de destrabarlo: cambió su guitarra, como el diez que cambia los botines porque el pasto pide otros tapones, y habló en castellano: "Esa otra guitarra es una mierda". Lo dijo para decir mierda, entregándose a la R como no pueden sus compatriotas, con el español perfecto que guarda de su infancia en Madrid y en México. El público agradeció el guiño y se acomodó en un mundo mejor, con guitarra nueva. Que sonaba igual de bien que la anterior.
Fue 11-11-11 y no sólo zafamos del apocalipsis una vez más: en Buenos Aires hubo luna llena, viento de ningún lado y las dos o tres estrellas que se alcanzan a ver pasando el smog. Fue la primera noche de la temporada que sobrevivió en manga corta y sin el abrigo primaveral que cuelga del brazo por las dudas. No hubo dudas y hubo diez mil personas en el Anfiteatro de Puerto Madero, un escenario ideal para festivales de verano por la intimidad que genera el formato circular, aún al aire libre.
Interpol cerró el último episodio del Movistar Free Music, precedido por Inspiral Carpets, que tocó doce temas en una hora y que se apoyó en el humor verborrágico del cantante que preguntó si alguien del público los había visto la última vez que vinieron, en 1991, y se contestó solo: "Probablemente sus padres". Aquella vez, uno de los plomos que trajo la banda se llamaba Noel Gallagher.
En el recreo entre unos y otros la marca organizadora lanzó pelotas inflables entre la gente, para que rebotara la felicidad (y para vendernos planes de telefonía móvil); Interpol entró después de las 21.30. El show de Banks y sus compañeros neoyorquinos duró una hora y media y se sostuvo principalmente en sus dos primeros discos, infiltrados por cuatro temas de su álbum nuevo, cuyo nombre es el mismo de la banda y cuya música es más oscura que la de sus tres predecesores.
Banks tuvo a su derecha a su mano ídem: el guitarrista Daniel Kessler también descontracturó la noche cuando se sacó el saco y quedó en camisa blanca y corbata negra para tocar "Evil", como un invitado tímido a un casamiento que se va soltando con los hits. La banda parece sostenerse constantemente en las miradas obsesivas entre ellos dos, como un mantra silencioso en el que repiten que, si ellos están bien, todo va a estar bien. Un perfeccionismo que Sam Fogarino completa en la batería y que fue acompañado para la gira por Brad Truax en el bajo y Brandon Curtis al teclado.
El núcleo de fans saltó más alto con "C’mere" y con "Untitled", en los bises, y el resto vio una banda redonda que por momentos invitó a mover los hombros y por momentos aburrió. Todo eso convive en Paul Banks, un fanático del tenis que tiene algo de Roger Federer: la perfección y la calma, la ropa intacta en el quinto set, sin transpiración, la adrenalina escondida.
Por José Santamarina
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