Honegger, contra el olvido de la música
"El primer requisito para un compositor es estar muerto", escribió Arthur Honegger en Je suis compositeur , su libro de 1951. Mientras tanto, se resignaba el músico, la creación es un ejercicio silencioso con horizonte muy lejano, no apto para gente apurada por el éxito.
No es fácil dejar de solidarizarse con artistas convencidos de que no podrán salvarse en vida, porque rechazaron fabricar productos de entretenimiento y prefirieron mantenerse fuera del promedio. Simplemente, cuando han dicho apenas lo que el tiempo les permitió, antes de entrar al depósito de compositores de la historia. Es cierto que la gravedad de este destino no vale únicamente para los creadores de música y sólo la muerte es consagratoria. O impiadosamente borradora. ¿Pero quién está dispuesto a aceptarlo?
El francés Honegger fue uno de los que se negaron a conformarse. Integró el Grupo de los Seis, realmente caprichoso, ya que se parecían muy poco entre ellos, salvo porque se mostraban empachados con las tenuidades de Debussy y las sistematizaciones de Ravel. Pero de ningún modo se sentían menos franceses. Tanto, que sobre ellos rondaba la sombra de Rimbaud con su sensualidad simbolista.
Honegger hacía la diferencia en que rehusaba ser meramente ilustrativo y escarbaba tras la fachada de sus temas, con un tipo de energía arrolladora inédita desde Berlioz. Su obra más conocida es Pacific 231 , que compuso fascinado por la velocidad de la locomotora que en 1923 recorría las vías francesas. Los recuperadores del viejo cine lo tienen en cuenta por la influyente música que escribió en 1927 para el Napoleón de Abel Gance. Y los adictos a la escena no podrán deshacerse de la impresión que siempre produjeron sus oratorios El rey David (1921) y, sobre todo, Juana de Arco en la hoguera (1938) sobre el poema de Paul Claudel, que alimentó el entusiasmo de la generación del 60, en la memorable versión de Vera Zorina.
Aquella vieja versión en LP ya ha desaparecido del catálogo, aunque aún puede encontrarse la que realizó Rossellini con Ingrid Bergman, en 1954. En el Colón, fue estrenada en 1947 por Erich Kleiber, con Margarita Wallmann en la puesta y Clara Oyuela como protagonista. La obra regresó al escenario porteño en 1948, 1961, 1974, 2000, 2002 (con Dominique Sanda) y 2009. Esta frecuencia es bastante excepcional, ya que las obras de Honegger figuran cada vez menos en escenarios y salas de conciertos de todo el mundo, incluida Francia.
Pero, en cambio, como queda claro, los oyentes argentinos no han abandonado la relación acogedora con su música. Parece justificado este recuerdo del compositor, precisamente en un día como hoy, 10 de marzo, en que se cumplen 121 años de su nacimiento en Le Havre.






